Tercera PM
Presenta:
Vicente Undurraga

Vicente Undurraga

Editor y crítico literario.

La Tercera PM

Glosario nacional de viejos

Foto referencial.

Eso que eufemísticamente se llama la tercera edad, debieran ser en verdad años dorados. Ha cundido una cultura de implícito menosprecio o desprecio de la vejez. “Abuelitos”, les dicen los animadores de matinal. Debieran vengarse los viejos, apropiarse de esas pantallas y hacer de la mañana un nuevo oráculo de Delfos.


En este país-muleta la esperanza de vida se ha disparado. Una nota en “Tendencias” de este diario celebraba la vigencia profesional de catorce admirables mayores de 80: “Viejos choros”, les llamaba. Sin duda, Chile no se explica sin ellos. Pero tampoco –digámoslo– sin sus viejos de mierda. Y no me refiero sólo a los obvios, que van desde el grueso del senilismo agrupado en Punta Peuco y uno que otro club de oficiales impunes, hasta unos 3/4 de la jerarquía católica, pasando por tantos dirigentes concertacionistas que se achancharon, amén del 69% de la derecha, sin contar los innumerables casos particulares –tíos, inspectoras– que cada uno conoce.

No. Me refiero, con la expresión viejo de mierda –por cuyo reiterado uso pido disculpas al vejestorio más sensible–, a ese tipo de persona cuyo afán vital consiste en joder al otro, en trancar, moralizar, estrechar y chaquetear. Para eso no hay edad. Todos tenemos un potencial viejo o vieja de mierda dentro. No darle rienda suelta, llevarlo bien agarrado es un trabajo de no acabar, físico y mental. De primera necesidad. Sobre todo en el nuevo Chile.

Redolés tiene un famoso y otrora polémico poema, “No importa”, donde dice que “hay viejos culiaos que no creen en la liberación de la mujer”. El año pasado, tras sobrevivir a un ACV, le preguntaron en la tele por ese poema: “El viejo culiao, más que un señor de edad que ha sido fornicado, es una categoría ética. Eso a veces no se entiende”, dijo, y elogió la jovialidad de Hernán Loyola y Nicanor Parra para luego ofrecer un ilustrativo contraste: “Te encontrái de repente con un obtuso anarquista de 18 que es un viejo culiao”.

Visto así, estamos rodeados de viejos terribles. Acotado el término al grupo etario sobre 80, también. Nunca falta el viejo leso, cuyo entendimiento ha decaído mucho antes que sus extremidades, o el viejo severo, cuya vocación, diría Emily Brontë, es estar siempre “allí donde haya mucha maldad que reprochar”. O el típico viejo anclado a lo que Jean Améry llamaba “una postura de excesiva obstinación retrógrada”, que por inercia se espanta ante lo nuevo en vez de intentar abrirse y separar la paja del trigo. Porque tampoco es que un viejo sea automáticamente choro por valorar todo lo nuevo: tan latero como el viejo retrógrado puede ser el viejo alolado, ese que arranca de su edad e intenta ponerse a la altura de las generaciones jóvenes no dialogando con ellas sino imitándolas.
Endiosándolas. Celebrándoles todo. Algo ahí no cuela, como esa rana de Nashville que se comió una luciérnaga y se volvió luminosa.

Urge un Glosario Nacional de Viejos. Hay desde diabólicos, como Karadima y esos, hasta muchos maravillosos (como Julia Toro o Mariano Puga), inteligentes, sensatos, generosos sin pretenderse maestros, que portan no cosmética sino genuinamente cierta sapiencia, ese sentido y sensibilidad que dan años de rodaje y reflexión, y una creciente intuición de la muerte. Entre medio flotan el viejo mañoso –energúmeno al que le molesta hasta su propia respiración–, el viejo pegado, el viejo caliente, el viejo cabrón –que no devuelve la pelota cuando cae en su patio– y, también, el viejo lindo, el gozador, el que va noblemente con su precariedad a cuestas, el anacoreta, el anciano ido.

Se ha escrito mucho sobre el envejecer. Destaco un libro de Jean Améry cuyo título ya define posiciones: Revuelta y resignación. Aceptar y rebelarse contra el marchitarse: en el equilibro imposible entre esas dos actitudes podría encontrarse la manera más feliz y digna de vivir los descuentos. Pensando en quienes así vivan, en los viejos choros, digamos, pero sin discriminar a los otros, Chile debiera hacerse un chequeo general, partiendo por examinar con catéter su sistema de pensiones.

Eso que eufemísticamente se llama la tercera edad, debieran ser en verdad años dorados. Ha cundido una cultura de implícito menosprecio o desprecio de la vejez. “Abuelitos”, les dicen los animadores de matinal. Debieran vengarse los viejos, apropiarse de esas pantallas y hacer de la mañana un nuevo oráculo de Delfos.

 

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