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La historia de William McKinley, el presidente que inspira la expansionista Doctrina Donroe de Trump

El mandato del 25° Presidente de Estados Unidos estuvo marcado por impuestos aduaneros y la anexión de Hawái, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

Imágenes de William McKinley y Donald Trump.

Como quien suelta nombres en una fiesta, a Donald Trump le gusta asociarse con precursores famosos. En su discurso de asunción de enero de 2025, el turno fue para el 25° presidente de Estados Unidos, William McKinley (1897-1901). A principios de diciembre pasado, emitió lo que llamó el “corolario Trump” de la Doctrina Monroe en el 202º aniversario de la afirmación de la hegemonía continental estadounidense por parte del quinto presidente.

Citando el mensaje de James Monroe al Congreso de que “los continentes americanos... de ahora en adelante no deben ser considerados como sujetos para la futura colonización de ninguna potencia europea”, Trump dijo: “Con esas poderosas palabras, todas las naciones supieron que Estados Unidos de América estaba emergiendo como una superpotencia como nunca antes había conocido el mundo”. La Doctrina Monroe, continuó, está siendo “revitalizada por mi corolario Trump2 y el liderazgo estadounidense en el hemisferio occidental está “regresando con más fuerza que nunca”.

Y tras la impactante operación estadounidense para capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro, el nuevo término acuñado por Trump para describir su enfoque de política exterior cobra más relevancia: la llamada “Doctrina Donroe”.

En declaraciones a la prensa en Mar-a-Lago tras el ataque a Venezuela, Trump presentó la operación como parte de un resurgimiento de la Doctrina Monroe, una visión política formulada por primera vez en 1823 por el entonces presidente James Monroe para oponerse a la injerencia europea en el hemisferio occidental.

Trump afirmó que, bajo el gobierno de Maduro, Venezuela había acogido a “adversarios extranjeros en nuestra región” y adquirido “armas ofensivas amenazantes que podrían poner en peligro los intereses y las vidas de Estados Unidos”. “Todas estas acciones violaron flagrantemente los principios fundamentales de la política exterior estadounidense, que se remontan a más de dos siglos”, declaró el inquilino de la Casa Blanca. “Se remonta a la Doctrina Monroe. Y la Doctrina Monroe es muy importante, pero la hemos exagerado muchísimo. Ahora la llaman la ‘Doctrina Donroe’”, señaló.

El ejemplo de Puerto Rico

Aún sumido en la pobreza y la impotencia, Puerto Rico es un trágico ejemplo de la realidad de la Doctrina Monroe. Cuando Monroe emitió su edicto en 1823, Estados Unidos carecía de la capacidad naval para hacerlo cumplir. Para cuando McKinley asumió la presidencia en 1897, Estados Unidos estaba listo para enfrentarse a España, y lo hizo al año siguiente con una eficacia excepcional en una guerra que duró solo 16 semanas e incluyó la invasión de Puerto Rico. En virtud del posterior acuerdo de paz con España, el Tratado de París, Estados Unidos conservó la isla, expulsó a España de Cuba y también obtuvo Guam y Filipinas.

Por ello es que han crecido las comparaciones entre McKinley y Trump, un paralelismo entre dos republicanos que revela un patrón histórico de proteccionismo comercial, política exterior agresiva y control de los mercados

Referencias en redes sociales, discursos públicos e incluso un acta ejecutiva transparentan la admiración de Trump por su antecesor del siglo pasado. El mandatario ha hecho alusión a tarifas arancelarias de su período y su interés por la protección de la industria estadounidense.

Al comenzar su segundo mandato, la primera orden ejecutiva de Trump fue revertir el nombre del monte Denali a monte McKinley, que fue su nombre oficial desde 1917 hasta 2015, cuando Obama lo cambió a Denali por ser la denominación de los pueblos nativos de Alaska a ese monte, que es el más alto de América del Norte, con 6.190 metros. Pero los gestos públicos de Trump a McKinley son anteriores a este guiño, y se pueden remontar hasta 2018.

Al igual que Donald Trump, el vigesimoquinto presidente de Estados Unidos fue republicano. Y aunque era una época distinta, marcada por guerras coloniales, independencias y expansión industrial, las políticas económicas que McKinley adoptó han sido alabadas en numerosas ocasiones por el ocupante actual de la Casa Blanca.

Nacido en 1843 en el pueblo de Niles, Ohio, cuando la localidad contaba con poco más de 300 habitantes, William McKinley fue voluntario en la guerra de Secesión de parte del bando del norte, que se oponía a la esclavitud y a la separación de los estados del sur, que formaron la Confederación.

A sus 34 años, en 1877 consiguió un escaño como congresista por el Partido Republicano bajo el mandato de Rutherford B. Hayes, y en 1897 consiguió los votos para ser mandatario de Estados Unidos. Con una agenda económica basada en aranceles y proteccionismo, el mayor hito de su periodo fue la guerra hispano-estadounidense y la anexión de los territorios de Hawái, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

Para Donald Trump, el período de McKinley simboliza la protección de la industria manufacturera americana. Y es que a finales de siglo XIX, cuando el mandatario era congresista, impulsó la ley de tarifas llamada “Arancel McKinley”, que estableció impuestos aduaneros de un 49,5% a bienes importados.

Al igual que su predecesor, en abril de 2025 Trump impuso tarifas arancelarias a una gran cantidad de importaciones. Recursos naturales, medicinas y piezas de automóviles se vieron afectados por impuestos anunciados en lo que el presidente denominó “Día de la Liberación”.

En 2018, durante su primer período presidencial, una referencia a McKinley a través de X –en ese entonces Twitter– sirvió para entender por qué su figura es importante para su agenda económica: “Soy un hombre de aranceles. Cuando personas o países vienen a saquear la gran riqueza de nuestra nación, quiero que paguen por el privilegio de hacerlo”.

De acuerdo a The New Yorker, su publicación fue una referencia a una conocida frase de William McKinley: “Soy un hombre de aranceles, de pie sobre una plataforma arancelaria”.

Libro de Karl Rove

Por ello “El triunfo de William McKinley”, libro publicado hace 10 años y escrito por Karl Rove -estratega de George W. Bush y asesor senior de su gobierno, influyente voz republicana aunque no una favorita del actual presidente, y un experto en campañas políticas- vuelve a circular movido por el revival de esa figura desvanecida en la historia que gestó la primera visión del “Make America Great”, impulsó la expansión territorial de Estados Unidos, impuso aranceles y aplicó la receta económica de beneficiar a las clases altas y esperar que la prosperidad cayera sobre las otras.

Rove destaca en su libro que McKinley “anexionó Hawái y libró una breve y exitosa guerra con España que liberó a Cuba y dio a Estados Unidos el control de Filipinas, Puerto Rico y Guam”. Su concepto expansionista no sólo se plantaba frente al reino que colonizó buena parte del continente americano, sino que también se basaba en que, si iba a “Make America Great” gracias a la producción industrial, hacía falta territorios donde colocar esas manufacturas. “Instituyó políticas que aseguraron que Estados Unidos fuera reconocido como una potencia económica y militar mundial”, escribió.

Según consigna Infobae, las comparaciones de los analistas iluminan otros detalles: la campaña electoral de McKinley llevó el voto de trabajadores, inmigrantes y demás desfavorecidos al Partido Republicano, y su triunfo sobre los demócratas los dejó en un estado de debate y recomposición que duró tres décadas.

Asimismo, su comunicación fue hábilmente segmentada por tipo de público, y así ganó tanto el Colegio Electoral como el voto popular. Gobernó en una época de transformación tecnológica de la economía, que pasó de rural a industrial. McKinley tuvo incluso un Elon Musk: el millonario operador político Mark Hanna. También mantuvo estrecha relación con multimillonarios (los plutócratas de aquel tiempo) como John D. Rockefeller, dueño de la legendaria Standard Oil, y John Pierpont Morgan, más conocido como JP Morgan.

Todos y cada uno de ellos, con sus millonarios aportes, contribuyeron de forma copiosa a que McKinley ganara las elecciones presidenciales de 1896 en contra del candidato demócrata, William Jennings Bryan, a quien no se le ocurrió otra cosa que subir los impuestos a los banqueros en unos momentos difíciles para el país. Sin embargo, no todo habían sido victorias para McKinley, quien en 1890 perdió las elecciones para gobernador y a raíz de eso montó una campaña contra los demócratas, a quienes acusó de manipular los votos en algunos distritos.

The Economist dedicó una reciente portada a lo que calificó de “presidencia imperial”, y vistió a Trump -su caricatura con el puño derecho cerrado- con la ropa de McKinley. Citó que al asumir este segundo mandato dijo que Estados Unidos debe ser “una nación en crecimiento”, que “aumente nuestra riqueza, expanda nuestro territorio”. Esas palabras, sostiene Infobae, pueden ser parte de la desmesura discursiva habitual en Trump; sin embargo, la prestigiosa publicación británica destacó que “los presidentes no han hablado así en un siglo”.

Destino Manifiesto

La expansión territorial de McKinley respondía a la doctrina del Destino Manifiesto que durante el siglo XIX justificó la guerra con México y la incorporación de todo el Oeste. Quería que la flota naval de Estados Unidos tuviera presencia en puntos estratégicos, convencido de que el poder marítimo era clave en la seguridad nacional. Por eso, tras derrotar a España en la guerra, no le concedió la independencia plena a Cuba y se quedó con Guantánamo, recuerda Infobae.

En 1901, el presidente William McKinley murió en Buffalo, Nueva York, por heridas de bala infligidas por un asesino; lo sucedió el vicepresidente Theodore Roosevelt.

McKinley era el presidente de la nación cuando la explosión en La Habana del acorazado Maine alimentó un sentimiento nacionalista en EE.UU. espoleado por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, “lo más parecido a lo que hoy pudiera ser la cadena Fox, entregada a Trump”, apunta el diario El Confidencial.

“Es verdad que Hearst quería vender periódicos a toda costa (luego se hizo demócrata), pero investigaciones posteriores han acreditado que con la explosión del Maine y la posterior guerra hispano estadounidense, que como todo el mundo sabe acabó con la independencia de Cuba hasta convertirse de facto en una colonia de EE.UU., lo que buscaba el presidente McKinley era el dominio futuro del control de Panamá por su valor estratégico, aunque todavía no estaba acabado”, asegura el medio español.

Panamá, como se sabe, vuelve a estar de moda porque Trump quiere recuperar el canal casi medio siglo después de que el presidente Jimmy Carter se lo devolviera al general Omar Torrijos Herrera. La historia vuelve a rimar, lo que cambia es que a la lista del expansionismo se añade ahora Groenlandia por las mismas razones: tener el dominio sobre nuevas vías de navegación y, de paso, explotar los recursos naturales.

El anarquista Leon Czolgosz le propinó dos disparos a quemarropa a McKinley durante su visita a la Exposición Panamericana, y murió una semana más tarde por sus heridas.

En 1900, McKinley ganó la reelección, pero fue atacado al año siguiente en Buffalo, Nueva York, y se convirtió en el tercer mandatario estadounidense asesinado. El anarquista Leon Czolgosz le propinó dos disparos a quemarropa durante su visita a la Exposición Panamericana, y murió una semana más tarde por sus heridas.

En el acta ejecutiva de cambio de nombre del exmonte Denali a McKinley, se incluye un homenaje que dice: “Fue trágicamente asesinado en un ataque a los valores de nuestra nación y a nuestro éxito”, y que “bajo su liderazgo, Estados Unidos disfrutó de un rápido crecimiento económico y prosperidad, incluida una expansión de las ganancias territoriales para la nación”.

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