Por Andrés GómezAlia Trabucco: “Si revisamos la historia del feminismo, siempre ha habido momentos regresivos después de grandes avances”
La premiada autora de Limpia publica Las otras, un nuevo libro de ensayos donde interroga a las palabras para comprender un presente convulsionado por la violencia. En una quincena de ensayos la escritora chilena aborda el genocidio palestino, el feminismo, las batallas del lenguaje y el auge de la ultraderecha. "Nombrar es un acto político", dice.
Cuando escribía las últimas líneas de su nuevo libro, Alia Trabucco vio cómo el mundo comenzaba a arder. La guerra destruía Palestina, la tierra de sus ancestros. Su hija comenzaba a decir las primeras palabras y ella se preguntaba cómo se le explica la muerte a una niña. Y mientras escribía y corregía, leía las noticias con angustia y una inquietud la rondaba. Entonces, leyendo a la poeta Mary Oliver encontró esta frase: “Antes de nada: el mundo. Después, la literatura”.
De algún modo, esa convicción atraviesa las páginas de Las otras, su nuevo libro de ensayos. La autora de La resta y Limpia, novelas elogiadas y distinguidas internacionalmente, reúne en su nueva publicación una quincena de textos donde mira de frente al presente y sus “espinas”.
“Escritora de ojos abiertos”, como se definió al recibir el premio Ana Seghers en Alemania, Alia Trabucco reflexionó en torno al género y la violencia en Las homicidas, conjunto de no ficción que recibió el premio de la Academia Británica. Y abordó las tensiones de clase en Limpia, ganadora del Premio Fémina a la mejor novela extranjera en Francia. Ahora, en Las otras aborda algunos de los temas más controversiales de nuestro tiempo, desde los desafíos del feminismo, las disputas del lenguaje, el genocidio palestino, lo queer, la memoria y el auge de la ultraderecha.
A través de una prosa sobria y cuidada, la autora hila preguntas con inteligencia, imaginación y sensibilidad. A partir de la experiencia propia y un amplio repertorio de lecturas, interpela al lector: se interroga, duda, rodea argumentos y elude respuestas fáciles. Ya sea en la forma de textos fragmentarios o más convencionales, Alia Trabucco despliega una escritura depurada y elegante, inquisitiva, tensa y al mismo tiempo sensible. En estas páginas hay reflexión, a veces indignación y también emoción: en sus líneas vibra un sentido de urgencia, expresado con un estilo donde confluyen la fuerza y la delicadeza.
“Son ensayos de un tiempo doloroso y feliz, desgarrador e inolvidable”, escribe.
El lenguaje es uno de los temas centrales del libro. Se pregunta, por ejemplo, cómo nombrar lo trans. ¿Es necesario un lenguaje nuevo?
El lenguaje está en permanente transformación, no solo en relación a cómo nombrar la identidad o la sexualidad, sino el fascismo, el genocidio en Palestina o la catástrofe climática. Uno de los ejes de este libro, y una de mis obsesiones, es la pregunta por la potencia o impotencia de las palabras, la importancia de nombrar o dejar de hacerlo, y cuánto de la política contemporánea se está disputando en el plano discursivo. ¿Por qué Trump publicó un decreto con decenas de palabras declaradas prohibidas en las instituciones públicas? Hablo de palabras como transexualidad, sí, pero también aborto, clima, racismo, machismo, género, incluso mujeres. ¿Qué pretende borrar al prohibir esos términos? Nombrar es un acto político, siempre. Y puede ser incluso una forma de resistencia, de hacer comunidad en tiempos tan violentos como estos.
¿No le causa extrañeza el uso de la “e” en el lenguaje inclusivo? ¿No le parece una disonancia?
Llevamos la norma lingüística inscrita en el cuerpo y por eso, como dice el lingüista José del Valle, nos “suena mal” esa letra “e”. Y no es raro que eso ocurra. También sonaba mal la palabra “abogada” hace no tantas décadas porque la costumbre, entonces, era decir “abogado” incluso cuando se trataba de una mujer. Esas “disonancias” o tropiezos reflejan disputas y transformaciones que generan incomodidad. Lo preocupante es que esa incomodidad ante una vocal produzca en ciertos sectores una reacción virulenta que busca silenciar y borrar ya no una mera letra sino lo que ella nombra: otras sexualidades, otras formas de vida. En estos ensayos hurgo una y otra vez en esa incomodidad, propia y ajena. Ante el propio cuerpo, ante la enfermedad, ante la violencia. Y en el caso de la “e” y del “lenguaje inclusivo”, indago en cómo esa incomodidad se vincula a formas de negación asociadas a la restauración conservadora que estamos atravesando.
