Histórico

Periodista entrega testimonio sobre rescate de Correa desde hospital

Patricio Rivas Mariño de la agencia Ansa se encontraba en el hospital en momentos que comandos de la policía ingresó al recinto para rescatar al Presidente.

Tras una puerta de vidrio, unos 50 periodistas esperábamos la salida del Presidente Rafael Correa  del ala del hospital policial en donde se encontraba secuestrado en el norte de la capital, en uno de los momentos más dramáticos  de la historia contemporánea del Ecuador.

Cada vez que uniformados entraban o salían del sitio ubicado  en el tercer piso, parecía inminente el rescate del mandatario,  que ya había estado unas 10 horas "descansando", primero en la  habitación 326 y luego en la 302. Pero Correa no aparecía.

Unos 40 miembros del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de  la policía ingresaron completamente equipados con el fin de  sacar al Presidente. Abajo, sus compañeros insubordinados habían  formado una "calle de honor", para despedirlo. Eso creíamos.

"Ya, queremos que se vaya", exclamó una mujer cabo que no  quiso identificarse, pero entonces se rumoreaba que Correa no  quería salir porque no había garantías para su seguridad.

Bruscamente empezaron los disparos que nos anunciaron la  llegada de los militares que venían a rescatar al Presidente. 

"­Aléjense de las ventanas!", gritaban los periodistas más  experimentados, mientras la intensidad de los gases lacrimógenos  alcanzaba el pasillo y nos obligaba a permanecer agachados o  tirados al piso junto con médicos y enfermeras. 

Las ráfagas hicieron que varios miembros del GOE salieran  apresurados, empujando a los que aguardaban tras la puerta, y se  lanzaran por una escalera.

"­Los militares están disparando a los policías!", se escuchó  gritar a uno de ellos. Y ese grupo, ¨salía a defender a sus  compañeros? Nadie se animaba a asegurarlo.

Mientras la balacera aumentaba, los demás miembros del GOE se  apoderaron del pasillo y otra vez, a empellones, trataron de  llegar a la misma escalinata. En medio de ellos, entonces sí,  iba Correa, en una silla de ruedas. 

Cuando ya salían con él, una bomba lacrimógena soltada en el  pasillo creó confusión y el pánico entre todos. Como en otros  momentos de la jornada, el gas fue otra vez detonante para el  agravamiento de la situación. 

La "comitiva" presidencial decidió mantenerse en el tercer  piso pero irrumpió en el ala contigua, ginecología, donde  permanecían madres que recién habían dado a luz, y enfermos.

Con el mismo empuje, rompieron puertas y accedieron después a  la sección de pediatría, donde seis niños se recuperaban de afecciones. 

Instantes después apareció el asesor presidencial Jaime  Sánchez, ecuatoriano-venezolano, considerado la "sombra" de  Correa: "¨Y el Presidente?" preguntó, dominado por el temor.

Con varias personas sólo acertamos a colarnos a la habitación  351 de la misma área, ginecología, donde un paciente se  recuperaba de su dolencia y de los gases lacrimógenos.

"­No puedo respirar, no puedo respirar!", alertó con  desesperación una colega, mientras intentábamos tranquilizarla,  y también tranquilizarnos.

En la oscuridad del cuarto, apareció otra figura que se  identificó como "miembro del gabinete" de Correa, que respondió  a mi pregunta: "¨qué quieren los policías?"

"Las intenciones son derrocarle al Presidente", contestó  Carlos Viteri, director del ECORAE, institución de desarrollo de  la Amazonía, región de mayor respaldo al ex Presidente Lucio  Gutiérrez, a quien el gobierno responsabilizó de la sublevación.

En pediatría, los policías del GOE se agolparon en el  corredor al encontrar las puertas de las habitaciones cerradas,  dispuestos a ingresar al área de neonatología, donde estaba un  bebé en una termocuna, relataron las enfermeras del área.

"­Hay niños!", les gritaron las enfermeras, plantadas frente  a una puerta de acceso y aparentemente dispuestas a defender el  lugar con sus cuerpos. Los uniformados, entonces, desistieron de  avanzar, se lanzaron al piso y encendieron papeles para aliviar  los efectos del gas, a pesar de la presencia de mangueras de  oxígeno.

Una de las enfermeras, de talla baja y unos 40 años, muy  afectada por la situación, tomó no obstante resueltamente la  silla de ruedas e introdujo a Correa a neonatología, por una  entrada lateral, a un cuarto con este letrero: Cuidados  Intensivos.

Las balas continuaban resonando en los exteriores del  complejo médico. Tres de ellas impactaron los vidrios del área  de "niños sanos" y una en la de "cuidados intermedios", también  donde estaban los recién nacidos.

La sección de "aislamiento", donde estaba el bebé en su  termocuna, no recibió impactos de bala, pero sí los gases y el  estruendo sin fin.

Pasaban los minutos y en la habitación 351 escuchamos gritos: "­no dispare, no dispare!". ¨Eran los militares que rescataban a  Correa, eran policías, leales, sublevados? Poco después, el  grupo del GOE volvió a irrumpir en el pasillo de ginecología con  grandes escudos rodeando a Correa, ya con máscara antigás.

Avanzaron hasta una puerta que daba a unas gradas exteriores  de emergencia y finalmente salieron, mientras las balas  arreciaban, sin que nadie adentro pudiera saber si iban contra  el mandatario o quienes intentaban salvarle la vida.

Media hora más tarde, el Presidente llegaba a salvo al  Palacio de Gobierno, en el centro de la capital, y se dirigía a  sus simpatizantes fervorosos.

En la habitación 351 solo permanecíamos el paciente y yo,  mirando a Correa por Ecuador TV, el canal público, mientras la  balacera todavía retumbaba en los exteriores.

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