Marruecos más allá de Marrakech
Andar en camello, acampar en el desierto del Sahara o surfear en Essaouira son algunas de las posibilidades que ofrece este destino. Todo, en escenarios que son verdaderamente de película. <br>

Es mediodía y en la Plaza de Yamaa el Fna, de Marrakech, hay un alboroto que supera al bullicio cotidiano. Policías acordonan el lugar mientras que un grupo de gente se amontona y levanta por los aires a un hombre joven que sonríe. Lo aclaman y le aplauden. Festejan. Es un caluroso día de noviembre y se cumplen 59 años desde que el rey Muhammad V proclamara la independencia de Marruecos, poniéndose fin al protectorado francés. Pero el bullicio nada tiene que ver con el aniversario. Una productora ha elegido este día para grabar el nuevo video clip del cantante local, Ahmed Chawki, una joven promesa del pop marroquí.
Marruecos ha sido por décadas una de las locaciones favoritas de las más exitosas producciones televisivas y cinematográficas hollywoodenses. De igual forma ha comenzado a desarrollar sus propias creaciones audiovisuales, mostrando al mundo los lugares más bellos de este país del norte africano. Pero no sólo la popular Marrakech ha corrido con esta suerte; el desierto del Sahara y las extensas playas en su costa atlántica continúan siendo destinos únicos que invitan a dejarlo todo para aventurarse y explorar sin prisa. Porque Marruecos está lejos de ser sólo Marrakech.
Al este de Marrakesh: Zagora y el desierto del Sahara
El desierto del Sahara es una de las zonas más cálidas del planeta y en Marruecos se extiende desde la frontera con Argelia, al oriente, hasta la costa atlántica, por occidente. Los pueblos de Zagora y Merzouga son las dos puertas de entrada a este desierto. La mayoría de sus habitantes son de la etnia bereber, los primeros habitantes del norte de África y que por años fueron desfavorecidos y aislados en beneficio de la población árabe. Hoy su situación parece haber cambiado, prueba de ello es que el mismísimo rey pertenece a este grupo.
Tan sólo 350 kilómetros separan Marrakech de Zagora, pero llegar hasta ahí demora siete horas. Es necesario atravesar la cordillera del Atlas. El camino es una estrecha y zigzagueante carretera construida sobre enormes acantilados que va bordeando el río y el valle del Draa. Los pueblos aparecen de la nada y es difícil divisarlos desde lejos, porque los colores rojizos de sus ciudades amuralladas se mimetizan con el desierto.
Aït Benhaddou es uno de ellos. Como muchas localidades marroquíes, posee una ciudad vieja y una nueva. La vieja fue construida en el siglo XI y su máximo auge poblacional fue hace alrededor de 500 años cuando los árabes y judíos, que fueron expulsados por los reyes católicos en España, llegaron al lugar. Hoy sólo ocho familias bereber viven ahí. El resto se trasladó a la ciudad nueva, edificada hace 80 años al otro lado del río Ounila. Los imponentes muros que la envuelven, transformándola en una especie de fortaleza, además de sus bien conservadas casas y callejuelas, han sido escenario de películas como Lawrence de Arabia, Jesús de Nazareth, La Momia y Gladiador. "Este lugar es la arena donde pelea Russell Crowe", dice el guía, apuntando a un pequeño descampado, ante los ojos algo incrédulos de los visitantes.
El camino continúa y algunas mujeres se dejan ver mientras lavan la ropa en el río, todas estrictamente cubiertas por sus velos. Conversan entre ellas. Este es uno de los pocos espacios de vida social fuera de sus casas.
La siguiente parada es Ouarzazate, conocida como la capital del desierto. Abundan las tiendas que ofrecen la artesanía propia del país: pashminas y pañuelos, collares y pulseras, teteras, lámparas y desde luego, espectaculares alfombras. El regateo es obligatorio, está en el ADN de los marroquíes. Se puede ofrecer hasta un tercio del precio inicial y llegar a un muy buen trato. La ciudad también parece sacada de una película, con fortificaciones medievales, y edificios de adobes y torres. En este lugar también se han rodado varias producciones; la más reciente: Star Wars Episodio 7, en donde estas tierras dan vida al desértico planeta Tatooine. En este lugar, además, se pueden visitar los estudios cinematográficos Atlas Studios y el Museo del Cine.
