Diario Impreso

Manifiesto: Cristóbal Bellolio

Como todo analista político mi sueño era llegar a Tolerancia 0. Cuando Longueira capotó física y políticamente yo estaba en Horcón tomándome un ácido. Llegué después de eso a mi cabaña, donde tenía 600 llamadas perdidas. Radios, medios y amigos querían hablar conmigo sobre la caída de Longueira, y yo estaba en otro mundo. Entonces, fui a un bar, me tomé dos cervezas y escribí "Funeral de Estado por una generación". Por esa columna me llamaron a Tolerancia 0 para que fuera el domingo a comentar. Lo bueno es que soy capaz de expresar pensamientos complejos bajo estados de psicotrópicos o alucinógenos que para otra persona puede ser complicado.

La infancia para mí se estampa en el lago Riñigüe. Desde que tengo uso de razón todos los veranos íbamos, porque mi abuelo tiene una cabaña en ese lugar. Recuerdo que había puros niños de mi edad, entonces teníamos una comunidad de juegos y fantasías entre el lago y el bosque. Este Año Nuevo volví, después de mucho tiempo, volví con mi familia en una especie de recuperación nostálgica. El paisaje, las vivencias y los aprendizajes en ese lugar marcaron mi niñez.

Pasa algo muy gracioso: la gente me ve dependiendo de la plataforma en la cual tienen acceso a mí. Me ha pasado que he ido a moderar debates y me presentan como tuitero influyente, pero resulta que soy un tipo que se ha pelado el lomo estudiando 13 años para sacar todos los máster y doctorados, y a la hora de la presentación, dicen que soy tuitero influyente. Para otros soy un opinólogo político, un analista político, pero en otros mundos, como en Londres, soy un académico. Me da risa lidiar con esas dualidades.

Me gusta coquetear con el poder. Sería deshonesto si dijera que no es así. ¿Si me siento poderoso o no? Bueno, Piñera, cuando era Presidente, nunca me invitó a los desayunos de columnistas que organizaba. Eso fue un golpe a mi orgullo. Lo que me gusta de Londres es que allá no ostento ningún poder. Eso es una lección de humildad para mí.

Ya caché que no voy a ser parte de la elite intelectual mundial. En Londres -donde vivo desde hace tres años y medio, mientras termino mis estudios de doctorado y donde ejerzo como académico- me he dado cuenta de mis limitaciones intelectuales, lo que me ha hecho entender que en Chile siempre voy a ser de primera división, pero internacionalmente hablando siempre seré de segunda. Pese a todo, mi vanidad sigue relacionada con lo intelectual, aunque me aburro mucho de mis looks y los cambio. Si alguien me googlea se dará cuenta que todas mis pintas son distintas y que nunca duro mucho con el mismo estilo.

Antes no me iba bien con las mujeres. Recuerdo que de niño era el negro, chico, peludo, con anteojos, malo para los deportes y mateo en un colegio de altos, rubios y deportistas. Por lo mismo, tuve que desarrollar una especie de caparazón antibullying. Las niñas no me pescaban. En la universidad, en cambio, me empezó a ir mejor, pero no con todas. Me iba bien con las que tenían gustos exóticos y con las sapiosexuales, ahí tenía cierto arrastre. Ahora no sé cómo me va, tendría que meterme a Tinder. Si no estuviera pololeando, lo haría.

La plata me importa poco. Si algún día me pillan en algo sospechoso, probablemente no tendrá nada que ver con plata y sí con mis vicios. Yo no tengo nada: no tengo herencia ni dónde caerme muerto. Cuando vengo a Chile me quedo donde mi mamá. La verdad es que la plata no me genera ninguna seducción.

A mi familia le tocó vivir el lado luminoso del régimen de Pinochet. En tercero de universidad reclamé el derecho de cuestionar mi herencia moral. Ahí consideré que tenía el derecho de revaluar si es que las creencias políticas, religiosas e incluso futbolísticas heredadas eran aquellas que yo quería en mi vida. Ahí hubo un quiebre más o menos importante con la tradición política, tomando en cuenta que mi familia fue sobrealimentada por la dictadura. Mi abuelo fue ministro de Pinochet, le tocó defender la Constitución del 80 como ministro y tuvo un rol público llamativo, aunque nunca fue tan cerrado con la defensa de la dictadura. Mi vida habría sido totalmente distinta si alguien de mi familia hubiera estado vinculada con violaciones a los derechos humanos.

Cuando estaba en cuarto medio decían que era el Salvador Allende del Verbo Divino. Fue un apodo algo fuera de lugar por haber traído la subversión en un año que para mí fue muy convulsionado. Hasta tercero medio fui un estudiante ejemplar del colegio: gané el premio al mejor alumno y espíritu del colegio todos los años. El último año, cuando fui presidente del centro de alumnos, hice una gestión -guardando las proporciones- bastante más sindicalista. Propuse que los centros de alumnos, que en ese tiempo no generaban ninguna polémica, fueran la voz de los estudiantes y no el canal de comunicación del rector. Eso para la dirección del colegio fue un poco subversivo. Finalmente, nos declaramos la guerra, lo que me llevó a salir con una relación de amor y odio con el Verbo.

Nadie me tocó ni tuve una experiencia traumática que me haya llevado a ser ateo como ahora. Cuando fui acólito fui feliz, me sentía profundamente conectado con Dios y hablábamos permanentemente. Una vez, incluso, le recé a una estampita de José María Escrivá de Balaguer nueve noches para que una niña me dijera que sí cuando le pidiera pololeo. Ella, finalmente, me dijo que no, pero no dejé de creer ahí. Mi emancipación tanto política como religiosa no se debe al trauma ni a una situación puntual ni a algo donde un día me haya despertado y me haya hecho clic, es fruto de los estudios y la reflexión. No me quedan muchas fibras conservadoras paradas.

Que mi primo Jaime Bellolio sea el nuevo presidente de la UDI me parece una muy buena idea. La UDI es un partido que hoy tiene un problema de flujo, no de caja. El problema de Jaime es que hoy día él tiene que decirles a las nuevas generaciones de derecha que la UDI no es solamente Pinochet ni defensas de intereses empresariales, y esas cosas tienen sentido aunque yo no esté de acuerdo con él, porque en general discrepo mucho con Jaime en lo político y en lo moral. Si tuviera que darle un consejo, le diría que se tire a la piscina. La política se trata de eso.

No estoy decepcionado de Josefa Errázuriz. Aunque competí con ella en las primarias por Providencia, no puedo ser objetivo, porque la quiero mucho. Con ella desarrollé una relación casi maternal: me arreglaba la camisa, tiene la edad de mi mamá y cuando se conocieron hablaban de mí como dos amigas que conversaban de un niño en común, que era yo. Creo que algunas de las evaluaciones que se han hecho respecto de su gestión han sido injustas. Ahora, por supuesto que estoy en desacuerdo con algunas políticas puntuales que ha adoptado, como la restricción de horarios nocturnos, pero ojo: Josefa nunca se vendió como una liberal, los liberales éramos los que la apoyábamos.

Más sobre:Diario Impreso

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE