Opinión

Abrir la puerta, reubicar la vergüenza

Gisèle Pelicot y su “Un himno a la vida”: El libro que transforma la vergüenza en un mensaje de esperanza.

Hay decisiones que parecen íntimas, pero en realidad no solo son públicas, sino que marcan un punto de inflexión en más de un ámbito de la vida en comunidad. Es una de las conclusiones con las que me quedo tras leer el libro de Gisèle Pelicot “Un himno a la vida”. Para quienes no la recuerdan, Pelicot fue víctima de violaciones sistemáticas facilitadas por su entonces marido, con participación de decenas de hombres, mientras ella se encontraba bajo sedación. Su historia es icónica, no solo por la magnitud del daño, sino por lo difícil que es asumir que el horror puede esconderse tras la apariencia de normalidad.

El quiebre que marca el caso fue su decisión de abrir el juicio al público. Pelicot cuenta que nunca dudó de una audiencia cerrada, una puerta que la protegiera de las críticas, la prensa y los comentarios. Pero con el tiempo, empezó a inquietarla el hecho de que esta puerta la dejaría sola con sus agresores, convertida —dice— en rehén de miradas, mentiras y desprecio. La privacidad, en vez de cuidado, se parecía demasiado a un encierro. De ese debate interno nació una frase que se volvió consigna: “Que la vergüenza cambie de bando”.

Su relato ayuda a entender que la vergüenza no es solo una emoción; también es una herramienta para disciplinar conductas. Por décadas, esa carga termina recayendo en quienes denuncian. Se manifiesta en el reflejo de la duda, en la insinuación de responsabilidad propia, en la demanda de detalles y justificaciones sin fin. Como si la víctima tuviera que rendir examen para acceder al derecho básico de ser creída.

Entonces, abrir la puerta es reubicar la vergüenza, que salga de la víctima y vaya, por fin, a posarse donde corresponde: en los perpetradores. Que sean ellos quienes carguen con el foco, con las preguntas, con el juicio. Con la puerta abierta, los hechos tienen nombre y apellido, se hace más difícil mirar para el lado y nos vemos forzados a preguntarnos cómo reconocer lo intolerable. Y aparece un detalle que Pelicot formula con precisión en su libro: la idea de que otras mujeres puedan entrar, sentarse y no sentirse tan solas.

Hay otro pasaje del libro que da cuenta de por qué esta decisión no es solo personal. Pelicot escribe que, con veinte años menos, quizá no se habría atrevido. Habla de “esas malditas miradas” con las que una mujer de su generación aprendió a convivir. Miradas que te hacen dudar “entre un pantalón y un vestido”, que te halagan y te avergüenzan, que pretenden medir tu valor. Esa frase abre una lectura generacional que, al conmemorar el Día de la Mujer, conviene recuperar. Hemos avanzado en derechos y también hemos ido desarmando esta mirada que corrige el cuerpo, la seguridad, la ambición. Y ahora esa conversación puede dar un paso más y que esas “malditas miradas” que durante tanto tiempo disciplinaron a las mujeres dejen de vigilar a quien denuncia y se posen por fin sobre quien abusó.

En el marco de este 8 de marzo, el riesgo es convertir esta historia en un emblema cómodo, donde admiremos la dignidad de Pelicot pero no saquemos lecciones. Porque la valentía individual no puede ser requisito. Una sociedad que dice proteger a las mujeres, pero las deja solas frente a la duda y el juicio, en realidad solo está cerrando puertas.

Cuando el entorno aprende a mirar a los perpetradores sin excusas ni coartadas, la vergüenza deja de perseguir a quien denuncia y empieza a perseguir a quien hizo daño. Y esa, más que la trama de un libro, es también una forma de hacer justicia. Ahí radica la fuerza del gesto de Pelicot. No está solo en lo que ocurrió, sino en lo que obligó a mover, lo que exige algo más que adhesiones simbólicas. Exige que el reflejo social cambie, con instituciones capaces de investigar con rigor sin convertir el testimonio en sospecha permanente. No para reemplazar la intimidad de cada historia, sino para que ninguna mujer tenga que elegir entre callar o exponerse.

No tengo otra opción que ser invencible”, escribe Pelicot. Y esa es justamente la presión que debiéramos dejar de normalizar, que una mujer tenga que volverse invencible para atravesar el proceso de ser escuchada. El estándar no puede ser la fortaleza excepcional; debe ser un entorno que no castigue a quien habla. Que el costo social no recaiga en quien ya carga demasiado. Y, como dice la consigna, que la vergüenza cambie de bando.

*La autora de la columna es abogada y directora de empresas

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