En uno de los textos recuerda a Gabriela Mistral y subraya el ocultamiento histórico de su lesbianismo. ¿Qué implicancias tuvo y cómo percibe que ha cambiado?
Persiste la idea de que el lesbianismo de Mistral era un secreto en su propia época, pero fotografías y cartas de ese entonces permiten cuestionar esa idea. Había una red de contemporáneos donde el hecho de que Dana y Mistral fueran pareja no era negado, por el contrario. La negación, en algunos círculos, fue posterior. Y no solo abarcó su sexualidad, sino sus textos más políticos y algunas secciones de su obra poética. Una negación que provino, otra vez, de la incomodidad. Incomodidad ante una figura díscola, inclasificable, poderosa, inteligente y, además, lesbiana. La idea conservadora de erigirla en una figura convencional, como madre de la nación y “poetisa de la infancia”, fue un intento de domesticación. Y la relectura actual, que ya lleva muchos años, no solo reivindica su orientación sexual, sino que rescata escritos políticos, ensayos, notas sobre la naturaleza, todos temas muy contemporáneos, que actualizan y enriquecen su figura.
En el libro vuelve sobre el impacto de la ola feminista en Chile, y también las reacciones contrarias que despertó. ¿A qué lo adjudica?
Si revisamos la historia del feminismo, siempre ha habido momentos regresivos después de grandes avances. Y no es sorprendente. Son disputas de poder, de visibilización, de lenguaje, donde no es extraño que haya sectores que quieren que todo siga igual, es decir, desigual, porque esa desigualdad los favorece. Pero también la historia del movimiento feminista demuestra que las transformaciones persisten, pese a las reacciones adversas, porque se trata de cambios muy hondos: en la subjetividad, en las expectativas, en los deseos, en las palabras, en el trato y también en las miradas. Eso no se deshace tan fácilmente, porque no son transformaciones pasajeras, sino producto de muchos años, incluso décadas, de disputas.
Ante un presente de múltiples clausuras, donde pensar otras formas de vida suena casi ridículo, seguir imaginando futuros es un desafío inmenso.
Después de la ola feminista, ¿estamos atravesando la resaca?
Creo que estamos atravesando una restauración conservadora y autoritaria que no solo tiene como objetivo reponer un orden jerárquico y desigual en materia de género, sino también restaurar estructuras raciales de sometimiento e incluso un ordenamiento colonial, hoy encarnado en el discurso y el actuar de Trump. Me parece más complejo y escurridizo que una resaca, porque este momento se articula no solo en torno a una nostalgia de poder masculino percibido bajo amenaza, sino en torno a lo que asoma como un proyecto de futuro, un proyecto neoconservador, neofascista, donde el racismo y el machismo vuelven a tener cabida de manera desembozada y explícita, con discursos que no se oían hace décadas de manera tan masiva. Enmarcar este momento solo como una resaca puede ser contraproducente, porque no permite calibrar la gravedad del contexto actual e impide reaccionar con la urgencia necesaria.
¿Cuál cree que es el desafío actual del feminismo?
Ante un presente de múltiples clausuras, donde pensar otras formas de vida suena casi ridículo, seguir imaginando futuros es un desafío inmenso. Futuros que repongan palabras como igualdad, o cuidados, o interdependencia, o comunidad, o derechos, todos términos que suenan de pronto extraños y hasta vacíos. Futuros para volver a nombrar lo humano como algo más allá de la destrucción y repensarnos por fuera de un pesimismo paralizante. Hay una frase de Francesca Albanese, la relatora de Naciones Unidas para Palestina, que rescato en el libro: “La esperanza es una disciplina que debemos practicar juntos”. Y tal vez de esa insistencia, que puede sonar ingenua o contumaz, los feminismos puedan abrir una grieta para que entre algo de luz.
Algunas organizaciones feministas se han mostrado insatisfechas y críticas con los logros del gobierno en esta materia. ¿Cuál es su postura al respecto?
El movimiento feminista se despliega mucho más allá de la institucionalidad: en movimientos estudiantiles y populares, en organizaciones vecinales o sindicales, en una teoría riquísima y compleja, y también en el ámbito privado.
Pero respecto de lo logrado en este gobierno y de cara a un nuevo 8M, ¿cómo lo evalúa?
Hay avances y deudas. Avances concretos: la ley de pago efectivo de pensiones, el sistema nacional de cuidados y la modificación del reglamento de la ley de aborto en tres causales. También la reforma de pensiones reconoció el trabajo no remunerado de las mujeres a través de la rebaja en los años cotizados. En cuanto a deudas: una ley de aborto acorde a los estándares internacionales es urgente para salvar vidas y, aunque entiendo que no estaban los votos, el tema no se abordó a tiempo y creo que parte de la estrategia en esta materia debe ser no solo legislativa, sino discursiva.
