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Puntito, el nieto de Ana González de Recabarren, demanda al Estado por su secuestro:“Soy un sobreviviente del horror”

Autor: Ivonne Toro

Luis Emilio Recabarren viajó desde Suecia a Chile por diez días para despedir a su abuela, Ana González, la histórica dirigente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, fallecida en octubre del año pasado. Visitó Villa Grimaldi y compartió con sus primos anécdotas y dolores. Inició, además, los trámites para interponer una demanda contra el Estado como víctima de secuestro.


El juego es simple: el que arrastra más dolores, gana.

Reunidos la tarde del 15 de enero en Macul, en la casa de Lorena Díaz Ramírez (44) -hija de Lenin Díaz Silva, una de las víctimas de la dictadura-, cinco nietos de Manuel Recabarren Rojas (50) y Ana González González (93), la histórica dirigente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos fallecida hace unos meses, desentrañan sus pérdidas.

Luis Emilio Recabarren Mena (45), el “Puntito”, de paso en Chile tras 16 años de ausencia, toma la delantera: su madre embarazada, Nalvia (20); su padre, Luis Emilio (24) y su tío Manuel (22), fueron capturados por la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina) el 29 de abril de 1976. Y su abuelo Manuel fue tomado preso al día siguiente. Aún se desconoce el paradero de todos ellos.

“Puntito” también fue secuestrado por la Dina y abandonado de madrugada en una calle en el sector de Santa Rosa con Sebastopol. Unos vecinos que reconocieron al pequeño de dos años y medio, llorando sólo entre desconocidos, lo trasladaron a la casa de Ana y Manuel en San Joaquín. Su tata, entonces dirigente del Partido Comunista, intentó averiguar qué había pasado y nunca regresó.

Luis Emilio estuvo mudo por unos meses y quebrado por años. En esa infancia rota, recuerda, la abogada de Carmen Hertz –esposa de Carlos Berger, asesinado por la Caravana de la Muerte en 1973 en Atacama-, lo visitaba para intentar, de alguna forma, decirle que había algo más allá del horror y que algún día habría algo similar a la justicia. Hoy la diputada del PC, que fue muy cercana a Ana, será testigo de la demanda contra el Estado que Puntito entablará por haber sido prisionero del régimen militar.

-Es un deber, antes no he tenido la fuerza para hacerlo. Las abuelas siempre llevaban la batuta y ahora se nos están muriendo. Tenemos que seguir esta lucha- explica Luis Emilio, quien a los 11 años partió al exilio en Suecia junto a su familia materna.

La acción judicial busca establecer responsabilidades, pero sobre todo, plantea, mantener viva la memoria.

La competencia sobre quién en el grupo perdió más durante la dictadura tiene un vencedor. Andrea (43), que aún busca conocer qué pasó con su padre Manuel, el tío de Puntito; José Recabarren (30), hijo de Ricardo, que partió al exilio cuando él aún no nacía; Rodrigo Gatica Recabarren, hijo de Ana María, que murió de cáncer; y Lorena, la nieta no sanguínea de Ana González, coinciden en que el ganador es Puntito.

-Este es el más huacho de todos, definitivamente-, exclama Lorena y le adjudica a entre carcajadas, un premio inexistente.

-Que desaparezca mi papá si es mentira-, agrega Andrea.

La risa como barrera para la pena, es, cuentan, una herencia de su abuela, la de uñas pintadas de rojo y lucha incansable. La Anita, no olvidan, en medio del desamparo exclamaba con voz ronca y firme: “¿Ya lloraste? Ahora sécate los mocos que hay que seguir luchando”.

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Pasa sus dedos por el nombre esculpido en bronce de su madre:

-Nalvia Rosa Mena Alvarado-, lee Luis Emilio.

-Y allí está mi papá-, agrega, frente a otras letras escritas en una pared azul dond se suman muertes.

