Por Patricia MoralesUna cuna vacía en medio de la maternidad
En medio de un tratamiento por cáncer de mama y por indicación médica, una mujer fue sometida a una esterilización. Hasta ahí, nada fuera de lo habitual. Pero fue hospitalizada en una sala de maternidad. Justo cuando enfrentaba un procedimiento que le quitaría la posibilidad de ser madre biológica, fue expuesta a un entorno de recién nacidos y escenas de posparto. Una experiencia dura, marcada por el impacto psicológico y emocional de ver a su lado una cuna vacía. Aquí su relato en primera persona.

“A los 40 años me diagnosticaron cáncer de mama. Por mi edad, solicité la orden a mi ginecólogo particular y, en el primer examen, salió un carcinoma en la mama izquierda. Como se detectó en etapas tempranas, tuve una mastectomía parcial bilateral, sin necesidad de extirpar por completo los senos. Después vino la radioterapia y, el tratamiento hormonal con tamoxifeno, un medicamento que debo tomar por al menos 5 años y que implica efectos importantes debido a que reduce el efecto de los estrógenos en el cuerpo por lo que se pueden experimentar como síntomas similares a los de la menopausia
En ese contexto, el equipo médico me recomendó retirar mi método anticonceptivo, ya que también libera hormonas y aumenta el riesgo de un nuevo cáncer. Además, el uso de tamoxifeno es incompatible con un embarazo debido a sus efectos sobre el bebé. Me propusieron una esterilización como medida de protección oncológica. Acepté. No soy madre y, en ese momento, lo entendí como parte de un proceso médico necesario para reducir riesgos y seguir adelante.
La cirugía fue programada en un hospital público de Santiago que yo conocía bien: mi familia se había tratado en él, había realizado distintas prácticas profesionales durante el pregrado y también me convertí en su paciente tras el diagnóstico de cáncer de mama. Soy enfermera y docente. Sabía cómo funcionaban las cosas, o al menos creía saberlo.
Lo que ocurrió después fue distinto.
Antes de entrar al pabellón, el sistema ya me trataba como gestante. En los registros médicos mi diagnóstico médico fue “multiparidad” al no existir una etiqueta diagnóstica que coincida con mi situación, como una ginecóloga cordialmente me explicó. Para el ingreso me solicitaron una larga lista de objetos e insumos que me pidieron llevar: almohada, papel higiénico, toallas higiénicas, analgésico, pijama entero sin pantalón, lo necesario para alguien que va a parir, no para alguien que llega a operarse por vía abdominal.
Cuando me presenté para la hospitalización, éramos un grupo de mujeres en un pasillo del edificio de maternidad, todas adultas, que íbamos a ser operadas por una causa ginecológica. No había cupo para todas en ginecología, por lo que me derivaron al servicio de Maternidad. Al ingresar, una matrona me pidió que me descubriera el abdomen y me bajara la ropa interior. Buscaba flujo. Ella claramente no sabía por qué yo estaba ahí. Me trató como si hubiera parido o fuera a parir. Lo hice en automático, en modo supervivencia. Después pensé: ¿qué sentido tenía eso?
Lo primero que escuché en la habitación que compartiría con otras cinco mujeres fue el llanto de un recién nacido. Había mamás con sus guaguas, familias entrando y saliendo, dinámicas propias de ese espacio. Yo estaba ahí, a punto de someterme a una esterilización, en medio de un proceso oncológico, sin haber tenido hijos, enfrentando una situación difícil de justificar, tanto desde lo clínico como desde lo humano. Me dieron ganas de agarrar mis cosas e irme.
No solo sentí angustia y tristeza, sino también una profunda sensación de estar fuera de lugar. Como si no me correspondiera estar ahí, pero sin alternativa para reclamar.
Lo que más me impactó fue que había otras mujeres, incluso mayores, que iban por procedimientos como el retiro de un dispositivo intrauterino u otras intervenciones, y a ellas las llevaban a ginecología. No a la sala con mujeres que acababan de parir. ¿Cuál era el criterio para seleccionar quién se quedaba en ginecología y quién en puerperio?
No era solo incomodidad; fue una experiencia emocionalmente violenta. Evité interactuar con las otras pacientes. Me sentía extraña en un espacio que no estaba pensado para mí.
El trato tampoco ayudó. Hubo falta de información, escasa empatía y una comunicación centrada en aspectos reducidos del cuerpo, como si todo se explicara desde lo sexual o lo reproductivo, sin considerar el contexto completo que yo atravesaba: un cáncer, un tratamiento prolongado, efectos secundarios y decisiones complejas.
