¿Cómo se forma una "súper bacteria"?
<P>El brote de la nueva cepa de E. coli, bacteria que mutó de dos variantes anteriores y exhibe una alta resistencia a los antibióticos, es el más reciente ejemplo de la aparición de gérmenes que desafían casi todo tipo de terapias. Alteraciones genéticas, abuso de medicamentos y la adaptación al ambiente explican el problema.</P>

Una cifra de víctimas que supera los 30 muertos. Más de 2.900 infectados en 14 países y la necesidad de la Unión Europea de pagar 150 millones de euros a cientos de granjeros afectados por la caída dramática en la venta de verduras infectadas y culpados de causar los fallecimientos. Estas son las cifras que retratan la crisis de salud provocada por una nueva y mortal variante de la bacteria Escherichia coli, causante del cólera y que en estos recientes casos genera una falla renal que termina siendo fatal.
Las primeras noticias de este agresivo brote sorprendieron a muchos especialistas, ya que esta bacteria es un habitante habitual del intestino, mientras que sus cepas de tipo patógeno gatillan cuadros de cólera -con vómitos y diarrea-, que con un diagnóstico apropiado reduce la mortalidad a menos del 1%. Sin embargo, con el correr de los días, los científicos revelaron que en realidad la bacteria surgida en Europa era una mutación de dos variedades: una aislada en Alemania, en 2001, y otra en Africa Central, en 2002. De estas cepas adquirió genes que no sólo le permiten adherirse con más fuerza a los intestinos, prolongando la enfermedad, sino que también asimiló genes que le dan resistencia ante la mayoría de los antibióticos.
A lo largo de casi una década, esta nueva variante se las ha arreglado para desarrollar una alta resistencia a un variado espectro de antibióticos y, al mismo tiempo, una mayor toxicidad. Según un análisis de las universidades alemanas de Greifswald y Bonn, la infección generada por esta nueva cepa genera la producción de anticuerpos que atacan al propio organismo y restringen el suministro sanguíneo a riñones y cerebro, lo que explicaría por qué ciertos pacientes que superan la etapa diarreica luego presentan alteraciones neurológicas.
La agresiva acción de esta mutación de la E. coli enterohermorrágica no es más que la punta de un peligroso iceberg científico que preocupa a los especialistas: el de las "súper bacterias", aquellas que, acostumbradas a enfrentar constantemente el efecto de los antibióticos, se han vuelto más hábiles a la hora de evadir su acción y son capaces de ganarles la pelea. Incluso, en otros casos llegan a cambiar su material genético para poder sobrevivir al efecto de los medicamentos.
Se trata de un tema que hoy preocupa enormemente a las autoridades. En Europa, las infecciones por bacterias resistentes a los antibióticos han alcanzado niveles sin precedentes. No sólo a raíz de la reciente aparición del brote de E. coli, sino también por el descubrimiento en Inglaterrra de una nueva cepa de MRSA y que ha mostrado ser altamente resistente a los antibióticos conocidos. Este cuadro es causado por el estafilococo dorado y puede desatar desde una simple espinilla, hasta infecciones graves en los huesos, corazón y pulmones.
A esto se suma el hecho de que en ciertas zonas de EE.UU. el 55% de los casos de estreptococo neumoniae -responsable de la neumonía, sinusitis aguda, otitis e incluso absesos cerebrales- es resistente a las drogas. Pero quizás la mayor preocupación es la detección de la enzima NDM-1, que en varios tipos de bacterias desactiva el efecto de los antibióticos de la familia de la penicilina.
La enzima fue descubierta hace dos años por el profesor Timothy Walsh, de la U. de Cardiff, en un paciente sueco hospitalizado en la India. Pero se expandió rápidamente al Reino Unido, EE.UU. y Canadá. La primera alarma sobre la enzima y sus efectos la levantó un artículo publicado en The Lancet a mediados de 2010 y desde ese momento los medios comenzaron a hablar de "súper bacterias", que marcaban el fin de la era de la efectividad de los antibióticos. Por ahora, aún logra ser combatida con un pequeño número de antibióticos, pero el tratamiento suele ser mucho más complicado y costoso.