Hablar o callar
Hija de la periodista Faride Zerán y del cineasta Sergio Trabucco, Alia Trabucco dedica algunos de los textos más conmovedores a la historia de sus ancestros que vinieron de Siria y Palestina. Así, también, su prosa estremece cuando aborda la guerra en Gaza.
La tragedia palestina es uno de los temas más sensibles del libro. Usted sugiere que es un imperativo tomar posición y que para los escritores tiene un sentido particular.
El genocidio palestino es no solo un tema sensible, sino una fractura ética que nos habla de estos tiempos de crueldad. Y creo que la continuidad del genocidio, pese a las marchas mundiales y a las resoluciones de Naciones Unidas, ha generado una sensación de impotencia generalizada. Esa impotencia acaba en silencio y normaliza la barbarie. Creo que como seres humanos, sin importar nuestro oficio, nos encontramos ante una disyuntiva: hablar o callar. No creo que como escritora tenga un deber mayor que alguien que se dedica a otra cosa, pero sí un papel diferente. Los estibadores de los puertos de Barcelona o de Grecia, poniendo en riesgo sus trabajos, se han negado a cargar buques que envían armas a Israel. Qué más elocuente que eso. Lo particular de los estibadores es poder detener un barco. Lo particular de quienes escribimos es que tenemos no solo la posibilidad de publicar, sino además, en ocasiones, acceso a un micrófono o a plataformas donde nuestras palabras se multiplican. Y esas palabras pueden decir “hay un genocidio, lo nombro como tal” o no decir nada. Ambos son decidores. Yo prefiero hablar.
La denuncia contra el ataque de Israel suele asociarse con acusaciones de antisemitismo. Cómo ve ese límite que parece muy frágil?
El antisemitismo existe, eso es innegable. Pero criticar a Israel e incluso boicotear a Israel suscribiendo campañas de desinversión o sanciones, es hoy enmarcado por algunos como antisemitismo como una estrategia de silenciamiento que le permite a ese país y a sus aliados seguir adelante con su plan de colonización y exterminio. Es una trampa exitosa porque se trata de una acusación muy grave y que lleva una carga histórica terrible, pero es una trampa que busca silenciar. Y que, a la larga, corre el peligro de degradar y vaciar de sentido a algo tan grave como el antisemitismo
Cuando recibió el Premio Fémina usted dio un discurso donde se refirió al genocidio palestino, lo que causó incomodidad en ese momento. ¿Qué significó para usted?
Fue un momento desagradable y extraño. Había una veintena de periodistas en la sala del museo donde se otorgó el premio y yo tenía un micrófono. Dije que me honraba recibir ese reconocimiento, pero que mi alegría no podía ser plena, porque como descendiente palestina y como ser humano, me dolía -y me duele- el genocidio del pueblo palestino. Esa palabra fue como una espina y provocó un murmullo en la sala, luego un silencio y después molestia, ninguna petición de entrevista y bastante tensión. Pero a mí no me pasó absolutamente nada, a diferencia de los escritores palestinos asesinados, censurados y de otros expulsados de sus editoriales y cuyos premios han sido retirados. Solo generé incomodidad. Pero tal vez sentir incomodidad sea lo mínimo ante un genocidio.
El futuro
El proceso constituyente es otro de sus motivos de reflexión. La nueva constitución se quedó en borrador, no llegó a ser libro, escribe. Desde su perspectiva, ¿qué lección se puede sacar de ello?
No creo que haya que sacar lecciones como quien deba arrepentirse de un pecado o de un error. Creo que podemos obtener preguntas importantes e incluso posibles respuestas ante un presente que ofrece poco más que temor, incertidumbre y un pesimismo impotente que conduce a la inmovilidad. Lo primero y tal vez central es seguir pensando ese momento arremolinado, inclasificable y que trastocó no solo la vida cotidiana sino incluso la percepción del tiempo presente y futuro. El proceso de borramiento que aconteció después y que buscó encasillar esa etapa como un mero estallido, e incluso un estallido delictual, no solo pretende una amnesia forzada sino una reescritura de un momento histórico que estuvo abigarrado de símbolos, sentidos y proyectos que aún falta desentrañar y comprender, no solo como ejercicio histórico, sino para entendernos como sociedad y buscar allí pistas de caminos posibles.
“Nací el 11 de septiembre de 1973, 10 años antes de mi verdadero nacimiento, cuando destruyeron la aldea de mis mayores, mi propia tribu de origen”, escribe. El miércoles asume el primer presidente que votó por el Sí en la dictadura. ¿Qué le dice ello?
