Histórico

Los retratos que le devolvieron la vida a Luis Poirot

"No sé si lo que hago es bueno o malo, pero sé que es de verdad", señala el fotógrafo que casi dejó la cámara a raíz de un cáncer.

Tiempo extra. Hace ocho años todo parecía terminar para Luis Poirot. Sufrió un infarto y el cáncer atacaba su mayor instrumento profesional: su ojo. Poirot, uno de los más destacados fotógrafos de Chile y  maestro de nuevas generaciones, estuvo a punto de perder la visión. Pese a las recomendaciones de los médicos, se negó a la extirpación. En Miami salvaron su ojo, pero poco más. "Todo esto está relleno con silicona", explica, poniendo las manos sobre su rostro. "La nariz tiene titanio. Me sacaron la mitad de la cara".

Los años que han seguido los describe como "tiempo de yapa". Por eso, 2009 lo tiene lleno de proyectos: tres libros de fotografías, editados por Contrapunto, y una muestra con retratos tomados durante 10 años, que espera tener lista para fin de año. Aparte de eso, trabajos colectivos: retratos de artistas, de arquitectura y de niños con cáncer. Poirot no para. Hasta que lo detengan, al menos.

La primera entrega es una reedición de su libro más conocido, Retratar la ausencia, con fotografías de y sobre Neruda, que ya está en librerías. El segundo es Iglesias rurales de Chile, con imágenes de todo el país, que está programado para principios de julio. Su publicación más representativa, sin embargo, es la que planea para el segundo semestre: Retratos hablados, un libro que reúne fotos y extractos de conversaciones con personajes de todos los ámbitos, motivado por una sola pregunta: ¿Qué significa la fotografía para ellos?

Es un cuestionamiento que, al menos a él, le da muchas vueltas. "Para mí, la foto es un encuentro. Es un pretexto para conocer a una persona", explica. "Yo necesito un mínimo de relación para fotografiar a una persona. Tiene que pasar algo entre nosotros, necesitamos compartir algo. Si no, no hay foto". Es un compromiso que va más allá de sólo apretar el obturador. "Cuando la gente me dice 'usted es retratista', yo digo que no: retratista es el que tiene un boliche, la gente entra y le saca fotos. Eso no lo sé hacer, o lo hago mal".

Todos sus retratados tienen una historia. Con el escritor José Donoso, cuenta, tuvo largas sesiones de foto. Tantas, que incluso consideraron hacer un libro juntos. "No llegó a ningún resultado, porque cuál de los dos era más porfiado", cuenta. Con Enrique Lihn, la relación fue más fructífera: él escribió textos para algunos de sus libros. "Nos hicimos amigos a través de la fotografía, desde que él estuvo en Barcelona. Era capaz de ser muy agudo y muy hermoso hablando de las fotos", recuerda. A Raúl Zurita lo describe como "un muy querido amigo" que, sin embargo, "no entiende ni jota de manejar una máquina". De todas formas, es él quien escribe el prólogo de Iglesias rurales de Chile. "Como pocos, él ve una foto y es capaz de leerla, de entenderla", explica Poirot.

No son sólo retratos de escritores: también de pintores, actores, directores de teatro (el lugar de origen de Poirot: antes de ser fotógrafo, era actor y director), incluso figuras públicas como Ricardo Lagos. Todos están dentro de su selección inicial de Retratos hablados.

CAPTURAR EL TIEMPO
En casa de Luis Poirot hay pocas fotografías en la pared. Están las de Fernanda Larraín, su mujer. Otras pocas, más pequeñas, son suyas. Un marco mayor contiene un manuscrito de Enrique Lihn. El resto son libros: cientos de publicaciones de fotógrafos que repletan su biblioteca. Al lado está su computador, sobre una superficie rayada con lápices de colores por su hija de tres años, Aurora.

"Cada vez más, voy fotografiando lo que yo conozco, lo que me atañe. Eso que me conmueve, me asusta o me alegra. Es lo único que conozco: si me dijeran que fuera a Irak, ¿qué iría a hacer allá?", cuenta. Por eso, dice, acepta pocos encargos. Y los que realiza trata de convertirlos en algo personal. Aunque la exhibición que podría tener lista para fin de año es, quizá, su serie más íntima. Son 100 retratos de Fernanda, tomados durante 10 años. Un período en que ella quedó embarazada y dio a luz a Aurora, que crece frente a la cámara. Una serie que testimonia lo más valioso de este período después del cáncer.

La clave de todo es el tiempo. Quiere aprovechar al máximo las horas, pero insiste en que jamás se apura. No es de cámaras digitales ni de resultados inmediatos. "¿Qué saco con ver una imagen en el respaldo de una cámara? Eso no me sirve. Necesito tiempo para las cosas, tiempo para que vuelvan a mí", explica. Fiel a la cámara análoga y al blanco y negro, ha modificado poco su técnica fotográfica. Lo que sí ha cambiado es su aproximación a las fotos.

"Aprendí tarde lo que yo era dentro de la fotografía. Uno pasa mucho tiempo haciendo lo que los demás quieren. Pero, ¿qué le doy a este oficio? Si puedo convidarle algo a la fotografía, lo voy a hacer. Si no, no. Por eso dejé de dirigir teatro. Llegó un momento en que me di cuenta de que lo estaba haciendo de la boca para afuera.Yo no sé si lo que hago es bueno o malo, pero sé que es de verdad".

Su preferencia por hacer libros tiene que ver con esa transparencia. A estas alturas, sus publicaciones prácticamente no tienen intervención externa. Algo que no necesariamente ocurre en las muestras. "Los curadores son una plaga, en ese sentido. Ponen una larga explicación teórica antes de una foto, que explica lo que hay que ver y entender. Eso es la decadencia total. Esa inducción no me gusta, generalmente es de gente muy mediocre, corta de creación y que, inevitablemente, adquiere posiciones de poder. Creo que ha empobrecido la fotografía. Le ha quitado espontaneidad, es muy aburrido", explica."La exposición, para mí, siempre va a ser un pretexto para hacer un libro. La muestra es efímera, pero el libro me pertenece".

Poirot insiste que ya no hace cosas para impresionar. Ahora retrata sólo lo que le interesa, porque aún le queda tiempo: "No fotografío para dar en el gusto. Lo hice demasiado tiempo. Ya no. Esta es mi segunda oportunidad".

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