Según los expertos, la alta resistencia de una bacteria no sólo se debe a que integre genes de distintas cepas, como ocurre con la E. coli. Felipe Cabello, doctor chileno del Departamento de Inmunología de la U. Médica de Nueva York, explica a La Tercera que las bacterias cambian todo el tiempo, como respuesta adaptativa a su ambiente. Es decir, siempre buscan acomodarse y sobrevivir a las presiones del entorno. Sin embargo, hay un fenómeno moderno que las lleva a cambiar con mayor rapidez y de manera más peligrosa: el uso indiscriminado de antibióticos.
En Chile, la regulación de la venta de antibióticos, que en 1998 exigió presentar receta médica para adquirirlos, bajó las cifras de consumo de estos medicamentos, pero sólo hasta 2002, según reporta un estudio publicado en la Revista Panamericana de Salud Pública. Desde ese año, el consumo comenzó a remontar.
La aparente ligereza con la que se considera el tema está creando un fenómeno no sólo de preocupación científica, sino también médica. Hasta ahora, los grupos de riesgo -como ancianos, niños y enfermos crónicas- son los más afectados por las "súper bacterias", aunque están lejos de ser casos marginales: 450 mil nuevos casos de tuberculosis resistente a los fármacos se reportan cada año, de los cuales un tercio fallece.
El presidente de la Sociedad Chilena de Infectología, Pablo Vial, indica a La Tercera que la mutación de las bacterias se produce gracias a "elementos móviles de su ADN, es decir, pequeños trozos de la cadena genética capaces de movilizarse de una bacteria a otra y que, en el caso del nuevo brote de E. Coli, le dieron la capacidad de producir toxinas intestinales y ser resistentes a varios antibióticos". Esto, al punto de que, según han señalado los especialistas, no sería aconsejable usar estos medicamentos para tratar el brote, pues provocaría más daño que beneficios.
Según explica a La Tercera Laura García-Alvarez, la descubridora de la nueva cepa de MRSA en la U. de Cambridge (Inglaterra), "las bacterias desarrollan resistencia a los antibióticos como resultado de la presión ambiental que supone la acción antibiótica, con el objetivo de poder sobrevivir y reproducirse. El uso excesivo de antibióticos de amplio espectro está relacionado con el número de bacterias resistentes que se desarrollan".
Pablo Vial explica que entender esto es tan simple como aceptar que "si en el ambiente hay muchos antibióticos, las bacterias que sobreviven son aquellas que albergan elementos genéticos móviles que les permiten cambiar su ADN para así resistir a los antibióticos, por una cuestión de selección natural. Lo esencial es entender que si tú fabricas una mejor trampa, la naturaleza fabricará un mejor ratón". Se trata de un mecanismo evolutivo que puede resultar sumamente peligroso, sobre todo al considerar que una bacteria es capaz de reproducirse cada ocho minutos.
Aquí, allá y en todas partes
Pero por si fuera poco, los antibióticos habitan más lugares que el estuche donde guarda los medicamentos. Según una investigación del doctor Cabello, "el uso industrial de estos medicamentos en la ganadería, la avicultura y la acuicultura sigue totalmente fuera de control", llegando incluso a sobrepasar las toneladas que se usan en la medicina humana. Estos medicamentos se emplean para mantener las necesarias condiciones de higiene en los procesos productivos de estas industrias, pero la investigación también señala que "el uso de antibióticos en acuicultura, por ejemplo, genera la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos en los entornos acuáticos, y existen evidencias epidemiológicas y moleculares que señalan que los genes que median esta resistencia pueden ser transmitidos de bacterias acuáticas a bacterias capaces de producir infecciones en humanos".
Por otro lado, está la cuestión de la cantidad. El estudio del doctor Cabello apunta que "la importación de antibióticos usados en acuicultura, como la tetraciclina, el ácido oxolínico, la flumequina y las penicilinas aumentaron entre el año 1990 y el año 1997 en Chile, pasando de, aproximadamente, 150 toneladas a 550 toneladas al año", con lo que la industria chilena del salmón usa, para producir una tonelada de este producto, 75 veces más antibióticos que la industria acuícola noruega". Demasiado, estiman los especialistas.
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