Antonio Skármeta: “Ahora saco en limpio que la idea de la muerte no me aterra”

Este lunes, el Premio Nacional de Literatura se incorporará a la Academia Chilena de la Lengua. Aquí habla por primera vez del cáncer que padeció y de proyectos a futuro.

Iba a terminar de contar otra historia, una que arrancó en 1999 con su novela La boda del poeta y que continuó con La chica del trombón, publicada dos años después. Había avanzado bastante en esta última parte de la trilogía, cuenta, pero algo se cruzó en su camino: “Sentí el deseo de escribir algo que me parecía más urgente, más tangible y respiratorio para mí, y que me cantaba todos los días como un pájaro desde la ventana de mi pieza”, dice Antonio Skármeta, sentado en una de las salas de reuniones del Instituto de Chile, en el antiguo edificio emplazado en Almirante Montt, una de las pequeñas venas que cruzan la calle Monjitas, en el barrio Bellas Artes.

Pero por ahora prefiere ahorrarse detalles. Aún no es tiempo. El autor chileno y Premio Nacional de Literatura 2014, de 76 años, ya no admite en su trabajo ningún tipo de presión a la hora de escribir, mucho menos a la de publicar. El año pasado, con la aparición de su volumen de cuentos Libertad de movimiento, fue la última vez en que el también ex embajador chileno en Alemania compartió públicamente su trabajo. “Son ritmos vitales propios de cada escritor, y yo prefiero no hablar mucho cuando mis obras no están terminadas. No me gusta, porque una vez que esquematizas eso que es un misterio para ti, incluso mientras lo estás escribiendo, lo haces tropezar”, opina.

Es un frío martes de comienzos de mayo, y el autor de El entusiasmo viene de buscar un libro en su estudio, también ubicado en el centro. Cuenta que se quedó allí un buen rato, hojeándolo y picoteando algunos extractos. Hasta creyó que debía apresurar el paso para llegar a tiempo a este encuentro, uno de sus primeros con la prensa en los últimos meses y al que finalmente se suma mucho antes de lo acordado. Aparece abrigado, sonriente y bastante más delgado que hace un par de años. Además trae consigo, advierte, un par de novedades que contar.

Este lunes, a eso de las 7 de la tarde, Skármeta volverá allí para ser recibido como un miembro más de la Academia. “La verdad es que estoy trabajando aquí hace ya algunos meses, pero esta será mi entrada oficial, con evento, traje, vino y todo”, dice. “Siempre he considerado necesaria la existencia de una institución como la Academia, aun cuando algunos escritores a veces la desprecien o se desmarquen de ella. Yo mismo he hecho esto último, y ahora me encuentro entre sus filas, y es un honor”, añade.

Luego de la presentación formal a cargo del escritor Carlos Franz, Skármeta leerá un discurso titulado Pedaleando con San Juan de la Cruz: la presencia en mi obra de la tradición literaria española. “De todos los poetas místicos, San Juan es mi favorito. Su Cántico espiritual fue la inspiración y asociación más nítida que existe de un antiguo cuento mío, El ciclista del San Cristóbal”, el mismo relato que en 1969 abrió su elogiado libro Desnudo en el tejado. “Desde el colegio tomé con gusto la literatura española que se enseñaba obligatoriamente. Siempre me pareció que era un lenguaje muy juguetón, muy histriónico, sobre todo en las comedias del Siglo de Oro. Y me marcó muy fuertemente, debo decir, por eso decidí revisitar a este antiguo amor que he tenido toda la vida”.

*Voz ausente

Días antes de que el poeta Manuel Silva Acevedo se quedara con el Premio Nacional de Literatura, en agosto del año pasado, se supo que Antonio Skármeta se había excusado de ejercer su voto como último ganador, en 2014. Breves notas que aludían a su “estado de salud”, además de su evidente baja de peso, encendieron las balizas: “Por esos días tuve una operación, aunque no me gusta mucho entrar en detalles de mi salud. No me parece la idea de la publicidad por enfermedad”, dice. Aun así considera necesario despejar ciertas incógnitas: “Una locutora radial de farándula dijo que iban a mandarme a Europa para operarme, y eso es falso”, aclara. “Efectivamente tuve un cáncer estomacal muy localizado, me lo sacaron y estuve con los tratamientos respectivos. Bajé 25 kilos y hoy me siento bien. Hace un año que estoy con chequeos y mis exámenes son totalmente normales, aunque no podría darte un cheque en garantía. En realidad, dudo que alguien pueda”.

Esquivo de las polémicas, Skármeta aprovecha la ocasión para referirse también a la protagonizada por él mismo el año que obtuvo el mayor galardón literario del país. “Hasta donde yo recuerdo, y no quiero defenderme en esto, no hay premio que no esté rodeado de alguna discusión. Y eso no es malo, al contrario, pues significa que la literatura importa”, comenta. “Yo sigo considerando que Pedro Lemebel (su contendor ese año) merecía el premio, y fue una lástima que su muerte fuese tan pronto. Era un encantador, sagaz y políticamente muy comprometido”.

*De ida y vuelta

Un viaje próximo lo tiene expectante. Tan ansioso como un niño antes de embarcarse en una aventura, dice. Allí se reencontrará además, cuenta, con otro viejo amor suyo. A fines de julio Skármeta viajará a Brasil para el estreno de la cinta A movie life, dirigida por el carioca Selton Mello (El payaso). Se trata de una adaptación de su penúltima novela, Un padre de familia (2010), y que tiene como protagonista a un profesor que acompaña a uno de sus alumnos a experimentar con prostitutas mientras se embarca en un viaje profundo por el Chile de mediados de los 60 para reconstruir la historia de su padre. El filme estará protagonizado por el actor francés Vincent Cassel (El cisne negro), y será su más reciente salto a la gran pantalla tras los éxitos de Il Postino (1994), El baile de la Victoria (2009) y No (2012) de Pablo Larraín, inspirada en su obra El plebiscito.

“Hoy me siento un autor más latinoamericano que uno de raigambre chilena, y pienso que el hecho de que esta historia originalmente transcurriera en Chile y en la película en la sierra brasilera, es prueba de ello”, opina. “Nunca he sido esa clase de escritor romántico que se iba a la playa o buscaba el aislamiento para sentarse a escribir. Mi escenario siempre ha sido la ciudad, y como siempre me ha gustado tanto viajar sé que los pueblos de esta parte del mundo son similares unos con otros. A veces un hombre necesita perderse para reencontrarse como escritor, y eso es lo que yo he hecho”.

*Bien por el momento

Acompañado de su mujer, Nora Preperski, de sus tres hijos y tres nietos, Skármeta se la ha pasado estos últimos meses intentando retomar la escritura y ordenar lo ya escrito en el caótico estudio que posee junto a su casa, en Las Condes. Desde allí ha visto, por ejemplo, la llegada de Trump al poder en EEUU, donde el autor vivió en los 60: “Yo habría votado por la otra candidata. El estilo de él me parece agresivo, pero confío en que la estructura política norteamericana impedirá que sus posturas tengan una adherencia masiva”, opina. De cara a las elecciones presidenciales en nuestro país, también ha observado de cerca la eventual disolución de la Nueva Mayoría, de la que se asume un fiel adherente. “Lo que está haciendo ruido ahí es que la Democracia Cristiana lleve a Carolina Goic como candidata, pues eso debilitó el pacto o podría convertirlo en otra cosa. Para mí lo ideal es que se llegue a un acuerdo con el Frente Amplio y que la DC se sume, pero este es el momento más confuso para manifestarse al respecto”.

Leer es también, por cierto, algo que el autor de El cartero de Neruda ha hecho en exceso. De chaquetón oscuro y luciendo un par de zapatos que compró en su último viaje a Buenos Aires, hace memoria y enumera algunos títulos: “Me atrapó La vida en las ventanas de Andrés Neuman. Siempre lo he considerado un gran escritor, pero esta mezcla de diario de vida con novela epistolar fue simplemente arrolladora”, cuenta. Lo mismo le ocurrió, añade, con el norteamericano Tobias Wolff, de quien acaba de releer Vida de este chico.

De autores nacionales, en tanto, se detiene en apenas dos: “Primero me interesó mucho Qué vergüenza, de Paulina Flores, por su sensibilidad y todo ese mundo más fresco y juvenil que para varios nos es más ajeno. Anoche leí también un texto de Alberto Fuguet, a quien considero el más brillante de su generación, publicado en una revista de ensayos. Pero entre sus novelas sigo prefiriendo, por el impacto imperecedero que me provocó y a pesar del tiempo, Mala onda. Su última novela (Sudor), que la recuerdo muy bien también, sentí que debió haberla escrito mucho antes y que el tema incluso lo sobrepasó un poco, pero había ciertas tensiones en él y de las que tenía que deshacerse antes. Aun así siento que prefiero al Fuguet de antes y no a este autor más explícito que es hoy”, comenta.

Volver a preguntarle por su nueva novela es pérdida de tiempo. “Ya lo será. Por ahora quédate con la idea de que he sido un hombre que ha construido su lenguaje narrativo atento a lo que sucedía tanto en mi vida como en la historia de mi país, y ahora que estoy trabajando mucho nuevamente saco en limpio que la idea de la muerte no me aterra, pues desde la finitud es que uno trata de encontrarle la grandeza a la insignificancia”, dice. “Los gringos tienen una expresión ideal para graficar cómo es que me siento hoy: So far so good (’Por el momento bien’)”, concluye.

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