Rafael Sagredo, historiador: “Las ideas de Alberto Edwards sirvieron de sustento a la dictadura y persisten hasta hoy”

Rafael Sagredo, académico de la UC, Premio Nacional de Historia. 19/06/2024 RAFAEL SAGREDO, PREMIO NACIONAL DE HISTORIA MARIO TELLEZ / LA TERCERA

Académico de la UC y premio nacional de Historia, el investigador traza un perfil político e intelectual del influyente autor de La fronda aristocrática. Admirador de Portales, detractor de la democracia y ministro de la dictadura de Ibáñez, Edwards fue, ante todo, "un político que usó y abusó de la historia", dice Sagredo.


Se hacía llamar “el último pelucón” y vivía con la fuerte impresión de que “el país está perdido”. Para Alberto Edwards (1874-1932), la época de gloria de Chile fueron los gobiernos autoritarios del siglo XIX. Admirador de Diego Portales, creía que los males de la sociedad eran producto de una “desoladora e interminable anarquía” protagonizada por políticos a los que solía llamar “pobres diablos”, “macucos” o “arribistas”. Detractor de la democracia liberal, sus esperanzas estaban en la aparición providencial de un hombre fuerte que repusiera el orden. En 1912, incluso, describió el modelo:

“He aquí un hombre. Un físico robusto; una gruesa y enérgica cabeza sobre un cuerpo de toro; largos y retorcidos bigotes; pera militar; ademanes de gladiador”. Un hombre, agregó, que demuestre “desprecio por la opinión y por los obstáculos”, “prontitud para la acción en tiempos de crisis”, más apto “para la guerra que para la paz”.

Una década más tarde creyó encontrarlo en la figura de Carlos Ibáñez del Campo: Edwards se sumó activamente a la dictadura como ministro y consejero. Mientras el régimen imponía la censura, exiliaba y perseguía opositores, incluyendo al expresidente Arturo Alessandri, Edwards hablaba de “paz social” y elogiaba al gobernante militar como “un hombre imparcial, justo, enérgico, valeroso”, como anotó en un artículo en El Mercurio en 1928.

Exdiputado y senador, Edwards es reconocido como el autor de La fronda aristocrática, tal vez el ensayo histórico más influyente del siglo XX en Chile. Una lectura del pasado que releva la figura de Portales, denosta al liberalismo y encierra un homenaje a Ibáñez. Para la escuela conservadora, es “la mejor interpretación existente de nuestra historia nacional republicana”, como dijo Mario Góngora. Para Rafael Sagredo, académico de la UC y premio nacional de Historia, es una visión parcial e interesada.

“Alberto Edwards fue un hombre que tuvo la pretensión de mirar el futuro, pero que lo hizo capturado por el pasado, por obsesiones y temores que lo llevaron a transformar su visión del pretérito en el destino de Chile”, escribe en su nuevo libro, Alberto Edwards, profeta de la dictadura en Chile. En sus palabras, Edwards “se empeñó en difundir una visión de la historia que en realidad era un proyecto político, una ideología, para cuyo servicio usó y abusó de la historia, intentando así conjurar los peligros que en su opinión acechaban al país”.

En su ensayo, Sagredo analiza la actividad política de Alberto Edwards, traza el devenir de su pensamiento desde sus primeras publicaciones de 1899, marcadamente conservadoras y antibalmacedistas, hasta las de fines de los años 20, cuando elogia a Mussolini y el fascismo. Rescata textos omitidos por los estudiosos de su obra, donde se expresa contra la modernización democrática y no oculta su admiración por la monarquía.

“No soy republicano ni demócrata, teóricamente al menos, y si fuera permitido en política hablar de principios absolutos, diría que soy monarquista y aristócrata, esto es, que prefiero la unidad del poder a su dispersión, y la soberanía de los más aptos a la de los más numerosos”, afirmó en una conferencia en 1923, rescatada por Sagredo.

19/06/2024 RAFAEL SAGREDO, PREMIO NACIONAL DE HISTORIA MARIO TELLEZ / LA TERCERA

Director del Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, Sagredo se pregunta por qué los estudiosos de Edwards han omitido tanto su faceta política como este conjunto de textos. Entre ellos, el Memorándum, “con que pretendió reivindicarse luego de su participación en la dictadura de Ibáñez” y en el cual, derrotado, reconoció “el fracaso del ideal que había postulado desde fines del siglo XIX”.

Rodeado de libros en su departamento de Av. El Bosque, Sagredo recuerda que su trabajo tiene antecedentes en los ensayos que publicaron en los 70 Cristián Gazmuri, Sofía Correa, Sol Serrano y Mariana Aylwin, así como en el trabajo de Renato Cristi y Carlos Ruiz en los 90.

