El adiós del caudillo de Los Huasos Quincheros

Autor: Jorge Leiva

El grupo en su era de mayor gloria (desde la izq.): Sergio Sauvalle, Ricardo Videla, Alfredo Sauvalle y Benjamín Mackenna.

“Ya cumplí una etapa larga”, dice Benjamín Mackenna, que en julio realizará su despedida. Su salida cierra 60 años en el grupo, en que fueron del éxito a la estigmatización.


El viernes 8 de junio, en el Facebook de Los Huasos Quincheros, apareció un mensaje: “Nuestro querido integrante Benjamín está preparando su retiro. Estaremos informando su show de despedida y celebración de 60 años en el conjunto”. Muchos seguidores han dejado comentarios de despedida y cariño, porque Benjamín Mackenna no es un integrante más. Es su director, su principal rostro y el más antiguo en sus filas. Habla en los conciertos y en las entrevistas, y es el rostro más representativo de Los Quincheros. Pero ya se terminó. Tras su despedida en julio, responde con claridad a la pregunta si se subirá de nuevo a un escenario vestido de huaso. “No. Nunca más”.

“Ya cumplí una etapa larga. Han sido momentos muy felices desde que decidí tomar el camino de la música contra la voluntad de mi padre”. De eso han pasado 60 años.
Mackenna era un alumno del Instituto Luis Campino cuando se acercó a la música. Junto al hijo de uno de Los Cuatro Huasos, Jorge Bernales, formó Los Retoños de los Cuatro Huasos, y asistió a ensayos y conciertos del conjunto. Luego, en la universidad, formó Los Arrieros, y en 1958, con 22 años, lo llamó Carlos Morgan para integrarse a Los Quincheros. Era un momento de inflexión en el conjunto, que había cumplido 20 años, y su ingreso selló su etapa de mayor popularidad.

En 1937 se fundaron Los Quincheros, con cuatro estudiantes, dos de Química y dos de Ingeniería. Su modelo eran Los Cuatro Huasos, formados diez años antes, que tocaban en radios, en teatros y que editaban discos. Vestidos como huasos patronales, su repertorio eran tonadas, valses y el cancionero latinoamericano, con delicados arreglos vocales e instrumentales. Los Quincheros también eran cuatro, y tomaron su nombre de la quincha, que es el muro de barro y pasto con el que se ataja al ganado durante el rodeo. Junto a otros grupos protagonizaron una poderosa escena folclórica en la década del 30 y del 40, que luego nutrió su repertorio con canciones de compositores profesionales. De ese tiempo son casi todos los temas de las Fiestas Patrias: Banderita chilena, Si vas para Chile, Chile lindo.

Esa rama del folclor académicamente se ha llamado “Música Típica”, y Los Quincheros son uno de sus emblemas. Grabaron discos, viajaron fuera, incorporaron boleros y en 1956 tuvieron un cisma: dos integrantes se retiraron con la convicción que el conjunto debía terminar. Como los que quedaban, Jorge Montaldo y Carlos Morgan, no pensaban lo mismo, el diferendo se resolvió en tribunales. Fue entonces cuando llegó Benjamín Mackenna. Junto a Alfredo Sauvalle completaron el cuarteto que iba a seguir con la historia, tal como quería su fundador, Carlos Morgan.

En 1959, Los Quincheros inauguraron su discografía en LP. Antes solo habían registrado singles y discos de acetato, y su primer disco en el formato moderno fue Chile canta; según el sello Odeón, uno de los más vendidos de los 60. En 1965 Morgan y Montaldo dejaron el grupo, pero con la certeza de que iba a continuar. Más de diez álbumes en una década, giras internacionales y, en 1970, una celebración en grande de sus 33 años en el Teatro Municipal, con todos los Quincheros “históricos” en el escenario, demostrando que el viejo conflicto ya estaba superado.

Ellos, como la mayor parte de los conjuntos del género, venían de los sectores acomodados, y ninguno era huaso de verdad. Nunca, en todo caso, han dicho lo contrario, porque lo de ellos es una visión idealizada de la vida campesina. El propio Mackenna lo contó en 1977, en la revista Juventud. “Hacemos música del valle central porque es allí donde nació Chile. Es allí donde se forjó la independencia y donde nuestros próceres inculcaron el patriotismo”. A fines de los 60, decir eso no era neutro, y aunque Los Quincheros no adherían a partidos en particular, tenían una opinión.

La demostraba su público y también su guaracha El patito, original de Ariel Arancibia, a la que le cambiaban la letra aludiendo a la contingencia. Allí muchas veces criticaron al gobierno de la UP, al punto que en el Festival de Viña de 1973 les pidieron, incluso, que no la cantaran.

Ya para el golpe militar, su posición era clara. A pocos días presentaron en una radio una versión de El patito, donde se reían de la ex primera dama Hortensia Bussi (le dedicaron La llorona) y de La Moneda bombardeada. El mismo Mackenna se sumó al gobierno como asesor, en un rol que nunca quedó claro del todo. “Era sólo un funcionario de la Secretaría General de Gobierno, y sólo hacía la parte promocional” dijo en 1997, detallando que su trabajo era “llevar números artísticos a regiones”.

Pero la identificación con el régimen fue creciente al punto que, en 1974, cuando viajaron a la inauguración del Mundial de Alemania, en una actuación posterior en Frankfurt, fueron agredidos por exiliados chilenos. Durante los años siguientes Los Quincheros fueron un número recurrente en TV y en actos oficiales, y en 1988, Mackenna apareció en la franja del SI. “Fue un error haber participado”, dijo en 1997. “Sin desconocer que tenía una adhesión al gobierno militar, creo que eso identificó al grupo”.

Con la llegada de la democracia los “circuitos Quincheros” se fueron estrechando, pero nunca detuvieron su actividad, ejercida en municipalidades del barrio alto, eventos empresariales, fiestas asociadas al rodeo. La separación de otros públicos quedó en evidencia en enero de este año, cuando fueron abucheados en el Festival del Olmué. Los chilenos que tienen menos de 40 años solo conocen esa parte de la historia de los Quincheros, pero su vida es mucho más larga. Eso lo sabe Mackenna, que recibió el grupo de la mano de su fundador. “El grupo seguirá, en el mismo espíritu que lo hicieron sus creadores”, dice hoy. Pero sin él quedará solo ése espíritu. Tal vez es el momento que al grupo, como dicen en El corralero, lo dejen no más pastar.

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