“Me van a ahorcar”: la lógica que empujaría a Putin a intensificar la guerra en Ucrania
Fuentes cercanas al Kremlin aseguran que el presidente ruso temería mostrarse débil y habría optado por escalar el conflicto en una muestra de fortaleza antes que negociar una salida. China lo respalda en lo diplomático, pero tendría un límite: el uso de armas nucleares.

El 29 de agosto, durante un encuentro con personal y estudiantes de una universidad de Moscú, Vladimir Putin comentó que las orcas se alimentan de osos polares.
“Esa es la cadena alimenticia”, dijo el presidente ruso, y agregó que había que enseñarles eso a los niños “para que comprendan en qué tipo de mundo vivimos y por qué estamos llevando a cabo esta operación militar especial”, en referencia a la guerra contra Ucrania.
La afirmación no tenía sustento factual, porque no existe registro de una orca que haya cazado un oso polar. Pero la anécdota retrató la visión del mundo que guía al mandatario ruso, según consignó The Economist en un análisis sobre el Kremlin.
Los países de la OTAN observan con inquietud el rumbo que toma el pensamiento de Putin. El Ejército ruso lleva años estancado en el frente oriental ucraniano, con decenas de miles de bajas mensuales entre muertos y heridos graves. La guerra se transformó en un intercambio de ataques con drones y misiles que castiga a Ucrania y también deja daños visibles dentro de Rusia.
Y Putin no muestra señales de ceder terreno. La preocupación en Europa y Estados Unidos es que busque una salida al tupik -la palabra rusa para callejón sin salida- tal como lo hizo en el pasado, y que esa salida sea una nueva intensificación del conflicto.
Los indicios de una inquietud en occidente por una eventual escalada se acumularon en pocos días. El 25 de agosto, el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó de forma inesperada a Moscú, en un viaje que generó versiones distintas. Algunos sostienen que buscaba advertir a Putin que no atacara a países de la OTAN. Otros -apuntó la revista británica- creen que pretendía mostrarle un panorama adverso en el conflicto en Ucrania y convencerlo de negociar.
Tres días después, Finlandia pidió apoyo a Suecia con aviones y buques de guerra para vigilar su frontera con Rusia. Alemania se prepara para responsabilizar públicamente a Moscú por el ataque con drones del 4 de agosto contra el aeropuerto de Leipzig, lo que abriría paso a nuevas sanciones. Rumania y Eslovaquia reportaron en agosto haber frustrado la acción de un dron naval contra una plataforma petrolera y un ataque incendiario contra una fábrica de drones.
En paralelo, Putin rompió su prolongado silencio sobre los ataques ucranianos -cada vez con mayor tasa de éxito- contra refinerías y centros logísticos rusos, entre ellos bodegas de Wildberries, el mayor minorista electrónico del país.
El 22 de agosto acusó a Ucrania de abrir la “caja de Pandora” y prometió “represalias en los sectores más sensibles de su economía”. Ese mismo día, ante Rusia Unida, el partido del Kremlin, descartó cualquier posibilidad de terminar la guerra. “La operación militar especial continúa”, aseguró. “Solo avanzaremos”.
La lógica que no perdona el fracaso
Fuentes cercanas al Kremlin sostienen que, tras semanas de deliberación durante el verano boreal, Putin habría optado por intensificar el conflicto.
Un colaborador cercano al mandatario ruso afirmó que probablemente interpretó la visita de Ratcliffe como una señal de debilidad estadounidense, la misma lectura que hizo en noviembre de 2021 cuando Bill Burns, entonces director de la CIA de Joe Biden, viajó a Moscú para advertirle sobre una eventual invasión a Ucrania. Sin embargo, tres meses después, la invasión se concretó.

“Nadie puede saber con certeza qué evalúa Putin, pero sus razones para escalar, igual que su decisión original de invadir, responden a cálculos internos. Su objetivo ha sido siempre preservar el poder y, en última instancia, su propia vida”, consignó The Economist.
Dentro de Rusia, el respaldo tácito a la guerra está cada vez más erosionado. Los ataques aéreos ucranianos contra refinerías y comercios electrónicos, sumados a las restricciones de internet impuestas por los servicios de seguridad, quebraron la apariencia de normalidad que cultivó el Kremlin desde 2022. The Levada Centre, la encuestadora independiente más consultada del país euroasiático, registró que el 57% de los rusos describe la situación actual como “tensa”, y menciona la guerra, el número de muertos, la movilización, los ataques con drones y la falta de perspectivas como sus principales motivos.
La confianza en la propaganda televisiva cae y los jóvenes publican en redes sociales llamados a poner fin a la guerra. Y el índice de aprobación de Putin ha ido retrocediendo en los últimos meses, según el mismo centro de estudios.
El malestar es mayor entre las élites. Una fuente interna aseguró que el tiempo perdido en la guerra pesa más que la economía o la falta de éxitos militares, porque casi cinco años sin un resultado claro equivaldrían a un fracaso.
“Existe una creciente sensación de que el zar está al descubierto”, afirmó otro miembro de la élite rusa, citado por la revista. Ningún problema económico o político resulta letal para Putin, porque cuenta con recursos y un aparato represivo para sostenerse, pero la percepción de debilidad importa.

