Diario Impreso

Norcorea: viaje al país más hermético del mundo

<P>Durante cinco días, un periodista chileno recorrió Corea del Norte bajo estricta vigilancia. El siguiente es el relato de ese viaje.</P>

Luego de almorzar una comida típica coreana de nueve platos, cuyo número impar garantiza la buena fortuna, en un restaurante vacío y espartano en Kaesong, una de las principales ciudades norcoreanas, aprovecho mi único tiempo en soledad, para caminar algunos metros frente al recinto, aliviado de la asfixiante compañía de mis guías que aún almuerzan. Pero, preocupados por mi ausencia, uno de ellos no tarda en llegar, disimulando su turbación.

- Ya le hemos dicho que no debe caminar solo - me dice -puede perderse.

Asiento con la cabeza, mientras observo que coge su teléfono celular chino para avisarle al resto que me encontró. Observando su teléfono, me pregunta con disimulo: -¿En su país tienen de estos?-. -- le respondo secamente. Asiente con la cabeza. -¿Y televisores?- insiste. -También-. -Ahhh- dice, tratando de no enseñar azoramiento. El cuestionario continúa por unos minutos más con preguntas como: ¿Es verdad que en Estados Unidos son todos malos? ¿Ustedes pueden viajar donde quieran sin permiso? ¿Usted tiene auto? ¿Cuánto le pagan por su trabajo? y ¿Usted piensa que Corea del Sur es mejor que Corea del Norte? Intrigado como un niño, el guardia busca aprovechar sus escasas posibilidades de tener contacto con un extranjero.

La primera impresión cuando se llega a Corea del Norte es de rudeza. Muchos sospechan que la intención de los extranjeros es espiar y complotar para destruirla. Por eso, al principio, los rostros serios y las muchas reglas esgrimidas por los funcionarios que reciben al visitante desde la salida del avión dan una seca bienvenida. Desde ese instante, los guardias no dejan al extranjero hasta que abandona el territorio. Incluso le arrebatan el pasaporte, para garantizar "su buena disposición al programa".

Decenas de prohibiciones, expresadas en forma de "consejos", son las primeras cosas que se oyen, mientras se observa por la ventanilla del auto a los muchos policías y soldados que pululan en cada esquina de una Pyongyang empapelada por propaganda socialista. Toda la visita está excelentemente bien organizada para que el extranjero no tenga posibilidad alguna de autonomía en un país que, a pesar de los problemas que pone para las visas a los exranjeros, agradece las divisas. Sin embargo, se preocupan de impedir, con una paranoia exasperante, cualquier contacto con sus habitantes. Durante una visita al Metro de la capital, un hombre que intentó acercarse y decirle algo al grupo fue golpeado por una mujer policía con un bastón en la espalda, para evitar cualquier contacto.

Pese a ello, la actitud de rudeza y sospecha que esgrimen muchos de los funcionarios norcoreanos con los que el viajero se relaciona se desvanece tras escuchar sus creencias e inquietudes sobre el resto del mundo. La manipulación de la historia y de la información es una de las cosas que más llaman la atención a un extranjero. El régimen los ha convencido de cosas tan extravagantes como que el primer hombre que surgió en la tierra fue coreano, o que todo el resto del mundo es pobre, corrupto, inmoral y envidia su desarrollo, razón por la cual siempre está buscando destruirlos. "¿Acaso no cambiaría toda esa corrupción moral que hay en EEUU por la justicia social que aquí se vive?", comenta uno de los guías durante un recorrido por Pyongyang.

En Corea del Norte, todos los medios son controlados por el régimen, internet está prohibido, al igual que -para la mayoría- los teléfonos celulares. Sólo existe una señal oficial de radio y de televisión, y la gran mayoría de los libros extranjeros, incluso los de Marx y Mao, están vetados. La educación escolar y universitaria está orientada por la ideología de sus líderes hasta en cosas técnicas: los estudiantes, por ejemplo, se pasan gran parte de su tiempo memorizando cada uno de los libros escritos tanto por Kim Il Sung como por su hijo Kim Jong Il, que suman una cincuentena.

Miles de retratos y estatuas adornan cada espacio de la ciudad, además del interior de las casas e, incluso, las solapas de las chaquetas, las que siempre deben ir adornadas con pins con sus rostros y la bandera. Tanto el coreano como el extranjero deben guardar gran respeto por estas figuras, veneradas casi como dioses. Incluso, los guías conminan a los visitantes extranjeros a comprar flores cada vez que visitan una de las estatuas de Kim Il Sung. Es delito en el país dañar, criticar, fotografiar erróneamente o, incluso, ocultar accidentalmente cualquiera de sus imágenes. Un exiliado norcoreano relató hace un tiempo que pasó dos años en un campo de reeducación simplemente por haber ocultado, sin quererlo, con su cuerpo una imagen del gran líder y presidente eterno Kim Il Sung.

"Sin duda, nuestra sociedad es la más justa, el gobierno nos da a todos beneficios por igual. Por eso, la gente vive feliz, ya que no existe la envidia entre nosotros" - comenta Cho ul Li, uno de los guías, al referirse a los beneficios que reciben de su gobierno. Se les asigna gratuitamente vivienda, se les subvenciona la energía, el alimento, la educación, la salud, el vestuario, las herramientas de trabajo, etc. Y dos veces por año, en las celebraciones de los cumpleaños de sus líderes, se les entrega una canasta de alimentos como agradecimiento por su fidelidad: esta contiene, además de víveres tradicionales, licor y dulces.

Como al viajero le está absolutamente prohibido desplazarse independientemente por el país y también entablar una conversación con cualquier ciudadano que no sean aquellos especialmente designados por el gobierno, es muy difícil contrastar las opiniones de los guías con el juicio general de la población. Si bien los funcionarios reconocen algunas de las privaciones a las que están sometidos, las suelen justificar en nombre de la causa política. ¿Realmente crees que vivir en Estados Unidos es mejor que vivir en Corea del Norte?, agrega uno de los guardias al detallar los beneficios que les otorga el gobierno.

Los norcoreanos tienen prohibido criticar al gobierno, plantear ideas subversivas -es decir, no acordes con ideología oficial-, trasladarse entre ciudades o pueblos sin autorización, cambiar de trabajo o residencia, acercarse a embajadas y, por supuesto, salir del país. La lista de prohibiciones suma cosas insólitas, como cantar canciones que no sean políticamente orientadas, hacer manifestaciones culturales banales, hablar bien de Estados Unidos y dudar de la historia oficial. "¿Es que estamos tan equivocados en seguir un camino propio, diferente al que les han impuesto a ustedes las potencias imperialistas?", se lamenta un joven coronel al concluir una visita al Museo de la Guerra.

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