Del estereotipo a la inclusión

Generalmente, la imagen pública asociada a una persona mayor es la de alguien caminando con bastón. Este estereotipo se perpetúa incluso en la señalética del transporte público y de la atención preferencial en el comercio o la banca. Sin embargo, las cifras contradicen esta imagen: según la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia 2022, el 77,8% de las personas de 60 años o más no se encuentra en situación de dependencia funcional; es decir, son autovalentes.
El envejecimiento acelerado de nuestro país no es novedad. Lo que sí puede ser innovador es la forma en que abordamos esta realidad en un país donde la convivencia está cada vez más fragmentada y en el que tendemos a relacionarnos con personas de edades y experiencias similares. Esto cobra especial relevancia cuando el 49,2% de las personas mayores experimenta soledad no deseada y el 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social.
Frente a este escenario, es importante abordar la vejez de manera integral y no únicamente mediante programas dirigidos a las personas mayores. La perspectiva intergeneracional debe incorporarse en las políticas públicas de manera transversal e intersectorial: en la educación, la vivienda, el trabajo y el diseño de barrios y espacios comunitarios.
La evidencia ha demostrado que, cuando se crean espacios de interacción entre las distintas generaciones, se produce un aprendizaje mutuo, se derriban prejuicios y se fortalece el sentido de pertenencia. Necesitamos promover vínculos cotidianos entre las distintas edades. No se trata de idealizarlos ni de asignar a las personas mayores el papel obligatorio de cuidadoras o transmisoras de experiencia. La inclusión intergeneracional debe construirse desde la voluntad, el respeto y la reciprocidad: todas las generaciones tienen algo que aportar y también algo que aprender. Para lograrlo, los encuentros deben trascender el ámbito privado.
La invitación es a abrir espacios de encuentro: en las escuelas, facilitando que los estudiantes compartan con personas mayores significativas de sus familias o comunidades; en las empresas, promoviendo mentorías entre generaciones con foco en el desarrollo laboral; en las políticas de vivienda, incorporando espacios que favorezcan el encuentro y el cuidado comunitario; y en los espacios públicos, impulsando proyectos pensados para todas las edades.
El desafío que tenemos va más allá de responder al envejecimiento de nuestro país. Se trata de construir una sociedad donde las distintas generaciones no solo compartan un mismo espacio, sino que puedan encontrarse, reconocerse y transformar juntas la sociedad.
Por Alejandra Ríos Urzúa, Observatorio para la Inclusión, Instituto UNAB de Políticas Públicas, y Beatriz Urrutia Quiroz, Fundación Grandes
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