Lo que hace único a The Open, el major que le faltaba jugar a Joaquín Niemann

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El único major europeo, sus canchas especiales, la historia de siglo y medio. Todo hace que el abierto británico aparezca como objeto de estudio para el fanático internacional.



Hoyo 18. El cómodo líder podía hacer par allí, o bogey. Hasta doble bogey y se quedaba con el título. Pero la bola de Jean van de Velde se fue al público, después a un canal, tras eso, a un bunker... El francés perdió el título. La situación pudo haber pasado miles de veces en la historia del golf, pero ocurrió donde es menos recomendable: en The Open británico en su edición de 1999.

Es que nada es lo mismo cuando pasa en The Open, el torneo que en esta edición 2019 por primera vez saboreará un chileno: Joaquín Niemann, desde este jueves a las 6.36 en horas de Chile.

El campeonato es el segundo más antiguo del mundo y el major que se disputa hace más años, pues su primera edición fue en 1860.

Siempre en campos links, es decir, a orillas del mar, con arena y nada de árboles. Apenas nueve clubes se alternan su organización y la sede de este año, Royal Portrush no está en esa lista.

Las condiciones tan diferentes a lo que se juega en la "eterna primavera" de PGA Tour estadounidense e incluso situaciones distintas a las que se viven cada semana en los variopintos escenarios del European Tour.

Los campos británicos obligan a pensar, a sacar la imaginación de la bolsa. Ver a Tiger Woods ganar un Open sin usar un solo driver, a Todd Hamilton (el ganador que se bajó este año y permitió la entrada de Niemann) ocupar un híbrido para salvar los up and downs. Y este año, pocos de los inscritos han conocido antes Portrush.

Canchas donde un día nublado (incluso sin lluvia) impone un campo muy distinto al siguiente, lleno de sol. Eso, sin contar las trampas de arena. Pot bunkers, se llaman. Pot significa olla o macetero y grafica bien de su profundidad. El rough no lo hace nada mal: imposibles en algunos recorridos, la combinación con la arena de las playas los hacen temibles.

Tan legendario es el Open que nació para honrar a una leyenda: Allan Robertson, el mejor golfista de mediados del Siglo XIX, quien murió en 1859 y para saber quién sería su sucesor se decidió jugar un torneo abierto. La primera edición la disputaron ocho golfistas, con tres rondas de 12 hoyos en un solo día. Un año después se presentarían 18 candidatos.

Willie Park Sr. se quedó esa vez con el cinturón de cuero reservado para el vencedor, galardón que fue reemplazado en 1873 por la Claret Jug, el trofeo que se conoce hasta hoy y del que los ganadores se llevan una copia.

El británico es un major distinto, no cae en la tentación de enviar jugadores al tee del hoyo 10 para partir. La luz natural hasta las 9 o 10 de la noche, incluso, permite que todos salgan desde el hoyo uno.

También hace exclusivo al Open británico la especial capacidad que tiene la R&A, organizadora de los campeonatos, de vestir los hoyos 18, con los marcadores, imitados, nunca igualados, incluidos, y saber dejar la emoción para el hoyo 18 del último día. Si no, habría que preguntárselo a Van de Velde.

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