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14 de febrero: El amor en perspectiva histórica

"La aparente pérdida de romanticismo no necesariamente implica un empobrecimiento de los vínculos o una crisis de lo permanente, sino una mirada crítica sobre los límites y posibilidades del amor. Lo excepcional ha sido el ideal romántico que prometió que el amor bastaría", dice María Gabriela Huidobro, historiadora y académica de la Universidad Andrés Bello.

Hace casi 200 años, Mercedes Fuentes, oriunda de Talca, presentó una demanda contra Pantaleón Azócar, a quien acusó de abandonarla luego de seducirla, raptarla y prometerle matrimonio. Mercedes exigía que cumpliera su palabra y se casara con ella. Pantaleón fue encarcelado y aunque le ofrecieron conmutar la pena por el matrimonio, optó por quedarse en prisión.

¿Qué motivos tenía Mercedes para insistir en casarse con quien no la quería? Hace más de dos siglos, muchos: lo normal es que la razón para casarse no se relacionara con el amor o el afecto, sino con la necesidad económica o la defensa del honor.

Este y otros casos similares del pasado nos recuerdan que las ideas en torno al matrimonio y las relaciones de pareja han sufrido múltiples transformaciones a lo largo de la historia, por más que, para cada 14 de febrero, San Valentín se esfuerce en sugerirnos que es posible celebrar una idea universal y atemporal del amor.

Como todas las experiencias y conceptos humanos, amor, romance y matrimonio son constructos culturales que mutan con el tiempo. Los datos recientes en Chile son elocuentes. El número de matrimonios celebrados ha disminuido en las últimas décadas y el 59% de ellos termina hoy en divorcio, mientras que los acuerdos de unión civil (AUC), en cambio, han experimentado un aumento significativo.

Estas tendencias revelan una transformación cultural sobre cómo pensamos el compromiso, la pareja y su institucionalidad.

Mientras cada vez menos gente opta por la promesa sacramentada de un vínculo para toda la vida, más personas escogen una alternativa pragmática que organice su vida de otro modo. ¿Nos estamos volviendo más individualistas o materialistas? ¿Estamos frente a una sociedad en crisis, menos romántica y más realista?


Responder estas preguntas exige salir del presente y recordar que, durante gran parte de la historia, el amor no fue fundamento ni requisito para el matrimonio y que la época cuando los casados vivieron todos felices para siempre nunca existió. Por siglos, la gente se casó para asegurar alianzas familiares, estabilidad económica, continuidad patrimonial o legitimidad social. El afecto podía surgir, pero era secundario, no imperativo, y la permanencia del vínculo no dependía de la satisfacción emocional, sino de la necesidad de una comunidad, de la presión social o de convicciones religiosas trascendentes al sentimiento amoroso.

Esta lógica cambió recién en el siglo XIX, cuando el romanticismo instaló la idea de que el matrimonio debía fundarse en el amor y la afinidad emocional. Sin embargo, también elevó las expectativas, asociando amor y matrimonio en una promesa o ilusión garantizada de felicidad.

Lo que ocurre hoy en Chile podría leerse entonces no como anomalía, sino como una vuelta histórica. La aparente pérdida de romanticismo no necesariamente implica un empobrecimiento de los vínculos o una crisis de lo permanente, sino una mirada crítica sobre los límites y posibilidades del amor, que se sopesan con otras variables como las condiciones económicas, la incertidumbre laboral, los roles de género o la vocación de autonomía.

Desde una perspectiva histórica, este giro no es tan novedoso. Lo excepcional ha sido el ideal romántico que prometió que el amor bastaría. De todos modos, esto no implica una negación del amor, que siempre ha existido para dar sentido a nuestras vidas, aunque no de forma simple o vinculada a la garantía de la felicidad permanente. Justamente, cuando se revela complejo, inestable, difícil, es cuando mayor valor adquiere y cuando más exige de nuestra parte para vivirlo en propiedad.

Lo positivo de esto es que, más allá de sus formas o institucionalidad, el amor nunca ha estado al margen de la historia. Por el contrario, como decisión consciente y libre, ha sido siempre una de sus expresiones más humanas y reveladoras, así como uno de los agentes más determinantes de los procesos y hechos que han movido por siglos a nuestra sociedad. Y hoy, como todos los días, podemos seguir celebrándolo.

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