Por Gonzalo LarraguibelAlinear la organización a la disrupción de IA: desafiando paradigmas

En el siglo XX, las organizaciones se diseñaron y evolucionaron respondiendo a un paradigma: la inteligencia residía en las personas. Se podía incorporar maquinaria, software o automatización, pero interpretar información, ejercer juicio y decidir era humano. La IA desafía ese paradigma fundacional.
Hoy, parece ineludible para toda organización incorporar nuevas formas de inteligencia que no solo ejecuten tareas, sino que participen en procesos de análisis, coordinación y decisión. Agentes digitales que operan y aprenden autónomamente, que colaboran entre sí y robots y drones que actúan en el mundo físico, se integran a las empresas. La pregunta que surge es cómo adaptar y gestionar una organización en que la inteligencia que genera valor es una suma humana más máquina, y que evoluciona día a día.
Diferentes actores coinciden en que esta ya es una transformación profunda, veloz y muy compleja. Según Deloitte, el 74% de las organizaciones incorporará IA agéntica en el corto plazo, mientras solo un 21% cuenta con capacidades adecuadas. McKinsey estima que ya se podrían automatizar tareas equivalentes al 57% de las horas trabajadas en EE. UU. Google alerta que mientras la tasa de disrupción tecnológica es exponencial la adaptación tecnológica y organizacional, es decir los cambios de estructura, procesos, personas y cultura, es logarítmica, generando una brecha creciente. BCG señala que la IA deja de ser solo una agenda de áreas tecnológicas para ser una prioridad del CEO, migrando el foco desde la tecnología al negocio. Esto porque el impacto de la IA no se limita solo a la productividad, sino que afecta estructuralmente la manera en que las organizaciones se lideran, compiten, innovan y crean valor a los accionistas y a la sociedad.
En Chile, muchas organizaciones ya incorporan IA, pero sobre estructuras concebidas para el ayer y en un contexto regulatorio de baja flexibilidad. Automatizan tareas específicas y no procesos transversales. Incorporan agentes, pero conservan gobernanza, ritos e incentivos diseñados solo para personas.
Deloitte reporta que un tercio de las organizaciones quiere automatizar un 10% de sus posiciones en 2026, pero el 84% aún no ha rediseñado esas tareas alrededor de las nuevas capacidades. La mayoría enseña a las personas a utilizar nuevas herramientas, pero pocas se replantean cómo adaptar la organización, su evolución en el tiempo y los incentivos para acelerar la adopción gobernando riesgos y creando valor.
Hay una gran diferencia entre la IA y las tecnologías precedentes. El vapor y la electricidad multiplicaron la fuerza física. Internet multiplicó la conectividad. La IA multiplica la capacidad cognitiva y en plazos acelerados. Es la primera tecnología que participa en actividades asociadas históricamente a humanos, como análisis, coordinación y toma de decisiones. Por esa razón, y su trasfondo ético y moral, su impacto potencial en la sociedad en su conjunto trasciende a la empresa.
Durante más de un siglo, administrar implicó liderar personas. La próxima era parece requerir liderar e integrar inteligencias. Es necesario crear nuevos paradigmas. La pregunta que surge es cómo controladores, directores y ejecutivos adaptan sus organizaciones alineadas a la estrategia de negocio y de IA. La paradoja es que, cuanto más potente es la tecnología, más importa la organización que la gobierna y gestiona. La IA puede multiplicar capacidades, pero también amplificar debilidades. La falta de valores, procesos fragmentados, roles ambiguos, estructuras rígidas y burocráticas, falta de pensamiento crítico o líderes desalineados no desaparecen con mayor inteligencia: pueden escalar con ella. En un mundo de fácil acceso a la tecnología, la ventaja competitiva estará en organizaciones capaces de adaptarse continuamente, innovar y convertir esa inteligencia en valor sostenible siempre cuidando que sigamos siendo humanos.
*El autor de la columna es socio en Monitor Deloitte
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