En rigor, en el memorial del centro de detención, tortura y exterminio de Villa Grimaldi sólo figuran signos que evocan a quienes estuvieron de paso y que luego fueron asesinados. Entre 1973 y 1978, cuando en el sitio operó el Cuartel Terranova, cerca de 4.500 personas, incluidos niños, sufrieron torturas en el recinto: 241 fueron ejecutados políticos. Otros, como la ex Presidenta Michelle Bachelet y su madre Ángela Jeria, lograron sobrevivir.

Puntito quiso visitar el lugar, un sitio donde  ese “allí está mi papá” suena a una especie de promesa que choca contra las preguntas que por décadas lo han atormentado: dónde están, cómo los mataron, quiénes los hicieron desaparecer. El por qué es una certeza para “Puntito”: “no los veían como personas, los miraban como enemigos. Ese es el fascismo repugnante que se apoderó de este país”.

Luis Emilio recorre con cautela las grietas de su historia y vuelve a ser, con más de 40 años, un niño solitario esperando saber qué pasó. Cuenta que hace un tiempo, en medio de una dura crisis personal, acudió a un terapeuta especializado en atender a víctimas de la guerra. Quería, dice, entender la profundidad de una tristeza con la que había aprendido a lidiar, pero que en algún momento lo arrastró por completo.

-El no saber qué ha pasado con mi mamá me ha perseguido. He tratado de leer todo lo que hay, todos los testimonios de víctimas, de torturadores, para saber qué le hicieron. Qué le hizo a mi mamá, que estaba embarazada, no alguien loco, sino una persona cuerda, que hacía su vida, que torturaba y volvía a su casa.

Tras varias sesiones, logró dar con un recuerdo que pudo plasmar en un dibujo.

-Lo que vi fue la memoria de la celda. Sé que nos capturaron bajando de una micro, en Santa Rosa. Tengo una imagen donde mi mamá me está hablando como un ángel. Siento calma. Veo un cuerpo tirando en el suelo y otra persona que está sujetando una puerta. No sé cuál de ellos es mi papá. Hice un cuadro con eso. Son sus últimas horas de vida- asegura.

Puntito ha regresado a Chile con la convicción de que debe hacer algo para que esa imagen no sea olvidada.

-Soy un sobreviviente del horror-, remarca, y se concentra luego en las razones para seguir: la gente a la que ama en Chile, su esposa y sus hijos en Suecia.

-Lo único que nos puede rescatar es el amor, porque no nos ganaron. Podemos reírnos, podemos salir adelante, podemos forjar nuestras familias.

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Se llamaban a sí mismos “Los huerfanitos vengadores”. Eran una especie de superhéroes y a la vez un grupo de jóvenes unidos por la búsqueda sin tregua de sus padres. En los rincones de la Vicaría de la Solidaridad, primero, siendo niños; después, ya en democracia, en marchas y juicios, se reconocían como pares y jugaban a reírse de sí mismos. Mientras sus abuelas habían escudriñado en los ’70 y ’80 en la morgue, en el río, en los cerros; ellos habían rasguñado la tierra, armando castillos sin princesas ni caballeros heroicos.

No los prepararon, cuenta Andrea, para ser salvados, sino para ser “guerreros y guerreras”, como “las viejas”, como Ana González González, muerta el 26 de octubre de 2018 sin haber conseguido la verdad y justicia que tanto buscó:

– Yo no sé dónde sacaba su fuerza la Anita, fuerza que nos transmitió sobre todo a sus nietas. Aquí no existían princesitas. No cabía la victimización, nosotros teníamos que seguir la búsqueda de nuestros desaparecidos dignamente. Mi abuela no muere para descansar, no muere para reencontrarse en la divinidad con sus seres queridos. Mi abuela muere en la impunidad, muchas viejas de la agrupación han muerto a igual. Su muerte no finaliza una lucha: siempre hemos tenido justicia en la medida de lo posible, y nosotros no necesitamos eso, no me sirve. Lo que buscamos es justicia plena- consigna Andrea.

Lorena interviene y afirma, con orgullo, que su abuela fue “autodidacta, no fue a la universidad y sin embargo pudo dar cátedra de dignidad, de valentía, de consecuencia. Y por eso mucha gente que no es cercana a nosotros fue capaz de verbalizar la gran mujer que fue Ana González de Recabarren”.

La reflexión sobre el legado de Ana la realizan sus nietos mientras planifican la despedida de Puntito. Luis Emilio debe regresar a Suecia. Ha pasado diez días en Chile, durmiendo en la casa de su abuela en San Joaquín. El portón principal, aquel que cerró Ana con candado en 1976 para evitar la ansiedad de sentir que sus familiares regresaban cada vez que la estructura crujía, sigue igual, clausurado; Ana ya no está ahí, pero renace en los recuerdos.

José relata una anécdota. Hace tres años, cuando llegó a vivir a Chile desde Canadá, Ana lo recibió en su casa. Él se matriculó en la Academia de Humanismo Cristiano para estudiar Derecho y participó en una charla acerca de las movilizaciones estudiantiles: “Me emocioné y le llegué a contar ‘abuela, parece que yo soy del Mir’. Me dijo, ‘todo bien, todo bien, pero ándate de la casa’”.

– Estaba descubriendo a mi abuela. Sentía su sabiduría en sus historias. Siempre me decía: “Pepe, hay que nadar por la mierda y salir limpiecito”. Ver a alguien con una inteligencia emocional tan potente, me marcó la vida. Es un orgullo, quiero llegar a ser como ella. Eso voy a echar de menos. Esa roca. Tan potente-, comenta Pepe.

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Las cenizas de Ana González permanecen a la espera de que la familia decida dónde serán esparcidas. Una disputa de larga data con Patricia, la hija de Ana que la cuidó los últimos dos años, ha hecho que, otra vez, se enfrenten a un duelo sin tumba.

Rodrigo detalla que el quiebre familiar significó que “se nos fueron cerrando las puertas de su casa y no fuimos valientes para dar vuelta esa situación. Eso me lo voy a cuestionar hasta el último día de mi vida”.

-Tenemos que convencer a todas las personas que la han querido, porque también la han querido, que nosotros tenemos que tomar esa decisión. Si estuviera ella, mandaría hasta su funeral. Le gustaba dirigir todo, se sentaba en un sillón de mimbre, de Julio Iglesias y dirigía todo. Hasta equivocada, la Anita tenía la razón.

Puntito mira a sus primos y afirma que ya habrá una salida, que llegarán a entenderse.

-Hay un compás que llevamos en nuestro ADN de amor, solidaridad, de una sociedad más justa, que nos va a hacer coincidir. No podemos dejar que otra gente decida.

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Un botón de nácar incrustado en rieles de trenes, un armazón recuperado del océano, el espanto de las personas lanzadas al mar, amarrados a fierros para que sus cuerpos no emergieran. La información del cadáver de la profesora Marta Ugarte en playa La Ballena, en 1976, desafiando la orden de no dejar huellas: su piel quemada, sus huesos rotos, los alambres colgando de su cuello.

Luis Emilio ingresa a la sala de Villa Grimaldi donde exponen los vestigios del crimen de Marta y repite que quiere saber qué pasó, que necesita conocer los detalles que ignora, que no le bastan las explicaciones genéricas.

-En la Mesa de Diálogo dijeron que a mi padre lo habían arrojado al mar. Yo leí que los abrían y los tiraban vivos. Fue muy fuerte. No sabíamos si era una manipulación de la verdad, para otra vez herirnos, para romper más a mi abuela. Era tan macabro todo. Mi tía (Ana María) no lo soportó, falleció al poco tiempo. De mi mamá aún no sé, no sé. Ni de mi tío ni de mi abuelo. Tengo más de 40 años y aún no sé.

-¿Qué buscas encontrar? ¿Por qué estás en Chile?

– Que no se dé vuelta la página. He recibido miles de cartas, algunas de perdón. ‘Perdón Puntito, por no haber hecho más’. Yo quiero muy poco: quiero saber, quiero verdad, quiero justicia.

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