Columna de Iván Poduje: Desenterrando la ciudad de los 30 años

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Iglesia de la Asunción, ubicada en Avenida Vicuña Mackenna tras ser incendiada durante las manifestaciones en conmemoración del Estallido Social del 18 de octubre, Santiago.



Por Iván Poduje, arquitecto

En este espacio he escrito varias veces sobre la destrucción que afectó a nuestras ciudades en octubre de 2019, y hace poco comenté que aún quedan heridas abiertas en los centros y barrios modestos de Santiago, Valparaíso o Antofagasta. Las ruinas de los edificios vacíos, las iglesias calcinadas o las bibliotecas tapiadas nos recuerdan hasta hoy la enorme grieta que se abrió hace dos años y que tantos usaron como epifanía para refundar un país que todavía no llega.

La ciudad fue protagonista de esta historia dolorosa. Fue el escenario donde se libraron las luchas más duras y emblemáticas del Chile que habría estallado, no por los 30 pesos del Metro, sino que por 30 años de abusos y miserias. El odio con ese pasado fue tan intenso, que se utilizó para relativizar la quema de bibliotecas o templos. Dijeron que eran “cosas materiales”, como si la dimensión física del barrio pudiera separarse de la memoria, y se minimizó la barbarie por las esperanzas puestas en el nuevo modelo. “Era necesario”, nos decían desde la comodidad de una comuna sin saqueos ni destrozos. Para la elite octubrista la violencia fue un asunto lamentable, pero necesario para iniciar un nuevo ciclo virtuoso que, se supone, se abrirá con la Constituyente. Además, es una oportunidad para reencontrar a los hijos rebeldes con sus padres regalones, al alero de un buen vino francés en alguna casa de Tunquén o La Reina Alta.

Pero todo cambió en dos semanas. No fueron los trajes o el nuevo peinado lo que necesitó Gabriel para avanzar hasta el punto que lo tiene a un paso de concretar su anhelo más soñado, rodeado por una corte de aduladores que antes trató de lobistas o vendidos. La renuncia de Boric fue más fuerte y simbólica: tuvo que esconder a sus príncipes y desenterrar a los muertos. La revolución de Atria quedó sepultada por las carreteras concesionadas de Lagos. Ahora las viviendas sociales de Aylwin ya no son una rendición al mercado y las sanitarias de Frei no constituyen el emblema del lucro, si permiten atraer el voto moderado. El paradigma urbano cambió de la Ñuñoa republicana a La Florida del mall, si eso permite cruzarse la banda y abrir las anchas Alamedas, en una SUV china del año, en vez de una caravana de bicis ruidosas y revolucionarias.

Que gran paradoja que esta ciudad denostada de los “30 pesos-30 años” haya tenido que ser desenterrada, para esconder los escombros del estallido. Pero si lo pensamos bien no es algo descabellado. Después de todo, es un enorme logro tener la cifra más baja de campamentos de la región o índices de cobertura de agua potable y alcantarillado equivalentes a países más ricos y desarrollados. En estos 30 años, levantamos decenas de parques sobre cloacas o basureros, además de teatros, museos o centros comunales que llevaron cultura, deporte y esperanza a los viejos bolsones de pobreza. Y ciertamente no es propio de un Estado neoliberal haber levantado una potente red de recintos de salud primaria que permitió que Chile lidere el control de la pandemia, en vez de la utopía de la hibernación y las burbujas territoriales que nos intentó vender el Colegio Médico en su fase más militante.

Al desenterrar la ciudad de la modernización capitalista de Carlos Peña, debiera bajar la nube de opio que ha tapado los verdaderos desafíos que tenemos en materia urbana. No es la búsqueda del relato perdido que desvela a la derecha social, o esa red de inmobiliarias, farmacias y ferreterías populares con que sueña la izquierda Latam. Es algo tan antiguo y vigente como concretar el sueño de la casa propia para medio millón de familias que esperan hacinadas o pagando arriendos abusivos. Es devolverle la calle a los niños, recuperar la seguridad en los barrios, erradicar los malditos sitios eriazos y llenar de verde las ciudades del norte con agua de mar tratada.

La moraleja de este relato urbano, es que las inercias en las ciudades son pesadas. Los barrios toman décadas en consolidarse, gracias al esfuerzo de generaciones completas para derrotar pestes, terremotos o desastres. Sus restos yacen en esas cosas materiales que algunos quisieron borrar a punta de botellazos. Por eso, la ciudad de los 30 pesos-30 años logró sobreponerse a las ruinas de Octubre y por esta misma razón los viudos del estallido debieron desesenterrarla y ahora no podrán refundarla en 48 meses si cambian de opinión luego de ganar, o se enrabian en caso de perder.

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