Educación

¿Qué hacer con la IA en educación?

Ana Henríquez, académica del Observatorio IA de la Universidad de Las Américas.

Diversas encuestas aplicadas en Chile y la región, coinciden en una cifra que ya no sorprende, pero sí interpela: alrededor del 80% de los estudiantes declara utilizar inteligencia artificial en sus procesos académicos. La tecnología no solicitó permiso, no esperó lineamientos institucionales, solo ingresó silenciosamente al aula.

El debate oscila entre dos polos, por un lado, quienes ven en la IA la posibilidad de un aprendizaje acompañado, y quienes advierten un proceso de debilitamiento progresivo de las capacidades cognitivas, donde la eficiencia sustituye a la comprensión. En esa tensión se abre una pregunta: qué está ocurriendo con el aprendizaje cuando se incorpora esta tecnología sin sentido pedagógico.

Un estudiante puede producir un texto coherente, resolver un problema complejo o estructurar un argumento sólido sin necesariamente comprender los fundamentos que lo sostienen. El resultado existe. El aprendizaje, en cambio, se vuelve incierto.

Hechos recientes refuerzan esta constatación. En Argentina, el uso de dispositivos con IA en exámenes de residencia médica evidenció la posibilidad de simular competencia profesional en contextos de alta exigencia. En investigación, la inserción de instrucciones ocultas en artículos científicos para influir en evaluaciones automatizadas expone nuevas formas de manipulación, casos que muestran un uso deliberado con fines de fraude. Sin embargo, el fenómeno más extendido es menos visible y más profundo: la instalación progresiva de una ilusión de aprendizaje.

La externalización de procesos cognitivos permite responder más rápido, producir más y avanzar con mayor fluidez, pero reduce la necesidad de comprender. El estudiante responde, pero no explica; produce, pero no transfiere. Investigaciones recientes muestran un patrón consistente: mejor desempeño inmediato con apoyo de IA, acompañado de una menor capacidad de resolución autónoma posterior. La delegación cognitiva emerge, así como un riesgo estructural.

El problema, por tanto, no se resuelve mediante la intensificación de reglamentos o sanciones. Se sitúa en el diseño. Rediseñar implica introducir fricción cognitiva. Espacios donde el estudiante deba pensar sin asistencia, instancias de interacción guiada con IA y momentos donde se exija explicar, defender y transferir lo aprendido. La evaluación se convierte en evidencia progresiva del aprendizaje.

La institución educativa enfrenta aquí una oportunidad estratégica. Repensar sus planes de estudio, sus metodologías y sus sistemas de evaluación para hacerlos coherentes con un entorno donde la inteligencia artificial es parte constitutiva del ejercicio profesional. No se trata de restringir su uso, sino de integrar esta tecnología con decisión pedagógica.

La pregunta inicial se desplaza hacia un plano más exigente: qué decisiones está dispuesta a tomar la institución educativa para asegurar que el aprendizaje efectivamente ocurra y que la aprobación de asignaturas y la obtención de títulos continúen siendo evidencia válida del desarrollo de competencias pertinentes, capaces de sostener un desempeño profesional riguroso.

*Ana Henríquez, académica del Observatorio IA de la Universidad de Las Américas.

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