Editorial

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Sábado 27 de abril de 2019, edición N°833




Cien años desde que la Bauhaus irrumpió y nos abrió los ojos, obligando al mundo a replantearse la manera de vivir y relacionarse. Su historia se ha contado mil veces y este año son muchos los que, al igual que nosotros, están aprovechando el aniversario para volver a analizar y entender su legado. Creo que su gran huella fue, más que obras concretas, la experimentación y cuestionar todo, para entender mejor los procesos y desde ahí proponer soluciones frescas e innovadoras.

Fueron rompedores desde sus inicios, debiendo sus cursos llenarse con mujeres y hombres en iguales números; volvieron a mirar el cuerpo humano y lo confinaron con vestuario, entendiendo cómo se mueve, o no debe moverse; el ballet "Tríadico", de Oskar Schlemmer, es su mejor ejemplo, rupturista incluso hoy. Pero también lo midieron de manera que todo lo diseñado para el cuerpo fuera armónico y en proporción; las muchas posturas que uno adopta en una silla están recogidas en el "Neufert", un libro de consulta hasta el día de hoy. Reconocieron que la luz, el sol y la ventilación son calidad de vida, y que por muy modesta que sea una casa siempre debe recibir estos beneficios, y que una persona para hacer de manera cómoda una cama o cocinar necesita un mínimo de centímetros o no funciona, algo que hoy no se ve cuando se recorren viviendas económicas.

Cada tema que investigamos para este número generó una cantidad de información abismante, de anécdotas, de otras historias paralelas igual de ricas; porque la política, el diseño, los cuestionamientos sociales, la calidad de vida, la planificación urbana o la investigación de materiales... todo estaba en efervescencia y cambió en paralelo con el desarrollo de la Bauhaus: dos guerras grabaron un antes y después en el mundo, y la Bauhaus fue la flecha que nos introdujo en la modernidad.

La Villa Tugendhat refleja esto y más: sus dueños querían vivir de manera moderna en todos los aspectos posibles, muros despojados de arte, ventanas que desaparecen para conectar con el paisaje, espacios sin límites definidos; calidad de vida por donde se mirara, pero truncada por la guerra y solo recuperada a sus orígenes hace pocos años.

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