Hanif Kureishi, escritor: “Me siento más endeble y más cansado, pero es hermoso envejecer”

FOTO: María Teresa Slanzi (2014)

Amor + Odio es el nombre de una colección de relatos y ensayos que marca el regreso a los escaparates locales del reconocido autor y guionista británico.




A Hanif Kureishi (Londres, 1954) le faltan más de dos años y medio para cumplir los 70. Pero más de una vez durante la conversación que sostuvo este viernes con La Tercera, vía Zoom desde su casa londinense, le recuerda a su entrevistador que tiene “casi 70″.

No es común echarse años encima, menos aún a esa edad, pero el autor de El Buda de los suburbios, guionista nominado al Oscar por Ropa limpia, negocios sucios, tiene sus razones. La principal, parece ser, es que lo está pasando bien: que no se ve forzado a escribir la novela de su generación ni nada semejante y que, aunque escribió hace poco una obra teatral en Italia, si quiere pasarse una tarde leyendo, pues llega y lo hace (”ahora estoy más flojo”, confidencia). Y para nuevas publicaciones, lo que hay son textos dispersos.

Por esos carriles transita Amor + odio, el último de sus libros en castellano. La obra hace convivir relatos y ensayos que en buena parte tuvieron su primera aparición entre 2012 y 2014, en diarios como The Guardian y The New York Times. ¿Forman una unidad de algún tipo? El también profesor de escritura creativa dice no tener idea al respecto, y más bien celebra lo maleable del formato: mientras se lea, el que se haga en desorden o a razón de un texto por semana, da un poco lo mismo.

Lo que tendrán al frente los lectores es un volumen que va de la insólita aventura aeronáutica de un documentalista cincuentón al incidente que el propio Kureishi vivió hace una década con un estafador que lo despojó de decenas de miles de libras de sus ahorros; de la relación con los hijos a la relación con el racismo y otros males contemporáneos.

Varias de sus historias tratan el tema del envejecimiento y ahora, en su nuevo libro, eso se combina con la vida de los jóvenes. ¿Le tienta comparar su propia experiencia de los 60 y 70 con la que tiene la generación de sus hijos?

Sí, muchísimo. Tengo dos hijos gemelos de 27 años y tengo otro hijo de 24. Sus luchas son distintas de las mías: tuvieron una formación mucho más privilegiada que la mía. Fui joven en una era de juventud. Después de las revoluciones de 1968, ser joven era ser político, era ser sexual, estar envuelto en la cultura juvenil, involucrado en la efusión de nuevas películas, de nueva música, de nueva moda. Después vinieron los 70 y el período del punk, en el que estuve bastante metido.

La situación de mis hijos es totalmente distinta a la mía en esa época. Por supuesto, pienso distinto en lo difícil que fue para mí y en lo difícil que es para ellos, pero diría que una de las cosas que teníamos entonces era un gran sentido de esperanza: había una sensación real de apertura al mundo, de rebelión, de nuevas ideas políticas, de ideas sobre la sexualidad, sobre la sociedad, sobre el feminismo, que tuvieron gran efecto en nosotros. Y aunque no teníamos dinero en los 70 y vivíamos de okupas, creo que teníamos un sentido de esperanza y de expectativa. Hoy, siento que las cosas son mucho más oscuras para los jóvenes, con el colapso del neoliberalismo, con el Covid, con la guerra en Ucrania, con la situación medioambiental, y así. Es un mundo completamente distinto, y vale la pena detenerse a pensar de qué formas lo es.

Los jóvenes tienden a ser más conscientes de la variedad de problemas que enfrenta el mundo, pero también son percibidos como frágiles y proclives a ofenderse. ¿Cómo lo ve?

No diría que mis hijos o sus amigos son frágiles. Me parecen resistentes, pero es un mundo mucho más difícil para ellos: les es muy difícil conseguir trabajo y encontrar un lugar donde vivir acá en Londres, dada la forma en que los ricos se han apoderado de nuestra ciudad, que se ha vuelto tremendamente cara. En nuestro tiempo los arriendos eran mucho más baratos: vivíamos en casas desocupadas, en departamentos de asociaciones de vivienda. Mis hijos son mucho más privilegiados de lo que yo fui, pese a lo cual el mundo parece mucho más oscuro para ellos que para mí. No estoy diciendo que haya crecido en un paraíso, pero el mundo era entonces mucho más receptivo a los jóvenes de lo que parece ser ahora.

Escribir sobre hacerse mayor, ¿qué tan útil o iluminador le ha resultado?

De verdad disfruto hacerme mayor. Estoy cerca de los 70 años, varios amigos han muerto y estoy empezando a sentirme más endeble y más cansado. Y además tuve Covid. Pero debo decir que es hermoso envejecer, porque hay mucha menos presión sobre ti para tener éxito, para trabajar.