En ese breve ensayo, que trata sobre la memoria histórica y cómo conforma una biografía, parafraseo a la escritora argelina Assia Djebar, que en su libro El amor, la fantasía dice haber nacido en 1842, cuando las tropas francesas destruyeron la “aldea de sus mayores”, a quienes llama “mi tribu de origen”. Y lo que contiene esa frase es la idea de que nacemos con memorias heredadas de generación en generación y que imbuyen, querámoslo o no, nuestra identidad. En ese sentido, que asuma un presidente abiertamente pinochetista nos habla de que ese pasado sigue vigente, ya no solo en una nostalgia autoritaria, sino en un proyecto político alineado a la ultraderecha global y que vuelve presente ese pasado. Una derecha negacionista del cambio climático, antiderechos, colonial y racista, que vocifera discursos cargados de odio, muy similares a los de los años 30 y 40 del siglo pasado. Son viejos-nuevos tiempos. A veces más viejos que nuevos.
Recuerdo cada vez que escribí la palabra futuro en este libro, porque me parecía extraña. Y, sin embargo, ahí está. Y ahí está, también, el futuro.
¿Cómo se explica que los discursos autoritarios, que parecían ya superados, estén de regreso?
En uno de los ensayos de Las otras revisito el libro La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, un lingüista judío que fue perseguido por el nazismo y que se dedicó a estudiar el andamiaje lingüístico del nacionalsocialismo. Examinar esa historia permite alumbrar un presente donde términos similares a los de los años 30 -patria, soberanía, orden, extranjero, inseguridad- han adoptado un protagonismo renovado. Un lenguaje que no solo ha sido adoptado por la derecha de corte neofascista, sino de manera acrítica por sectores de izquierda y progresistas. En qué medida esos zarpazos lingüísticos van creando realidad es algo que me interesó explorar, ya no solo para constatar su vigencia discursiva, sino para observar cómo esas palabras se inmiscuyen en el lenguaje cotidiano, haciéndonos tragar “dosis ínfimas de arsénico”, en palabras del propio Klemperer hace cien años.
El poder de las palabras y su capacidad de hacer daño: hacia el final del libro escribe sobre los trigger warnings y cómo enfrentó directamente al dilema con la traducción de La resta. Cita a Roxanne Gay: “¿Cómo te atreves a asumir qué es aquello de lo que necesito ser protegida?”. ¿Qué piensa hoy? ¿Las personas necesitan ser protegidas?
Para mí, la escritura de ensayos es una forma de pensar, de disputar, de preguntar, afirmar y negar. Y la discusión sobre los trigger warnings, es decir, sobre si advertir anticipadamente que una película, un libro o un programa académico contiene representaciones de racismo o violación, por poner los ejemplos más comunes, me parece no solo apasionante sino complejísima. Ese texto, titulado “Advertencia: Solo palabras” es un ensayo zigzagueante y repleto de dudas: qué se advierte y qué no, para qué, para proteger a quienes, dónde está el límite, quién lo establece, si acaso se trata de una forma velada censura o está produciendo autocensura, qué es la corrección política, quiénes la esgrimen y cómo han cambiado esas advertencias al son de los tiempos. No es un debate que se pueda zanjar con un a favor/en contra aunque esas dicotomías tantas veces se nos impongan como únicas respuestas. La pregunta de si el lenguaje es capaz de herirnos y qué hacer con esa herida es central para entender estos tiempo de tanta violencia física y discursiva. Y me sumergí en ese tema tan polémico con una sola certeza: que no saldría de allí con respuestas unívocas. Y así fue.
Entre otras, atraviesa el libro la idea de la falta de imaginación de futuro: ¿qué pasó con la izquierda y el progresismo que dejaron de ofrecer un horizonte de futuro?
La propia palabra futuro suena extraña hoy día, ¿no? Casi anacrónica. ¿Cómo imaginar futuros en un presente de guerras, genocidios, catástrofe climática e incluso de extinción de especies? ¿Cómo pronunciar esa palabra cuando se impone otra, la palabra “final”? En este libro, más que responder a esa pregunta, formulo otras: ¿De qué manera el lenguaje puede abrir grietas a ese relato de clausura y desesperación y permitir, tal vez, el ingreso de alguna luz? ¿Cómo no ensayar, ante un mundo en ruinas, la posibilidad de otro horizonte aunque sea solo -o en principio- en la palabra hablada o escrita? ¿Tiene la literatura ese poder? ¿Tiene el lenguaje ese poder? ¿O somos hablados por normas que se han vuelto pétreas y donde incluso la escritura pierde sentido? Recuerdo cada vez que escribí la palabra futuro en este libro, porque me parecía extraña. Y, sin embargo, ahí está. Y ahí está, también, el futuro. Tal vez no como algo para ofrecer. Sino para imaginar o al menos nombrar, que es el primer paso.
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