Mi familia llegó por la tarde. Decidí pedir el alta lo antes posible. No quería permanecer ahí. Me fui ese mismo día.
La recuperación física fue rápida. Pero lo que quedó fue otra cosa. El sistema sanitario se enfoca en que una sobreviva al cáncer, pero no en cómo se experimenta el proceso durante y como se sigue viviendo después. Luego del alta, empiezan a sentirse los efectos secundarios, los controles, las dudas, los silencios y los cambios en el cuerpo y en la vida cotidiana y en el volver a trabajar. Y sin las propias redes que uno va construyendo, hay que enfrentarlo sola.
Desde mi experiencia como paciente y profesional de la salud, identifico una importante falta de actualización en el manejo de pacientes oncológicos en el sistema público. No solo en términos técnicos, como la disponibilidad de especialistas, los tiempos de traslado a la radioterapia (que no los entrega el hospital) o las largas filas para retirar los medicamentos, sino también en algo más básico: la integralidad del cuidado, pensando en la calidad de vida.
Presenté un reclamo formal al hospital. La respuesta fue estándar: lamentaban lo ocurrido y se comprometían a implementar mejoras. Para mí no fue suficiente. Decir que revisaron los registros y que todo se hizo como debía, cuando yo sé lo que viví, es como un chiste. Eso me llevó a buscar ayuda a la Superintendencia de Salud y a contactar al Observatorio de Violencia Obstétrica de Chile.
No todas las mujeres somos madres. No todas las trayectorias reproductivas son iguales. El cáncer de mama está apareciendo cada vez a edades más tempranas. Y el sistema de salud debería ser capaz de hacerse cargo de esa diversidad y del nuevo perfil de la enfermedad.
No quiero una compensación económica ni que el hospital sea sancionado. Quiero que no vuelva a pasarle a nadie. Una está muy sola en esto. Los cánceres son distintos; las vidas son diferentes; los equipos médicos deben lidiar con las deficiencias del propio sistema con un GES que no está actualizado a las nuevas necesidades. No existe un protocolo estándar sobre cómo vamos a cuidar a las mujeres con este diagnóstico, no solo para que sobrevivan, sino también para que vivan bien después. El pasado ya fue. Lo que busco es que algo bueno salga de todo esto".
Lo que esta experiencia deja al descubierto
Desde el Observatorio de Violencia Obstétrica de Chile señalan que este tipo de experiencias no son casos aislados. En los últimos años, se ha observado que muchas atenciones ginecológicas continúan estructurándose en torno a la maternidad, dejando fuera a mujeres que atraviesan otros procesos, como enfermedades oncológicas, pérdidas reproductivas o decisiones de no maternidad.
La Ley Dominga, por ejemplo, establece protocolos relativos a la hospitalización en distintos ámbitos para mujeres que han sufrido una pérdida gestacional. ¿Será posible revisar los protocolos e incluir a las pacientes oncológicas sometidas a esterilización?
No basta con garantizar el acceso ni con resolver un procedimiento clínico. La calidad de la atención también depende de la pertinencia del entorno, del trato y de la capacidad del sistema para reconocer distintas experiencias corporales y biográficas. La ausencia de enfoque de género en estos contextos no solo afecta la experiencia de las pacientes, sino que también puede profundizar su vulnerabilidad en momentos de alta carga emocional y física.
Para Carolina González, matrona y directora de OVO Chile y Gestar y Parir, la transformación en la gestión de Maternidades a Unidades Gineco Obstétricas (UGO) pretende un cambio de enfoque en la atención con el fin de acoger a todas las usuarias que visitan un centro asistencial de mediana y alta complejidad, por que, en efecto, no todas van a tener un hijo, muchas transitan patologías ginecológicas, oncológicas y duelos, y aquí hay una importante oportunidad de humanización.
“En muchas oportunidades la herida de la VGO (violencia gineco obstétrica) es invisible al ojo del sistema, ya que efectivamente esta experiencia resultó en una usuaria físicamente saludable, pero ¿quién habla de su salud mental y el impacto de su vivencia?“, se pregunta.
Y concluye: “Casos como estos, nos obligan a ampliar el concepto de violencia incorporando la atención ginecológica como arista fundamental de la salud de nuestras usuarias. No era tan difícil gestionar una cama en la unidad de ginecología y evitarle el dolor psicológico y emocional de ver a su lado una cuna vacía, una maternidad que no fué, pero un dolor que se vive con profundo dolor”.
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