Juan José Mendoza
04 ABRIL
La narrativa argentina en los últimos años ha sabido dar muchos ejemplos de estar gozando de buena salud: Samanta Schweblin (finalista del Man Booker Prize en 2017), Mariana Enríquez (traducida en un año a casi diez idiomas), Federico Falco y Luciano Lamberti (dos cordobeses, que deben ser los mejores cuentistas de su generación), Carlos Busqued (que este año impactó en España y Argentina con su novela de no ficción Magnetizado), Selva Almada (un fenómeno en sí mismo con El viento que arrasa), Pablo Katchadjian (y sus procedimientos literarios con El Aleph engordado y sus relatos de El caballo y el gaucho), Gabriela Cabezón Cámara (que el año pasado casi refundó la literatura argentina con Las aventuras de la China Iron, una especie de lado B queer del Martín Fierro). Buena parte de ellos han sido publicados en Chile por editoriales independientes: Falco, Almada y Enríquez en Montacerdos, Katchadjian en Narrativa Punto Aparte y Cabezón Cámara en Alquimia.
La narrativa argentina que se viene: los gauchos jóvenes
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