¿Qué tan fuerte le pegó el Covid?

Fuerte. Me sentí realmente una mierda. Estaba cansado todo el tiempo. Pensé que era la vejez, pero ya me siento con más energía y estoy volviendo a trabajar. Estoy reescribiendo un guión que escribí con uno de mis hijos hace tres o cuatro años.

En Amor + odio escribe sobre la creación de historias y la construcción de personajes. ¿Ha sido su idea desafiar las expectativas de crear personajes queribles o simpáticos?

Creo que los personajes más interesantes de la literatura suelen ser los desagradables. Si piensas en Fausto, en Hamlet o en Edipo, o incluso en Antígona; si piensas en los personajes de Breaking Bad, en los personajes de Los Soprano o incluso en Mad Men, creo que estamos más fascinados por los malos y las malas que por las buenas personas, que no nos parecen muy interesantes. A veces mis estudiantes de escritura creativa me dicen, quiero escribir un personaje que sea realmente agradable y simpático, y yo les digo que no puedo pensar en nada más aburrido.

Mire a Dostoievski. La literatura está llena de tipos complejos, pero malos. Desde principios de siglo, la TV que nos llegó de EE.UU., principalmente de HBO, era sobre personajes corruptos e inmundos. Pero a pesar de eso, son realmente fascinantes y representan, podría decirse, lo malo de nosotros mismos. Y piense en un Hannibal Lecter: el tipo es un monstruo, pero no se puede apartar la vista de Anthony Hopkins cuando está interpretándolo.

También ha escrito sobre el hombre que lo estafó en 2012.

Si ve Netflix, por ejemplo, verá la cantidad de programas que hay sobre estafadores. Los estafadores se han convertido en los personajes representativos de nuestra época. Yo tuve mi propia experiencia al respecto, y fue realmente desagradable. Te hace sentir muy sucio que te hayan engañado y que lo haya hecho alguien que te agradaba. Sientes que, de alguna manera, lo causaste tú mismo. Las personas estafadas sienten que fue su culpa, que fueron tontas, que todos deberíamos ser conscientes de que algunos están tratando de engañarnos.

Siendo de quienes han explorado el sexo y el deseo, ¿los ve hoy bajo vigilancia o bajo sospecha?

Siempre vale la pena pensar en el sexo. Vale la pena pensar en el amor. Siempre vale la pena pensar en nuestras relaciones. Crecí en la década de 1950 y en la de 1960, así que pasé de una era puritana a una muy permisiva. Ahora el mundo de las citas, el sexo y el amor ha cambiado por completo. En los 60 y 70 se esperaba que fuéramos muy sexuales, muy activos sexualmente. Mis hijos están mucho menos interesados en el sexo que yo y mi generación. Tienen sexo, naturalmente, pero no creo que piensen que es tan importante como lo fue para nosotros, que veíamos el sexo como algo político, como una forma de liberación. También estábamos muy interesados en el feminismo, nos interesaba la sexualidad gay. El mundo se estaba abriendo en términos de lo que podías decir y pensar. Muchas de mis amigas se convirtieron en lesbianas. Empecé a conocer a mucha gente gay.

Ahora, no se trataba sólo de andar tirando, sino de cuál era el significado del sexo y cuán liberado se estaba de las normas y de las creencias racionales de la época.

¿Lo central está hoy más en el género que en el sexo?

La gente está muy interesada en el género. Hablan de género todo el tiempo. Tengo amigos que tienen hijos no binarios y amigos cuyos hijos se declaran gays o lesbianas. Hay toda una nueva variedad de discursos. Obviamente, ya no es algo en lo que pueda participar, pero me interesa mucho aprender y ver cómo evolucionamos en términos de nuestra sexualidad, en términos de nuestras relaciones. Crecí en un tiempo y en un lugar donde las familias tenían un hombre, una mujer y dos hijos. Esa era la convención. Y ahora vivimos en una era de guaguas de probeta, de madres sustitutas, de un espectro de sexualidades. Me parece muy interesante. No lo entiendo todo, pero me fascina y estoy feliz de hablar y aprender al respecto.

El personaje de Jim Broadbent en Un fin de semana en París [2013, película escrita por Kureishi] es un profesor despedido de su universidad por un comentario inapropiado sobre el cabello de una estudiante negra, quien a su vez considera su cabello como parte de su identidad. ¿Cómo evalúa la evolución del identitarismo?

Bueno, la gente necesita sus identidades y tener una identidad en las sociedades capitalistas avanzadas en las que vivimos, donde todo es caos y todo está cambiando, significa mucho para ellos. Pero al mismo tiempo, es algo que nos separa. Al menos en el Reino Unido, ya no tenemos una izquierda organizada. Tenemos una economía neoliberal muy organizada, pero no tenemos una izquierda sólida. Tenemos gays, tenemos feministas, pero es muy difícil, ahora que la izquierda se ha derrumbado, ver cómo podemos unirnos para crear una nueva forma de sociedad.

