Opinión

Carta abierta a jóvenes mujeres profesionales

Un “costo oculto”: por qué las mujeres evitan lugares de trabajo “planos”, sin gerentes y jefes

Por mucho tiempo me pregunté si las mujeres “necesitábamos” un día de la mujer. Pensaba que nos hacía parecer débiles y me decía que “yo me la había podido sola, sin ayuda” y que “si uno quería, lo lograba”. Con el tiempo entendí lo miope que estaba: normalicé situaciones pequeñas pero reveladoras, como cuando me pedían salir en una foto porque “tiene” que haber una mujer, pero olvidaban que había sido panelista en el evento o cuando pensaba que la oferta de trabajo fue “por ser mujer” (y no porque la merecía). Tampoco vi toda la ayuda que recibí. Por eso, en la antesala de este 8 de marzo, me dirijo a aquellas jóvenes mujeres profesionales para decirles lo que me habría gustado escuchar cuando salí de la universidad.

Las mujeres tenemos “algo” que nos hace pensar que “no podemos”, que “no somos suficientemente inteligentes”. Nos convencemos de que “no es el momento” de asumir un desafío y lo dejamos pasar. Cuando nos pasan cosas buenas -una oferta laboral, un premio, un ascenso– pensamos que se deben a que “estábamos en el lugar correcto en el momento correcto” o bien que “tuvimos suerte porque necesitaban a una mujer”. Mi primer mensaje es simple: no es cierto. Ninguna de ustedes está donde está por suerte, sino porque completaron de manera exitosa el mismo programa académico que sus compañeros hombres y porque han trabajado con responsabilidad y disciplina. No fue regalo. Fue mérito. Confíen en ustedes mismas, atrévanse a enfrentar los desafíos y créanse el cuento.

Se habla mucho de la importancia de tener referentes mujeres que muestren el camino. Es valioso, pero la realidad es que no siempre habrá una mujer a quien seguir. No importa. Rodéense de personas que las nutran, que crean en ustedes (a veces más que ustedes mismas), que las desafíen y que las empujen. Puede ser un jefe, un profesor, una pareja, un familiar. El punto es elegir bien a quién escuchar, sin importar si es hombre o mujer.

Atrévanse a mostrarse. Por muy buenas profesionales que sean, nadie las va a ir a buscar si no las conocen. Comuniquen sus logros, den su opinión en reuniones, hagan preguntas en los seminarios sin miedo a que la pregunta sea “tonta” (hombres y mujeres hacemos buenas y malas preguntas), quédense al coffee break para conversar con sus pares, pidan feedback. Participen en redes profesionales y no sólo en redes de mujeres.

No tengan miedo a negociar. Pedir un sueldo justo, mejores condiciones o un rol más desafiante no es ser “difícil”: es profesionalismo. Si la respuesta es no, pidan criterios claros y próximos pasos. Negociar también es aprender a poner límites y , a veces, decir que no: no todo “sí” es una oportunidad, a veces es sólo carga.

Por último, aquellas que han logrado tener trayectorias exitosas, abran puertas a otras mujeres y compartan su experiencia. Tal vez es cierto que lo lograste sola, sin ayuda. Pero ¿cuántas otras, con las mismas capacidades, quedaron en el camino porque encontraron barreras que no pudieron superar? Que tu avance sea un puente. Porque cuando una mujer avanza, todas avanzamos.

Por Soledad Arellano, vicerrectora académica y de Investigación UAI

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