Chile ante un tablero en movimiento

Las piezas del puzzle económico mundial se están reordenando a gran velocidad. La competencia geopolítica, los cambios en las cadenas de suministro y la disrupción tecnológica están transformando cómo los países producen, comercian e invierten. En este escenario de incertidumbre, Chile no puede decidir dónde quedará cada pieza, pero sí puede y debe jugar bien sus fichas.
Una de las más valiosas es nuestra relación con Estados Unidos: un vínculo estable y profundo, construido durante décadas sobre instituciones sólidas, comercio, inversión y cooperación. El Tratado de Libre Comercio (2004) y el Convenio para Evitar la Doble Tributación, vigente desde 2024, son expresiones concretas de una relación que se adapta a distintos ciclos políticos y económicos.
Las cifras lo dimensionan: en 2025, el intercambio bilateral alcanzó US$33.908 millones, y el stock de inversión estadounidense en Chile llegó a US$29.455 millones a fines de 2024. Estados Unidos es nuestro segundo socio comercial, principal destino de las exportaciones de servicios y uno de los principales mercados de envíos no tradicionales.
Pero el vínculo se entiende mejor detrás de los números: empresas que generan empleo, forman talento, transfieren tecnología y desarrollan proveedores en sectores como minería, energía, retail e infraestructura digital. Solo en 2024, las compañías estadounidenses lideraron la cartera de InvestChile, con 144 proyectos por US$20.510 millones y más de 6.200 empleos potenciales. Y la relación opera en ambas direcciones: empresas chilenas también invierten y generan empleo en Estados Unidos. No es solo intercambio comercial, sino una plataforma de creación de valor compartido.
Reconocer esta trayectoria no significa obviar el elefante en la habitación. Estados Unidos aplicó a Chile, junto a otras 60 economías, una sobretasa arancelaria de 12,5% bajo la Sección 301, que reemplazó al arancel transitorio de 10% vigente desde abril de 2025. La medida no sostiene que en Chile se produzcan bienes con trabajo forzoso, sino que cuestiona si contamos con mecanismos suficientes para impedir su importación.
Es una medida muy dura para nuestros exportadores, y esperamos que pueda ser revisada mediante un diálogo franco, considerando la trayectoria de cumplimiento de Chile.
A esto se suma un informe de la Casa Blanca que advierte sobre el uso de terceros países como “caballos de Troya”: mercancías de países con aranceles altos que transitan por un tercer mercado, donde son reetiquetadas o apenas ensambladas, para ingresar a Estados Unidos como originarias y pagar una tasa menor. Chile aparece entre las 40 economías mencionadas, en el grupo de menor volumen estimado y sin operaciones concretas identificadas. El informe no acredita irregularidades en Chile; el desafío es hacer valer los controles existentes y asegurar el pleno cumplimiento de las reglas de origen.
Chile debe defender la integridad de sus exportaciones y su trayectoria de cumplimiento. Hoy, cuando la trazabilidad pesa tanto como la competitividad, el friendshoring abre una oportunidad concreta para países confiables como el nuestro. Estados Unidos necesita minerales críticos, energía limpia, infraestructura digital y proveedores confiables; Chile tiene cobre, litio, energías renovables, potencial en tierras raras, economía abierta y talento digital. El desafío es transformar esas ventajas en inversión, tecnología y mayor valor agregado.
Para lograrlo se requiere certeza regulatoria, diálogo directo y capacidad de convertir oportunidades en proyectos. Pero debemos movernos rápido: en un mundo que avanza a la velocidad de la inteligencia artificial, la lentitud tiene costos. El tablero global seguirá cambiando y Chile no puede limitarse a reaccionar: debe jugar bien sus fortalezas y proyectar su relación con Estados Unidos hacia los desafíos que vienen.
Nicolás Goldstein es presidente de AmCham Chile y Fernanda Soza es gerente general de AmCham Chile
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