Putin puede formular sus objetivos con el lenguaje de la geopolítica, pero se mueve según la lógica criminal de su propio régimen, que tolera la violencia y no perdona el fracaso, apunta The Economist.
Él mismo creería que cerrar la guerra sin lograr -al menos- la anexión completa del Donbás, en el este de Ucrania, lo dejaría expuesto físicamente.
“Me van a ahorcar”, les dijo a algunos de sus allegados en referencia a la imposibilidad de lograr este objetivo, según una fuente interna. Mantener el conflicto en su forma actual tampoco resuelve nada para el Kremlin.
“Los escenarios impulsados por la inercia son desventajosos para el Kremlin”, advirtió un miembro de la élite rusa, porque solo se están consumiendo recursos económicos y desgastando capital político.
La nueva escalada
No hay certeza sobre la forma que tomaría una nueva ofensiva rusa, pero la inteligencia occidental anticipa una guerra híbrida más intensa y sabotaje contra los aliados de Ucrania, con ataques a las rutas de suministro entre Europa y el frente ucraniano e incluso contra fábricas europeas que producen material bélico para Kiev. Coinciden, eso sí, en que Putin busca evitar una confrontación militar directa con la OTAN.
Dentro de Ucrania, la escalada implicaría profundizar lo que Rusia ya ejecuta. El 30 de agosto, el Ministerio de Defensa ruso anunció que prepara un ataque masivo contra la infraestructura energética ucraniana, un movimiento que Kiev ya esperaba como parte de la ofensiva con la que Moscú buscaría quebrar la voluntad ucraniana este invierno.

En el frente terrestre, fuentes rusas indican que Putin está decidido a enviar entre 300 mil y 400 mil hombres adicionales.
El refuerzo de tropas probablemente se completará mediante la coerción de gobiernos regionales rusos y la coacción ciudadana. El Kremlin ya prueba ese nuevo sistema de reclutamiento forzoso en Penza, una región a 750 kilómetros al sureste de la capital rusa.
Putin también podría endurecer la represión contra los llamados “enemigos internos” para exhibir fortaleza, más que por una amenaza real a su poder. Lo más probable es que nada de esto resuelva los problemas estructurales de Rusia y que, en cambio, profundice el sufrimiento de la población y la inestabilidad del país, señaló The Economist.
El límite nuclear y las provocaciones
El respaldo de Beijing sigue siendo una variable central en los cálculos del Kremlin. Este lunes se dio inicio a la cumbre del 25° aniversario de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Biskek, Kirguistán, instancia que reunió a mandatarios de 10 países asiáticos bajo la esfera de poder de Beijing. Entre ellos, Rusia.
En este contexto, pero al margen de la cumbre, el presidente chino, Xi Jinping, y su par ruso se reunieron.
Xi le aseguró a Putin que, bajo su “dirección estratégica y esfuerzos conjuntos”, las bases de la relación bilateral se fortalecerán con perspectivas más prometedoras, según informó la agencia estatal china Xinhua.
“Las incertidumbres y los factores impredecibles en la situación internacional han aumentado notablemente”, dijo Xi durante el encuentro.
Ese vínculo, sin embargo, tendría un límite. El presidente finlandés, Alexander Stubb, aseguró que China le garantizó en privado que no permitirá que Rusia utilice armas nucleares, de acuerdo con la edición europea del medio Politico.
“Este verano me visitó el ministro de Asuntos Exteriores de China y le planteé el tema”, dijo Stubb. “Me respondió que jamás lo permitirían. Y creo que eso constituye una sólida disuasión”. El canciller chino, Wang Yi, se reunió con Stubb en Helsinki el 5 de julio, encuentro en el que abordaron la invasión rusa a Ucrania y la seguridad europea.
El mandatario finlandés también relativizó el temor a una escalada nuclear o a un ataque directo de Rusia contra la OTAN, un cálculo que -según señaló- conviene al propio Kremlin. “Rusia quiere que los europeos nos sentemos aquí a debatir: ¿Aumentará la tensión? ¿Usará armas nucleares? ¿Atacará Rusia a la OTAN y a Europa?”, cuestionó el líder finlandés.
“Mantengan la calma, la serenidad y la vigilancia. No dramaticen, prepárense para lo peor para evitarlo”, recomendó. Describió los intentos rusos de tantear a la alianza como “más bien provocaciones” antes que preparativos de guerra, y remarcó que las tropas rusas permanecen inmovilizadas en Ucrania mientras la disuasión de la OTAN hace improbable un ataque directo.
“Estoy seguro de que nos acercamos al día en que sería útil para los europeos mantener un contacto más directo con Rusia”, afirmó, “sobre todo porque debemos evitar malentendidos”. Aclaró que el continente “aún no ha llegado a ese punto” y que la prioridad inmediata sigue siendo el apoyo a Ucrania. “No se puede simplemente silenciar el diálogo. Hay que abrir la conversación”, concluyó.
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