Columna de Nicole Gardella: La silla y la cuna

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El cuidado de otros demanda enormes esfuerzos emocionales y físicos. Estar con -y para- una persona que necesita atención requiere de fortaleza en múltiples dimensiones. Cuidar a otro significa, en su acepción primera, pensar en él, es detenerse ante él. El acto es primero mental, luego es una acción. Es el cogito ergo sum cartesiano en todo su esplendor.

En los pensamientos sobre otros, los afectos nos invaden, sobre todo si la responsabilidad en el cuidado se sostiene por nuestros vínculos, como cuando una madre cuida a un hijo enfermo. En esa relación se demandan sensibilidades y capacidades que exceden lo puramente analítico. Sin importar si conocemos la enfermedad o la cura, estamos ahí para sostener a quien se nutre de nosotros. De hecho, toda cría depende primero de una hembra y luego de su manada. Una madre, aunque nunca lo haya sido antes, cuida y alimenta por instinto también. Pero cuando un hijo enferma y hay una madre que lo cuida, a nadie le importa si ella sabe algo particular. Al hijo necesita que pueda contenerlo, amarlo, protegerlo, eso es lo imprescindible; y el resto se ampara en eso. Poco sabe el hijo de lo que necesita su madre cuando lo cuida, de sus miedos y de su cansancio. La manada sí lo sabe. El Estado también.

Cuando en septimebre de 2021 se promulgó la ley Mila, que asegura un estándar mínimo a quienes acompañan menores que permanecen internados, parecía que ese esfuerzo que se exige a los cuidadores se fortalecía; al menos se validaba. Se trata de prever formas de acompanamiento digno, entre las que se incluyen dormir en un lugar adecuado. Pero lo cierto es que no es así para todas, por ejemplo para Claudia. Desde una zona aislada de nuestro país, ella llegó después de un largo recorrido a Santiago buscando terapias y tratamientos especializados para su hija de 10 meses. Todavía no alcanza los 6 kilos por un reflujo severo, se alimenta solo por sonda, todavía no se sienta por una hipotonía importante, tiene piebot, y padece de otras afecciones que lamentablemente podría seguir anotando. Es cierto que a Claudia le permiten acompañar a su hija, pero está en una silla al lado de su cuna, en un hospital desconocido, a más de 1.200 kilómetros de su red de apoyo, esperando, queriendo y necesitando que alguien la cuide a ella, para ella poder cuidar. La norma técnica para aplicar la ley Mila está disponible, pero algo falta todavía, quizás recursos, quizás empatía.

La manada de Claudia está lejos. Tampoco la apoya el Estado ni el hospital que habita hace meses. Ella piensa en su hija, piensa en estar, pero al mismo tiempo debe dejar de ser ella. Piensa, y ya casi no existe, porque alcanza a nutrirla, pero no a nutrirse. Por instinto permanece a su lado. Duerme sentada en una silla con la frente apoyada en la mano de su hija. Ante esa escena me pregunto quién sostiene a quién. Me pregunto también cuánto esfuerzo puede seguir pidiéndosele a una madre que aprende solitariamente a serlo por primera vez en un hospital, en una silla, al lado de una cuna.

Nicole Gardella, Fundación OVO Chile.

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