¿Y la fuerza política de las identidades lo hace más difícil?

Lo hace más difícil porque no hay unidad. Puedes ser una lesbiana negra, pero no necesariamente eres de izquierda. Tal vez te preocupe tu grupo y cómo podrías progresar en la sociedad, pero la idea de una izquierda unificada con la que crecí -en un tiempo en que la gente era marxista- ha desaparecido.

Ha escrito que la diversidad y el multiculturalismo “pueden transformarse en formas de exotismo y autoidealización, y las exageraciones de la diferencia, en nuevas formas de engreimiento”. ¿A qué apunta?

Creo que debemos tener mucho cuidado con lo que Freud llamó el narcisismo de las pequeñas diferencias. Nos hemos vuelto muy apegados a esas identidades, en circunstancias que podamos ser parte de un proyecto político unificado para hacer que el mundo sea diferente.

El racismo figura también en su libro. ¿Qué tan central ha sido para usted? ¿Cómo ha modelado su trabajo?

Fue central para mí cuando estaba creciendo. Era importante, porque mi padre era un inmigrante de la India y yo tenía ese origen. Cuando comencé a escribir, había muy pocos otros escritores de origen migrante y era un tema nuevo, y fue muy emocionante para mí comenzar a escribir sobre algo que no se había tocado.

Ahora somos mucho más conscientes de la raza. Tenemos el movimiento Black Lives Matter en el Reino Unido, la gente todavía está discutiendo sobre el racismo y se está escribiendo sobre la esclavitud, sobre el colonialismo. Son traumas que perduran. Hemos hecho algún progreso, pero todavía vivimos en una sociedad racista. Y la lucha sigue en curso. Así que estas preguntas sobre la raza y el racismo no son preguntas menores. Son preguntas sobre la naturaleza de la sociedad en la que se vive: si hay oportunidades, si hay igualdad y justicia social.

¿Ha sentido la necesidad de presentarse como escritor indobritánico o escritor británico de origen indio? ¿O le basta con escritor, a secas?

No ha sido necesario. No creo que Proust pensara en sí mismo como un escritor homosexual judío. Creo que Proust sólo pensó en sí mismo como escritor. Yo pienso en mí como escritor, y escribo desde donde estoy, desde mi interior, tal como lo hace cualquier otro escritor.

¿Se ha sentido parte de un movimiento en la literatura británica? Años atrás lo incluían en el dream team de las letras británicas, junto a gente como Martin Amis o Ian McEwan.

Me vi, más bien, como parte de un movimiento de nuevos escritores internacionales. Me siento más conectado con Salman Rushdie que, digamos, con McEwan o Martin Amis, a pesar de que los admiro como escritores. Pero Hijos de la medianoche (1980), de Rushdie, fue un libro muy importante que me conectó con el mundo. Después de leerlo empecé a leer a Günter Grass, a García Márquez, a los escritores indios. Rushdie abrió el mundo británico, muy provinciano, a nuevos escritores. Fue una época muy emocionante, a principios de los ochenta. Para mí, un punto de inflexión fue Hijos de la medianoche y el siguiente punto de inflexión, por supuesto, fue Los versos satánicos (1988). Rushdie fue el escritor que más efecto político, social y literario tuvo en mí. Luego estaban escritores como Zadie Smith. Ahora hay muchos autores de color en Estados Unidos, en la India y en el Reino Unido. Así que me sentí más apegado, digamos, a esa tradición, a una tradición internacional de escritura, a pesar de que mi escritura es particularmente británica, se podría decir. Así que ahí es donde estoy parado.

Al principio de su carrera como guionista tuvo una estrecha colaboración con el director Stephen Frears (Sammy y Rosie van a la cama) y en años más recientes pasó algo similar con Roger Michell (Venus). ¿Cómo valora estas relaciones de trabajo con los cineastas? ¿Qué tan frustrante le parece el trabajo del guionista?

Es muy frustrante. Ser guionista es un verdadero dolor de cabeza, pero también es muy divertido. Cuando escribes una película, básicamente estás escribiendo instrucciones para otras personas: estoy escribiendo instrucciones para el director y para los actores Y luego, cuando estás viendo una película, estás viendo a Daniel Day-Lewis, no me estás viendo a mí. Así que estoy creando oportunidades para que hagan su mejor trabajo. Trabajar con Stephen [Frears] cuando joven fue un verdadero placer. Ahora va a cumplir 82, sigue trabajando y está muy en forma. Desayuné con él esta mañana.

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