Por Sergio Molina Bolivia bloqueada

Rodrigo Paz llegó al poder con una promesa ambiciosa: cerrar el ciclo del MAS sin empujar a Bolivia hacia una revancha. Seis meses después, esa promesa enfrenta su prueba más compleja. La crisis ya no se reduce a bloqueos, combustible o protestas. Es, sobre todo, una disputa por el sentido del nuevo gobierno.
Paz ha tenido iniciativa, pero iniciativa no siempre equivale a conducción. En pocos meses movió piezas clave —subsidios, gasto público y propiedad agraria— con una coalición heterogénea y frágil. Recordemos que ganó con votos muy distintos: sectores populares hastiados del prebendalismo y la corrupción del ciclo Morales-Arce, clases medias agotadas del MAS, empresarios en busca de apertura y electores que esperaban castigo a la corrupción, pero también protección frente al alza del costo de vida. Esa mezcla puede servir para ganar una elección; no necesariamente para sostener un ajuste.
Cuando el vicepresidente Edmand Lara acusa a Paz de gobernar “para los ricos”, no actúa solo como un exaliado incómodo. Traduce una sospecha instalada que explica gran parte de lo que pasa hoy en Bolivia: que el gobierno ganó con votos populares, pero empezó a decidir con una lógica más cercana a empresarios, acreedores y élites urbanas. Puede ser una acusación injusta en términos técnicos, pero es políticamente eficaz. Y si a eso se suma Evo Morales, que no crea el malestar pero sí lo empuja, lo organiza y celebra la crisis, el cuadro se vuelve más inestable. Para más inri, la expulsión de la embajadora colombiana, tras las palabras de Gustavo Petro sobre una “insurrección popular”, muestra que la crisis desbordó la política interna.
Para Chile, en cambio, Paz abría una ventana para recomponer el vínculo bilateral y reactivar el comercio, pero ninguna agenda prospera si Bolivia queda paralizada.
El desafío del presidente boliviano es reconstruir una coalición no para ganar elecciones, sino para gobernar, y Bolivia no ofrece pronósticos simples. Racismo latente, polarización extrema, fuerza indígena y campesina, bloqueo territorial y memoria de crisis anteriores son señales de un desenlace abierto. Si Paz no convierte su mayoría electoral en un gobierno capaz de iniciar un nuevo ciclo, los bloqueos de hoy pueden ser apenas el primer síntoma de una crisis más larga. En resumen, en estos días se decide si él será el último estertor del viejo orden o el comienzo incierto de uno nuevo.
Por Sergio Molina, director de la consultora Tercera Letra (terceraletra.com)
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