El desierto desde el aire
<P>Un vuelo en ultraliviano sobre el Valle de la Luna e increíbles postales del desierto de Atacama. Flamencos, ojos de agua, el gran cráter de un meteorito, esculturas que se ven desde el cielo y fracturas resultado de descomunales choques subterráneos son posibles de ver en un atractivo paseo aéreo al alcance de cualquiera. </P>

AL CLAREAR el alba llegamos al pequeño aeródromo de San Pedro de Atacama: una lengua de asfalto solitaria en pleno desierto. Nuestro piloto de ultraliviano con paramotor suelta el tráiler de su camioneta y saca un avioncito como de juguete. En 20 minutos lo arma y me siento detrás de él, en una nave que pesa menos que nosotros dos.
Detrás de mi espalda se enciende el ventilador y comenzamos a carretear arrastrando la vela por la pista. En segundos la vela se infla y estamos volando. Al principio me agarro fuerte de una barra de aluminio: la sensación de precariedad es inquitante. El avioncito no tiene techo, paredes ni piso. Las alas son de lona, la estructura es de liviano aluminio, pendemos de finos hilos, veo el precipicio a mis pies y nos impulsa un ventilador grande movido por un motor como de moto.
Pero analizo la situación y pienso que los hilos son de kevlar -resisten 500 kilos-, sé que el piloto de Atacama Amazing, empresa de tours aéreos, tiene 5.000 horas de vuelo en parapente y paramotor, y si el motor se apagase caeríamos suavemente porque ya hay un paracaídas abierto (una ventaja que no tiene ningún otro tipo de avión). Así que me relajo, tomo la cámara y me dispongo a disfrutar.
El avioncito surca las afueras del pueblo sobre los ayllus o comunidades aborígenes con sus plantaciones de alfalfa, surgidas alrededor de pozos de agua. San Pedro queda atrás y lo veo completo en su carácter de oasis verde, la única excepción en el vasto desierto rojo de la que depende la vida en muchos kilómetros a la redonda. Al fondo se levanta imponente el volcán Licancabur con su cima nevada, una especie de montaña tutelar de los aymaras desde hace 12.000 años.
La planicie reseca se rasga con los caracoleos de ríos fantasmas que reviven una vez cada dos o tres años por un rato. Mientras tanto son almas de ríos ausentes que vagan por el desierto. En la lejanía percibo por primera vez en mi vida la suave curvatura de la Tierra.
Nos aproximamos a la formación geológica Valle de la Muerte, con sus placas sedimentarias apuntando al cielo como flechas gigantes. En las paredes de las mesetas de ese valle, los colores en degradé permiten leer las eras geológicas de la Tierra. Hacia la derecha una recta carretera se pierde en la nada. Y pasamos sobre el pukará de Quitor, una fortaleza del siglo XII.
Alcanzamos los 2.800 m de altura a una velocidad crucero de 50 km/h hasta la Cordillera de la Sal, para sobrevolar el Valle de la Luna. Esta formación tiene asombrosas vetas rojizas en zigzag, unas placas sedimentarias quebradas por fuerzas descomunales que chocan bajo la tierra y hacen crecer las cordilleras.
El piloto dobla el volante trazando una larga "U" en el aire para emprender el regreso. Descendemos con suavidad, luego de recorrer un triángulo de 28 kilómetros.
Al observar desde el aire la desolación extrema del desierto más seco del mundo -más que el Kalahari y el Sahara- me desconcierta una duda: ¿Habrá sido así la Tierra poco después de su origen, al apagarse la gran bola de magma que supo ser? A mis pies se despliega el resultado de un apocalipsis de fuego con cráteres derrumbados, oscuros cerros basálticos y coladas de lava petrificada. Pero allí ya no hay humo ni lavas ardientes, sino un gran cementerio geológico donde, por contraste, reina la paz más absoluta del universo.
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