Por Hernán LarraínCosta Rica y Panamá en debate

Invitado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Costa Rica, participé la semana pasada en un seminario conmemorativo donde hubo un detenido debate de ideas sobre la justicia y el actual estado de cosas a nivel internacional.
Existe preocupación e incertidumbre. La ruptura del antiguo orden mundial plantea dilemas existenciales en organismos como la CIDH, hijos del derecho internacional y el multilateralismo, conceptos cuestionados por las nuevas doctrinas que impulsan los “grandes”, quienes priorizan el ejercicio del poder y sus intereses. La prevalencia de instancias como esta corte, con todos sus límites y errores, es prenda de garantía que la ley prevalezca sobre la fuerza y los derechos fundamentales de las personas se respeten por la autoridad.
En el seminario expuse sobre “Independencia judicial y democracia”, un binomio inseparable; la una no puede prescindir de la otra. La batalla por la justicia es, entonces, la batalla por la democracia, y viceversa. En palabras del presidente de la Corte Suprema de Brasil, debemos respetar la fuerza del derecho, no el derecho de la fuerza.
Luego concurrí al Foro Económico Internacional organizado por la CAF en Panamá, con más de seis mil asistentes: autoridades, políticos, empresarios, profesionales, sociedad civil, etc. –un Davos de América Latina-, para discutir acerca de cómo posicionar la región en el orbe.
Al igual que en Costa Rica, el diagnóstico no era optimista. Los cambios en marcha y el quiebre de las reglas del juego han dificultado la relación entre los Estados y el funcionamiento del comercio, abriendo incógnitas ulteriores y dudas en la inserción de AL. Somos vagón de cola.
En su inauguración expusieron ocho presidentes, permitiendo reconocer en sus locuciones las causas de nuestra intrascendencia, pero también luces de esperanza. La retórica del Presidente colombiano, Gustavo Petro, resumió como pocos el fracaso de naciones presas de la palabrería exuberante, vacía de contenido e inflamada de demagogia. La improvisación voluntarista solo augura pobreza y decepción ciudadana. Contrastó con las voces de los presidentes de Bolivia y Chile. Reconocidas como las mejores, ambas dieron señales de confianza. Rodrigo Paz expresó con claridad la necesidad de trabajar con la verdad, pensando en el futuro, abriéndose a alianzas con todos, empezando por Chile; dejar atrás décadas de distanciamiento (sin renuncios) en pos de un mejor porvenir. Kast recogió el guante y manifestó la relevancia de la integración, privilegiando a nuestros vecinos, sin complejos. Fue más allá: estrechando manos con Lula, dijo que “si a Brasil le va bien, a Chile (y AL) le va bien”. Otro espíritu.
En mi caso, intervine abriendo el panel sobre “Seguridad jurídica y desarrollo económico”, donde se pudo reiterar la importancia decisiva que tiene el orden, la seguridad pública y la certeza jurídica para el emprendimiento. ¿Quién invierte, hace negocios o genera innovación en un país sin estado de derecho? Nuestra confianza está en el imperio de la ley, no en la ley del imperio.
Por Hernán Larraín, abogado y profesor universitario
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