-En el contexto actual me parecía que ameritaba una explicación sobre Alberto Edwards y esta idea fundamental del libro de que más que un historiador, fue un político que usó y abusó de la historia -dice.

Sin embargo, después de su muerte Edwards fue consagrado como el gran historiador de Chile.

Después de la muerte de Edwards vino una omisión y una consagración empujada por sus amigos y por El Mercurio como un gran ensayista, un historiador, sin considerar que fue un político que usó la historia de una manera que hoy resulta reprochable. Porque la misma Fronda, que a algunos les parece tan lúcida, omite gran parte de la trayectoria nacional del siglo XIX. Porque él lo ve todo como decadencia y se olvida de la ampliación de la educación, de las mejoras materiales, de los avances sociales y culturales.

Sagredo apunta a la necesidad de analizar y debatir en torno a estos temas, porque “estamos en un momento en que hay una revitalización de este tipo de pensamiento, de esta idea de que el autoritarismo es lo único que nos puede salvar. Eso estimula dar a conocer de forma más completa el pensamiento de Edwards, para efectos de que cada uno saque sus propias conclusiones”.

En una reseña recién publicada en Harvard Review, el historiador Iván Jaksic afirma que la selección documental que ofrece Sagredo “muestra que los prejuicios y las elecciones políticas de Edwards eran precisamente eso, prejuicios y preferencias políticas, lejos de una historia objetiva e imparcial. Y, sin embargo, sigue teniendo seguidores devotos como historiador”.

Tocqueville dice que hay gente que ama tanto el orden que se transforma en devota de los tiranos; Edwards era de ese tipo”.

Rafael Sagredo

¿En qué medida la tendencia autoritaria de Edwards era reflejo también de la época del ascenso de los fascismos?

Lo que piensa Edwards está presente en otros intelectuales, en ese sentido, está presente en la época. Pero en su caso no solo responde a la década del 20, sino que viene desde 1899, por lo menos. O sea, mucho antes. En un siglo, como el XIX, que fue un siglo de democratización, de expansión nacional, que incluye las leyes laicas, la ampliación de la educación, Edwards está contra el avance de la historia. Por eso incluyo una genealogía del pensamiento conservador anterior, porque Edwards lo recibió de gente como Ramón Sotomayor y Abdón Cifuentes, que fue su maestro. O sea, hay un trauma original de la élite, del grupo que organizó finalmente Chile, que sería provocado por la Independencia, por lo que ellos llaman anarquía, por el liberalismo que ponía en duda todos sus privilegios y su concepción del mundo. Y de ahí esta exaltación del orden, de la autoridad, del control, de la jerarquía. Y todo eso tiene como culminación el mismo Edwards que dice, bueno, esto se logra con el gobierno de un hombre fuerte, autoritario.

¿Qué influencia ha tenido esa visión?

En Chile eso está arraigado hasta el día de hoy, o sea, frente a la inestabilidad, frente al estallido social, a lo que se supone anarquía, la solución primera parece para muchos, tal vez demasiados, el autoritarismo, la represión. Es parte de nuestra realidad, entre otras razones porque algunos lo creen así, y otros porque se convencieron de que es la única fórmula, porque hay gente que promueve esas soluciones.

¿Las posturas de Edwards son reacción también a la inestabilidad del régimen parlamentario?

Una cosa es la rotativa ministerial, pero el periodo parlamentario es reconocido por la estabilidad institucional, o sea, por la sucesión ordenada de los gobiernos. Julio Heise y Domingo Amunátegui le reconocen aspectos positivos a ese período tan denostado por Edwards.

Pero había problemas de gobernabilidad...

Sí, es cierto que la autoridad presidencial estaba diluida, había problemas de liderazgo. Aun así tuvo cosas positivas que han sido valoradas por la historiografía. Pero Edwards lo mira todo de manera negativa. Edwards ve la historia, todo lo que está ocurriendo, como una tragedia. O sea, el futuro que él proponía estaba en el pasado. Un aparente Chile perfecto que sería el de los regímenes autoritarios, pero que tuvo revoluciones, una guerra civil y motines por aquí y por allá.

La intención política que se advierte en los textos que incluye en el libro, ¿está presente también en La fronda?

Desde los textos más tempranos uno puede leer que recurre a la historia para hacer política. Y eso tiene su consagración en los textos que escribió en la década del 20, entre los cuales está La fronda. Hacia el final del libro dice que Chile estaba mal hasta que providencialmente apareció Ibáñez. Es un homenaje al dictador. Una visión sesgada.

En su primera edición, La fronda llevaba un retrato de Ibáñez, pero después desaparece...