El aire comienza a sentirse más seco al respirar, la señal de que el Sahara está cerca. A lo lejos se divisa un manchón verde de palmeras alimentadas por el río Draa en una extensa planicie: es Zagora. Aquí llega a su fin el viaje en carretera y comienza una hora y media de recorrido en camello hasta el desierto. El objetivo es llegar al refugio para pasar la noche en una jaima, una especie de tienda utilizada como vivienda por los bereberes nómadas. Ahí, un hombre alto, moreno y risueño recibe a los visitantes con un "amrehba sisswene". Es Hassan, el encargado del campamento, y tiene 33 años, aunque aparenta muchos más. La palabra significa "bienvenidos" en tamazight, la lengua bereber.
En la noche el cielo se ilumina. No es posible ver más estrellas que en la oscuridad del Sahara y las fugaces abundan. El frío no asusta, algo de abrigo no necesariamente pesado ya es suficiente. En las tiendas hay frazadas y colchonetas, algunos las sacan afuera y se ponen de cara al cielo a la luz de una luna menguante. Los tambores comienzan a acallarse. Es tiempo de dormir y pasar la noche en este mítico desierto.
Al oeste de Marrakech: la ciudad costera de Essaouira
Dejando atrás el desierto y a 200 kilómetros al oeste de Marrakech, llegando a la costa atlántica, se localiza la ciudad blanca de Essaouira, fundada por los portugueses en el siglo XV bajo el nombre de Mogador. Famosa como lugar de veraneo y largas estancias de artistas como Jimmi Hendrix, Cat Stevens y Bob Marley, hoy es el destino favorito de quienes practican windsurf y surf, gracias a los excelentes vientos en sus playas.
Desde la estación de autobuses sólo basta con caminar 10 minutos para llegar a la puerta Doukalla, una de las entradas a su medina (o ciudad vieja). En este lugar es fácil dejarse llevar por el encanto de sus estrechos callejones, paredes blancas y puertas azules. Tanto así que muchos extranjeros, principalmente franceses, han comprado casas en esta parte de la ciudad para instalar hoteles y restaurantes, dándole un toque cosmopolita al lugar.
Entre estas paredes se grabó, en 1949, la clásica película Otelo de Orson Welles y en 2004 se rodaron escenas de Alejandro Magno. Aunque la más reciente producción en la zona es la popular serie británica Juego de Tronos. El puerto y el fuerte dieron vida a Astapor, una de las Ciudades Libres de la ficción y lugar de compra y venta de esclavos.
Es lunes por la mañana y en el puerto descargan el pescado. Esta es una de las actividades económicas que mueven la ciudad. Ibrahim tiene 18 años y desde hace tres llega hasta unos roqueríos para tirar su caña de pescar. Si saca algo lo vende, pero no vive de eso, sólo lo hace por entretención, dice. El muelle es antiguo, de piedra, y las gaviotas saturan el lugar festinando con los restos de pescado. Truchas, sardinas, calamares y camarones se venden en sus inmediaciones, mientras que metros más allá un puñado de restaurantes ofrece cocinarle al visitante al momento la selección de productos marinos que quiera. La cocina es más bien sencilla, pero el sabor es bueno: todo es achicharrado con rapidez en unas sartenes gigantes.
A un costado del puerto comienza la playa principal de la ciudad. Caminarla puede tomar toda la tarde dado sus casi seis kilómetros de largo. Pero la recompensa vale la pena: llegar al final justo al atardecer. Mientras el sol se esconde, también llegan algunas parejas de marroquíes. Buscan lugares solitarios porque no es bien visto expresar su amor en público y en este lugar, lejos de todos los suyos, pueden besarse y tomarse tranquilamente de la mano.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE











