Cuando los hermanos son tóxicos
<img style="padding-right: 0px; padding-left: 0px; padding-bottom: 0px; margin: 0px; padding-top: 0px" height="13" alt="" width="81" src="https://static-latercera-qa.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/sites/7/200910/550385.jpg" /> Se sabe que los hermanos compiten y que, en ese escenario, hay empujones y golpes. A pesar de que esto es normal, nuevas investigaciones dan cuenta de lo nocivo que puede resultar el que la violencia entre ellos se convierta en un hábito.

A un "¡Mamá, Juan me pegó!", indefectiblemente sigue un "Juan, deja de pegarle a tu hermana(o)"... El sentido común indica que las peleas entre los hermanos por ganar la atención de los padres o por quién es el dueño del control remoto son parte de la convivencia de una familia. Y es así, generalmente. Pero no siempre. Nuevos estudios han demostrado que la violencia entre los hermanos, cuando se convierte en un hábito, puede llegar a producir más daño del que se pensaba.
En la investigación Cosas de niños: la naturaleza e impacto de la violencia de los pares y los hermanos en los niños, el doctor David Finkelhor, de la Universidad de New Hampshire, analizó a 2.030 niños, entre los dos y los 17 años, para verificar si era cierto que los conflictos entre los hermanos no producían efectos graves. Y no era cierto. En el proceso descubrió que la sensación de víctimas con que quedaban los niños tras ser agredidos continua y seriamente por sus hermanos era tan grave como la que experimentaban quienes habían sido golpeados por niños que no pertenecían a su familia.
Más aún, cuando los agresores eran los hermanos, existía un 40% de posibilidades de que el sentimiento de victimización fuera crónico, en comparación con el 15% de aquellos que habían recibido maltrato de parte de otros niños.
El paso de la simple pelea a la agresión por parte de un hermano al otro, dicen los expertos, está marcado por la personalidad del niño que ejerce ese tipo de poder más violento y del que recibe la agresión. En general, señalan los autores, los hermanos agresores tienden a ser niños con un inadecuado control de sus impulsos, falta de empatía e inmadurez emocional, mientras que sus víctimas pueden reconocerse por la gran dependencia que tienen de un hermano mayor y más poderoso, y por no contar con otras relaciones de apoyo fuera o dentro de la familia.
CUESTIÓN DE CUIDADO
En su libro El trauma del abuso de los hermanos, John V. Caffaro y Allison Conn-Caffaro hablan de los "factores sistémicos de riesgo" que propician que un niño sea agredido por un hermano. Uno de ellos es la diferente jerarquía a partir de la edad, es decir, es normal que los hermanos mayores tiendan a proteger a los más chicos, pero cuando no hay supervisión, el menor puede quedar vulnerable. Así, cuando la protección llega a la exageración, se crea una situación de límites difusos entre la personalidad de un hermano y otro, lo que puede ser el caldo de cultivo de un conflicto.
Otro factor de riesgo se da cuando los padres tienen un trato desigual hacia sus hijos. La "categorización unidimensional" (hablar de un hijo como "el flojo" o "la inteligente") inhibe la normal relación entre los hermanos y hace que el menos favorecido quiera cobrar revancha contra el que se lleva los elogios, agrediéndolo cuando los papás no están cerca. Al revés, el niño que se siente favorito puede abusar de aquellos que él siente que no lo son, debido a que cree tener un estatus superior en la familia.
"PADRES TERMOSTATOS"
Dalia Pollak, psicóloga del Centro de Estudios Evolutivos e Intervención en el Niño, de la UDD, plantea que la competencia entre los hermanos siempre va a existir, porque es natural, tanto como la violencia y la agresión son normales en todos los seres humanos. Sin embargo, algunas veces los límites se transgreden y la única manera eficiente de evitarlo es estar atento en la etapa en que los niños aún no han aprendido a canalizar la violencia o a controlar los sentimientos negativos.
"Los padres deben ser termostatos, no termómetros. Un termómetro es muy reactivo: deja que la temperatura suba hasta un nivel peligroso y recién ahí reacciona, mientras que un termostato va monitoreando y decidiendo hasta dónde permite que suba el calor", explica. En este sentido, su misión es intervenir en los conflictos de los hermanos antes de que la temperatura de las peleas llegue a números rojos o cuando crean que alguno de los niños está sufriendo.
Los hijos, según la sicóloga, deben desenvolverse, idealmente, en un "círculo de seguridad" que les permita jugar y aprender, pero también sentir que sus padres están cerca para limitarlos, controlarlos y cuidarlos. En este punto es clara: no sólo los niños que lloran sufren, pues "un niño con un ataque de rabia también es un niño que está sufriendo".
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