Por Alejandro JofréLa soledad de las piscinas de Hockney (un obituario)
En sus años de formación, el pintor no pudo ser él mismo en su lugar de nacimiento, una gris ciudad industrial inglesa. Fue en los 60, cuando una anhelada estadía en California, desde el momento exacto en que atravesó San Bernardino en el avión, estremeció por completo su arte.

Por décadas, el mercado del arte contemporáneo y las galerías trataron a David Hockney como el gran hedonista de su generación. Sus lienzos rompieron récords en las casas de subastas, convirtiéndolo en uno de los artistas vivos más cotizados del mundo, acaso un embajador del optimismo pop y la opulencia californiana.
Sin embargo, tras la fachada del muchacho británico de lentes redondos y pelo platinado que conquistó Los Ángeles, operaba un mecanismo distinto, mucho más taciturno y melancólico.
Hockney (que acaba de morir en Londres) fue, en el fondo, un francotirador de la soledad moderna.
Desde muy joven sabía que las personas homosexuales ocultaban cosas y yo no quería hacer lo mismo. Pensé: “Bueno, voy a ser artista y tengo que ser honesto”
El agua domesticada

Para la historia del arte, las famosas piscinas de Hockney representaron la cúspide de la pintura acrílica, una técnica que le permitía secados rápidos y colores planos para capturar los falsos árboles plásticos del sueño americano. Pero hay otra forma de verlas.
En la geometría de Hockney, una piscina californiana no es tan solo un símbolo de estatus, sino un bloque de agua domesticada donde el ser humano ensaya el vacío.
Cada vez que salía de Inglaterra, se intensificaban los colores de mis dibujos
Tomemos A Bigger Splash (1967). A simple vista, es la imagen cotidiana de un día de verano en Sherman Oaks o Chatsworth. Pero si uno lo mira de cerca, es un cuadro sobre un fantasma. ¿Lo ves? Alguien acaba de saltar y ya no está. Lo único que queda en esa arquitectura de líneas perfectas y sillas vacías es la espuma blanca, el eco de un impacto en un mundo donde nunca sopla el viento.

Las piscinas de Hockney -Baño de sol y sobre todo Piscina con dos figuras y Peter saliendo de la piscina de Nick- destilan esa misma angustia silenciosa que asalta los domingos a las tres de la tarde en los suburbios, cuando el sol pega vertical sobre el asfalto, todo el mundo duerme la siesta y uno se da cuenta, de golpe, que el verano no va a salvar a nadie.
El mundo es muy bonito si lo miramos, pero la mayoría de la gente no mira mucho ni con intensidad, ¿verdad?
La intemperie del living

Esa misma temperatura emocional rige a los hombres y mujeres que habitan sus retratos. En obras como Mr and Mrs Clark and Percy (1970), Hockney operaba como un forense de las relaciones humanas.
La crítica de la época aplaudió su capacidad para revivir el retrato doble, pero lo que realmente pintó fue la distancia invisible entre dos personas que comparten una misma dirección.
El amor es el único tema serio
Los personajes de Hockney están rodeados de jarrones hermosos, gatos blancos, alfombras mullidas y vistas al jardín, pero tienen la postura tensa de quienes acaban de discutir en voz baja, o están a punto de hacerlo.
Se miran, pero no se alcanzan. O peor, miran hacia el espectador buscando una distracción, acaso un rescate que no va a llegar. En medio de esos livings impecables, rodeados de confort y diseño de interiores, sus personajes están a la intemperie. Son parejas congeladas en ese momento exacto y terrible en el que comprenden que el amor, igual que el barniz de los muebles caros, también se cuartea y agrieta.

Bradford era una ciudad oscura, con edificios negros debido al carbón. La dejé en 1959 y nunca volví
Azul Pacífico
Y luego estaba su uso del color. Económicamente, fue su mayor activo: paletas vibrantes que decoraban a la perfección las colecciones privadas y los museos de arte moderno. Pero el color en Hockney nunca fue un mero ejercicio decorativo, era un mecanismo de supervivencia.
Hockney venía del cielo plomizo y la humedad industrial de Yorkshire, en el norte conservador de Inglaterra. Cuando llegó a la luz implacable del Pacífico, empezó a pintar con rosas furiosos, verdes radiactivos y azules sintéticos porque entendía, como entienden los chicos de barrio que se ponen la mejor ropa para salir a caminar por calles rotas, que el color es lo único que podemos oponer a la muerte.
Era su forma de subirle el volumen a la vida para no escuchar el silencio de la casa vacía. El color era su trinchera.
California siempre me ha afectado con el color. Debido a la luz, se ve más color… aquí la vida tiene más color
El muchacho de Bradford inventó una California eterna, un lugar donde la luz nunca baja y las vacaciones no terminan. Generó millones de dólares empaquetando el sol en lienzos cuadrados. Pero al final, con la lucidez de los grandes observadores, sus cuadros siempre nos recuerdan una verdad incómoda: por más brillante y turquesa que sea el agua, las alfombras mullidas, los jarrones hermosos, todos terminamos nadando solos.
Las pinturas nos hacen ver el mundo. Sin ellas, no estoy seguro de lo que veríamos
*Todas las citas destacadas que figuran en esta nota aparecen en los libros El mundo según David Hockney (2025, Blume), donde el pintor revela sus ideas al periodista Martin Gayford, y David Hockney: una cronología (2021, Taschen), un ornitorrinco que combina el viaje cronológico con obras y textos biográficos para descubrir cómo el pintor explica y dónde encuentra inspiración para su trabajo.
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