La fronda se publicó el año 27 con una foto del monumento a Portales en la portada. En la segunda página tenía un retrato oficial de Ibáñez. Y en las ediciones posteriores desaparece. Entonces, uno se pregunta, ¿por qué lo omitieron? Porque todos sabemos lo que significa eso, ¿no?, el homenaje a un dictador. Ese es el tipo de cosas que yo creo que hay que dar a conocer. La obra tiene un contexto: la defensa del autoritarismo. Y no en abstracto, con Ibáñez operando. Y en los últimos días, además, Edwards se presenta en el Memorándum como un hombre conciliador, cuando hay testimonios que dicen que quería reprimir y que eso habría terminado en una tragedia. Entonces no se puede hablar de Edwards como el gran autor sin mirarlo críticamente.

El retrato de Carlos Ibáñez del Campo en la primera edición de La fronda aristocrática.

Hugo Herrera en su libro Pensadores peligrosos dice que Edwards fue ibañista, pero distante de la autoridad dictatorial.

Edwards fue un partícipe activo de la dictadura. En esa misma época hubo gente que se opuso a Ibáñez y fue perseguida; quiero decir que no era algo inevitable sumarse al régimen. Tocqueville dice que hay gente que ama tanto el orden, que se transforma en devota de los tiranos; Edwards era de ese tipo. Y ni qué decir del final dramático. Cuando uno lee el Memorándum de Edwards, ve cómo el supuesto hombre fuerte, de una sola línea, ya no tenía poder de liderazgo; Edwards describe a Ibáñez perdido, irresoluto. O sea, el régimen autoritario que tanto idealizó terminó de una manera trágica, con una decepción terrible para él, pero parece que nadie toma en cuenta eso en Chile.

¿Qué huellas ha dejado su pensamiento en nuestra historia?

Mucha, toda esta idea de que la política es negativa, la politiquería, él habla así. Esas palabras lo llevan a uno a la época de la dictadura y se reconocen también en el rechazo a la política de algunos personeros actuales, como si ellos no fueran políticos. El rechazo a la democratización, esta desconfianza del pueblo como soberano; la idea de que el orden hay que mantenerlo a todo trance, aun a costa de la libertad; que la ideología es foránea. Ese tipo de pensamiento autoritario estuvo también tras el Golpe. O sea, sectores de la derecha golpista citaban a Edwards y su concepción de la historia, esta idea de que frente a las crisis la única salida es el hombre fuerte sirvieron de sustento a la dictadura y persisten hasta hoy.

¿En ese sentido, los historiadores de derecha tendrían responsabilidad en el deterioro de la democracia?

Yo no voy a decir jamás que la dictadura y el golpe militar fueron culpa de los historiadores, eso sería una estupidez. Pero sí creo que cuando analicemos el Golpe, tenemos que analizar también qué responsabilidad tuvo la historiografía que producían en Chile determinados sectores a lo largo del siglo XX. Yo sostengo que la historiografía de Edwards, de Francisco Antonio Encina y Jaime Eyzaguirre, como también la historiografía militante de Julio César Jobet y Ramírez Necochea, socavaban la democracia, tanto porque la criticaban acerbamente desde la izquierda, como desde la derecha señalaban que era la causa absoluta de todos los males de Chile. El historiador Georg Iggers, una autoridad mundial, en uno de los capítulos de su libro La historiografía del siglo XX, analiza lo ocurrido durante el régimen nazi y se pregunta en qué medida la historiografía alemana pudo haber sido responsable de los horrores vividos durante el siglo XX. O sea, esta es una pregunta legítima, que es necesario hacerse, sobre todo si hay evidencia. Yo pienso que la historiografía de estas personalidades no contribuyó precisamente al fortalecimiento de la democracia. Todo lo contrario.

¿En qué medida su propia lectura de Edwards puede estar condicionada también por nuestra época?

Yo pienso que la historia no es un fin en sí mismo, o sea, no se trata de saber historia por saber historia. La historia es para formar el pensamiento crítico, sirve para formar a la ciudadanía libre e independiente. Y, por supuesto, hay que hacer una historia basada en las fuentes, con el método, etc. ¿Esto significa que el historiador o historiadora está ajeno a su tiempo? No, toda historiografía está condicionada por el tiempo presente del historiador. Lo escribo en el libro: las cuestiones contemporáneas estimularon mi investigación, si bien espero no determinaron mis resultados. Por cierto, yo vivo en esta sociedad, preocupado por la crisis de la democracia, por las amenazas, el populismo, la desafección, y frente a eso respondo con historiografía, con Historias para la ciudadanía, con el libro 8 de agosto de 1828, y ahora con este. Y mis libros están sustentados en la evidencia, en la comprensión y el análisis.

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