Mauricio Purto: Arriba y abajo

Tras un accidente en que se quebró la columna y lo obligó a pasar por seis operaciones, el médico y montañista se puso a escribir sobre su vida y a tratar de responder qué lo llevó a querer escalar algunas de las cumbres más altas del mundo. Así surgió el libro Camino a la cima (Aguilar) que llega a las librerías la próxima semana y en el que relata las expediciones que lo llevaron hasta el Everest y su versión de la larga y conflictiva relación que ha tenido con Rodrigo Jordán y Claudio Lucero. Aquí adelantamos algunos capítulos de esta crónica en primera persona que pasa por los Andes, los Alpes, el Himalaya y el Karakórum.

Esta es una historia que al menos para mí resulta increíble. Dos compañeros de colegio que tuvieron la misma ambición, ser los primeros chilenos en llegar a la cumbre del Everest, comenzaron a practicar montañismo juntos en la Universidad Católica, hasta que el grupo se quebró y se separaron. Cada uno siguió su propio camino, pero el destino quiso que se reencontraran subiendo el Everest por la misma ruta, el espolón sureste, un viernes 15 de mayo de 1992.

Rodrigo Jordán llegó a los ocho mil metros del campamento del Collado Sur del Everest por la pared del Kanchung, difícil y peligrosa. Yo alcancé el mismo campamento de ocho mil metros del Collado Sur por la escarpada pared del Lhotse, y ambos, sin saberlo, pasamos la noche cerca, muy cerca. De madrugada salimos hacia arriba y nos encontramos antes de la cima, en la cumbre sur del Everest, cien metros más baja que la mayor. Y continuamos juntos hasta la cima. Allí, Cristián García Huidobro —del grupo de Rodrigo Jordán— me insultó procazmente frente a otros alpinistas, lo que fue vox populi, y se transformó en leyenda.

Hasta ahora nadie ha contado la verdadera historia de las dos expediciones chilenas que alcanzaron al mismo tiempo la cima de la mayor montaña del mundo. Un gran récord.

Mauricio Purto junto a su madre, Hilda, sus hermanas Jenny y lenka y su padre Bernardo en 1982 cuando Jenny fue escogida Miss Chile.
Mauricio Purto junto a su madre, Hilda, sus hermanas Jenny y lenka y su padre Bernardo en 1982 cuando Jenny fue escogida Miss Chile.

Yo creo que es necesario contarla, aunque mi relato sea personal, porque la leyenda ha crecido demasiado y se ha tergiversado, al punto de que algunos creen que la culminación fue una pelea en la cumbre del Everest. Ese sería otro récord, pero en el sentido oscuro. Lo cierto es que las proezas fueron otras, y el camino hacia ellas fue largo, esforzado y lleno de emociones. Es la historia de este libro.

Los ancestros
Rezallah Arab, mi abuelo, era un pastor que le vendía ovejas y cabras al califa del Ahoura, un pequeño enclave en las montañas del Líbano. Ella, Aniza Hechem, hija del califa —objeto del amor de mi abuelo—, a sus trece años escapó junto al hombre más fuerte del Ahoura. La leyenda cuenta que él era capaz de levantar una carreta solo y cambiarle una rueda. Pero eso no le bastó contra la furia del califa. Hubo una guerra familiar, con muertos de por medio. Al punto de un autoexilio a Chile, donde llegaron con dos hijos, Uteh y Yuseff, a los que se agregaron Anton, Aniza, Elías, Janna Maries e Hilda, mi madre. Un amor prohibido cuya historia repitió mi mamá árabe al casarse con un judío.

Cuentan que un apuesto médico recién recibido de la Universidad Católica llegó a hacer su práctica al hospital de Melipilla, desde donde fue llamado de urgencia a atender la úlcera gástrica sangrante de Elías Arab, que estaba anémico, al borde de la muerte. Bernardo Purto —mi padre— revisó los grupos sanguíneos de sus hermanos y organizó una transfusión. Elías se salvó y Bernardo, un bombón rubio de ojos azules cristalinos, flechó a la menor de las Arab, al punto de que se dio otro matrimonio imposible, con la objeción de ambas familias.

En 1961 se casaron y a fines de ese año nací, en el hospital San José de Melipilla. Fui recibido por mi propio padre, mientras mi madre agonizaba de una eclampsia. Me bautizaron Mauricio Ramón, por San Ramón nonato, porque tras la cesárea nadie pensaba que sobreviviría. Mi madre tenía seis meses de embarazo, así que fui bastante prematuro.

Pero salí adelante y en Melipilla tuve la infancia de un mago. Rechazado por la familia de mi padre, encontré en mis seis tíos y tías libaneses, a dos madres y cuatro padres, un océano de amor. Era su regalón, el único descendiente de los Arab hasta entonces. Y estaban orgullosos de mí, sobre todo cuando balbuceaba palabras en árabe, que luego fueron frases.

Con el Dalai Lama en el norte de la India, en 1991.
Con el Dalai Lama en el norte de la India, en 1991.

Ya he dicho que para mis tías yo era como una joya a cuidar, y así me lo hicieron saber siempre. Pero para mis tíos no era distinto: mi tío José era el patriarca de los Arab, un piloto de avión, mi padrino. Adoraba pasear con él en su Cadillac rojo por el borde mar entre Con Cón y Viña, cada vez con una mujer más bella. Era todo un seductor este tío que usaba camisas de seda, con los dos primeros botones abiertos para ostentar su peludo pecho, parte de su gran sex appeal, aunque siempre sostenía que era el sentido del humor el mayor de todos los atributos de seducción.

Elías era “el flaco”, tahúr y pescador, un maestro con las cartas y la caña. Antonio era empresario de buses y dirigente deportivo del baloncesto melipillano. Con él y José hice mis primeros viajes a Santiago, a ver básquetbol y fútbol, toda una experiencia. Con ellos vi a Pelé jugando por el Santos en nuestro Estadio Nacional.

Mi tío Juan era el más cercano. El menor de los Arab hombres, era un campesino que criaba pollos, tenía una engorda de ganado y una lechería. Siempre estuvo orgulloso de mí, y desde muy pequeño me daba grandes responsabilidades, como que a los diez años llevé un tractor con un coloso lleno de pasto desde Melipilla hasta Puangue. Él me enseñó muchas cosas: a manejar, a andar a caballo, a lacear vacas y a cazar, caminando días enteros tras sus pasos. Era el más fuerte de los Arab, y reconozco en esos paseos con mi tío Juan los primeros destellos de mis viajes por las montañas.

Por supuesto, en este contexto árabe, mi padre me inculcaba la superioridad intelectual del pueblo elegido, y rabioso me sacaba la cresta a cada rato cuando me equivocaba. Recuerdo una ocasión en especial dura, cuando rompí unas copas en un cuarto oscuro donde mi papá, que era radiólogo, revelaba las radiografías. Me dio un susto mayor. Sabía que me masacraría a golpes, y culpé a mi hermana Jenny, quizás pensando en que para ella el castigo sería menor.

Pero no, mi padre la azotó a chicotazos, y no puedo olvidar a mi hermana en cuclillas, orinándose. Me sentí el más malo del mundo y el más cobarde. Quizás esa temprana herida del alma me llevó a no quererme, y a ser «Juan sin miedo», capaz de escalar lo imposible, y a buscar padre en otros hombres. A partir de entonces fui el mejor alumno en todos los cursos desde la escuela primaria hasta la secundaria, que hice en el estricto colegio The Grange, donde fui el mejor alumno todos los años en todas las asignaturas, y en medicina pasó lo mismo.

En la cumbre del Everest, con la bandera que le entregaron las monjas carmelitas de Auco.
En la cumbre del Everest, con la bandera que le entregaron las monjas carmelitas de Auco.

Mi hermana me perdonó. Lo hablamos algunas veces, y mitigaba mi dolor, porque siempre lloraba cuando tocábamos el incidente, diciéndome «un niño de once años teme a su padre tanto como para mentir. Yo te perdoné hace tiempo, Machicho».

Al contrario, yo no me perdoné, y llevé a mi padre dentro mío hasta mucho tiempo después. Un día, cuando lo vi ya de viejo, rezando por mi hermana Jenny, muerta, supe que también él sufría, y caí en la cuenta de que ese había sido un incidente crucial en mi vida. Supe que el hombre que quería ser un superhombre, que se colgaba de los acantilados, era ese niño intentando expiar su cobardía.
Me costó mucho encontrar el hilo perdido. Pero cuando lo hallé, mi vida tuvo sentido.

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