Opinión

Día de la mujer

Jonnathan Oyarzún/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Ante el conflicto en Medio Oriente, la compleja situación de Chile ante los intereses de China y Estados Unidos, la precaria situación fiscal, el magro crecimiento económico y los mediocres resultados educacionales del Simce, pareciera ser que los problemas relativos a la desigualdad de género pierden peso. Pero eso no es más que una ilusión. El mayor desafío que enfrenta nuestro país, aunque todavía soterradamente, tiene relación con el cambio demográfico acelerado que está experimentando. Todos los años el INE nos anuncia que hemos alcanzado la tasa de fecundidad más baja de la historia; en 2025 Chile alcanzó una tasa global de fecundidad de 0,97 hijos por mujer y se estima que en 2028 lleguemos a 0,89 hijos, posicionándonos entre los países con menor tasa de fecundidad del mundo. Según las estimaciones del INE, la población crecerá en la próxima década 2,4% hasta alcanzar cerca de 20,6 millones de personas, para empezar a decrecer el año 2037. Se estima que en 2070 la población será de 17 millones de habitantes y en continuo decrecimiento. ¡Qué largo me lo fiais! Dirán algunos. Pero miremos la distribución de la población para 2035, que está a la vuelta de la esquina. Para ese año, el 26% de la población tendrá sobre 60 años, para 2050 el 37% y en 2070 sobre el 50%, mientras que ahora solo el 21% se encuentra en ese tramo etario. La población menor de 15% años corresponderá al 11% en 2035, 8% en 2050 y 7% en 2070, significativamente menos que el 16% actual.

Las consecuencias del acelerado cambio demográfico se están empezando a sentir en la educación escolar y en salud, pero de forma aún más profunda en la composición familiar de los hogares. ¿Qué explica este cambio tan brutal? No hay un solo factor que explique este cambio, pero el crecimiento económico conlleva cambios sociales y culturales que sin duda inciden. El acceso de las mujeres a la educación superior abre la puerta para su inserción en el mundo laboral profesional, introduciendo nuevas expectativas. Lamentablemente, las condiciones laborales en nuestro país no son favorables para las mujeres y menos aún para las mujeres con hijos. Chile es el país con la mayor brecha salarial entre hombres y mujeres de América Latina, siendo que las mujeres chilenas tienen más años de educación que las mujeres en el resto de Latinoamérica.

Son varios los factores que explican esta desigualdad, pero, por lo pronto, la propia legislación y la distribución de las tareas al interior del hogar contribuyen a ello. El Código del Trabajo establece que las empresas con 20 trabajadoras o más deberán financiar la sala cuna de los hijos menores de dos años de sus trabajadoras. Las consecuencias previsibles son: empresas pequeñas contratan hasta 19 mujeres y en las empresas más grandes el salario de la mujer se castiga por el mayor costo que conlleva su contratación. El supuesto implícito es que los hijos son responsabilidad exclusiva de las mujeres. El proyecto de sala cuna viene a corregir esta injusticia, pero aún derecha e izquierda no se pueden poner de acuerdo. ¡Vaya novedad!

La literatura muestra que un factor fundamental que explica las brechas salariales es la desigual distribución de las tareas del hogar. La Encuesta Nacional del Uso del Tiempo de 2024 revela que las mujeres son las principales cuidadoras de los niños. Las mujeres con hijos pequeños dedican más de 7 horas diarias a tareas no remuneradas, casi 80% más que sus parejas hombres, impactando directamente en su participación y trayectoria laboral, en sus ingresos y satisfacción con la vida. La Encuesta Bicentenario 2024 (Centro de Políticas Públicas UC 2024) indica que una de las principales razones por las que las familias no tienen hijos o no tienen más es debido a que “tener niños hace más difícil que la mujer trabaje”, percepción que aumentó de 53% a 66% entre 2009 y 2024. Así, el cambio demográfico que se erige como el principal desafío de Chile está íntimamente relacionado con las desigualdades de género. La falta de visión de largo plazo nos lleva a siempre llegar tarde.

Por Sylvia Eyzaguirre, investigadora CEP

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