Por Mauricio VillenaChile 2026: viento externo a favor, tarea interna pendiente
El IPoM de diciembre del Banco Central entrega una señal que conviene leer sin caricaturas: 2026 podría ser un año mejor para la economía chilena, pero ese resultado no está garantizado. Dependerá de que se consoliden fuerzas hoy en marcha —inversión, normalización inflacionaria y mejores términos de intercambio— y de que no se materialicen riesgos externos que el propio Consejo identifica como relevantes. En su escenario central, el BC eleva el rango de crecimiento a 2,0–3,0%, apoyado en una inversión más dinámica y un consumo que acompaña sin poner en riesgo la desinflación.
La primera pieza del rompecabezas es la inversión. El IPoM proyecta que la Formación Bruta de Capital Fijo crecerá 4,9% en 2026, tras 7% en 2025, con un impulso que debería volverse más transversal si el ciclo minero se propaga y la construcción deja de rezagarse. Aquí está el punto clave: Chile no necesita solo más inversión, sino inversión que se difunda, genere encadenamientos y eleve productividad. Si el próximo gobierno logra acelerar proyectos y destrabar cuellos de botella, las proyecciones del IPoM podrían incluso quedarse cortas. Por lo mismo, excluir la minería del análisis debilita el diagnóstico: el boom actual se origina allí y el desafío es que se extienda al resto de la economía.
La segunda pieza es la inflación, que condiciona la trayectoria de tasas y el costo financiero del ciclo. El IPoM prevé convergencia a 3% en el primer trimestre de 2026 y estabilidad en torno a la meta el resto del horizonte. Con expectativas ancladas, la política monetaria puede normalizarse con menor costo real, aunque el propio Banco Central fija límites claros: la TPM neutral nominal se ubica entre 3,75% y 4,75%. Habrá espacio para bajas de tasas, aunque no necesariamente con tasas “ultrabajas” como en otros episodios.
La tercera pieza es externa, con el cobre nuevamente en el centro. El IPoM ya asume un precio elevado para 2026, mientras Cochilco reporta máximos históricos recientes y que el promedio anual alcanzó US$4,49 la libra, 8% por encima del registrado en igual período de 2024. No es solo “sentimiento” financiero: el reporte enfatiza fundamentos físicos estrechos, con inventarios en la Bolsa de Metales de Londres en torno a 160 mil toneladas y una fracción importante en warrants cancelados, lo que reduce disponibilidad efectiva; además, esos inventarios serían aproximadamente 40% inferiores a los observados a inicios de año. En paralelo, conviven señales de desaceleración en China con una Reserva Federal que inicia recortes, reforzando condiciones financieras más flexibles. Surge entonces la pregunta fiscal: ¿cuánto “viento a favor” puede traer un cobre más alto?
Conviene ser sobrios. Un mayor precio mejora la recaudación por dividendos, impuestos y royalty; y, en números redondos, cada centavo adicional puede sumar del orden de US$ 50–60 millones a los ingresos del Fisco. Pero eso no es un cheque en blanco: la regla fiscal impide transformar ingresos cíclicos en gasto permanente. El uso macro más sano de este impulso transitorio es reducir deuda o necesidades de financiamiento, no expandir compromisos estructurales.
En síntesis, 2026 puede devolverle tracción a Chile: crecimiento cercano al 3%, inversión en torno a 5% e inflación alineada con la meta. Pero no hay espacio para triunfalismos. La oportunidad existe, aunque exige credibilidad macro, disciplina fiscal y capacidad real de destrabar proyectos para traducir el impulso minero en productividad y empleo.
Por Mauricio Villena, decano Facultad de Administración y Economía UDP
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