El deshielo cubano

Quienes creen que esto consagra el fin de la Guerra Fría no parecen entender qué ha sido el castrismo estas casi seis décadas.

ES COMPRENSIBLE que el “deshielo” de las relaciones entre los EE.UU. y Cuba, se esté llevando a cabo en forma cauta, primando lo mediático y protocolar por sobre lo sustancial. A John Lee Anderson, del New Yorker, lo que más le llamó la atención de la visita de Obama fue su “incómoda cortesía”. Quienes, por el contrario, creen que esto consagra el fin de la Guerra Fría en el continente como que no parecen entender qué ha sido el castrismo estas casi ya seis décadas.

Por de pronto, la Guerra Fría no está en juego. Castro sobrevivió la caída de la Unión Soviética, no por las virtudes de su revolución o por lo novedoso de la propuesta socialista. Sí, en cambio, por el nacionalismo antinorteamericano (vieja historia). También, porque ha demostrado ser el clásico caudillo y tirano latinoamericano que eternizándose se fosiliza (ídem). Y, es más, porque el bloqueo -hábil maniobra, gústenos o no- ha terminado por dejar en evidencia el patético desgaste en que se ha ido convirtiendo la revolución, deslegitimándosela: ése es el propósito del embargo, no otro.

Recordemos que a Castro lo tuvieron que neutralizar no sólo los norteamericanos, también los soviéticos. Desde luego Kruschov en alianza con Kennedy tras la crisis de los misiles el 62, enfureciendo a un Fidel dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, cuestión que la sensatez de la Guerra Fría, por supuesto, no iba a tolerar. Y, de nuevo devuelto al redil por los mismos rusos, con ocasión de la invasión a Afganistán el 79, que Fidel debió apoyar, frustrando sus intentos en querer erigirse en líder del Tercer Mundo, es decir, de países no alineados.

Otro tanto podría decirse de la pretensión cubana de exportar la revolución que tanto daño produjera a diestra y siniestra. Desestabilizó todas las propuestas moderadas y frentepopulistas; de hecho, las liquidó, radicalizando el proceso más allá de los propios partidos comunistas y dividiendo a la izquierda, lo que a Moscú le sacó más de una cana verde. Contingencia que los norteamericanos aprovecharon a su favor profundizando su control sobre países bajo su esfera de influencia, volviendo la amenaza guerrillera en un problema “policial-militar” antisubversivo, Moscú debiendo dejar hacer. ¿Qué alternativa tenía? La URSS no estaba en condiciones de cargar con otra Cuba (i.e. Chile bajo Allende).

En el fondo, la suerte de Cuba quedó sellada el 62 cuando Fidel se demostró que no era confiable para uno u otro lado. América sería para los americanos, sin intromisión de potencia extra-continental alguna: vieja doctrina que los EE.UU. se han tomado muy a pecho, pensada originalmente para parar a Gran Bretaña, luego para independizar a Cuba de España y, por último, para restringir la ascendencia de la URSS, convirtiendo a Cuba en lo que siempre ha sido: una isla y, en tanto foco insular, contenible su peligro. Los españoles se las arreglaron de igual manera con el pirata Morgan y Jamaica en el siglo XVII (basta con leer las novelas de Rafael Sabatini y Emilio Salgari).

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