Por Ignacio OlivaresDías de milagro y asombro
El germen de Graceland está lleno de esos momentos de inocencia, frescura y también de descaro. Con su carrera en punto suspensivo, Paul Simon no tenía nada que perder y decidió ir a grabar a Sudáfrica, a pesar de las alarmas que se activaron en todos sus frentes.

Corría el verano de 1984 y Paul Simon vivía una crisis de la mediana edad que bien parecía una tormenta perfecta. La reunión con Art Garfunkel había alcanzado su punto máximo en el concierto en Central Park, frente a medio millón de almas, y terminó otra vez en ruptura: incluso las voces de Garfunkel fueron borradas del disco que venía en camino. Ese álbum, llamado Hearts and Bones, fue el peor fracaso comercial de su carrera. Y faltaba otro golpe: su matrimonio con la actriz Carrie Fisher fue más breve que el trámite de divorcio. Paul Simon estaba viviendo su propia Estrella de la Muerte.
En medio del vórtice emocional, Simon se refugió en un casete que le había prestado la artista noruega Heidi Berg. La cinta contenía canciones de los guetos sudafricanos, con guitarras y acordeones que le hicieron evocar el doo-wop y el rhythm and blues de su adolescencia en Queens. Ahí había algo que valía la pena explorar y el casete nunca volvió a manos de su dueña a pesar de sus reclamos.
El germen de Graceland está lleno de esos momentos de inocencia, frescura y también de descaro. Con su carrera en punto suspensivo, Paul Simon no tenía nada que perder y decidió ir a grabar a Sudáfrica, a pesar de las alarmas que se activaron en todos sus frentes. La situación política en ese país era extrema, en plena era del apartheid, y entre la ONU y el ANC (el Congreso Nacional Africano) habían organizado un boicot múltiple para aislar al régimen supremacista blanco. Pero Simon no pidió autorización a nadie y se saltó la permisología con un argumento algo cándido: era un artista y no tenía por qué pedirles permiso a los políticos.

El ruido que generó lo perseguiría por años y opacaría parte del gran trabajo que marcó el pináculo de su carrera y que ha envejecido bien en estos cuarenta años que se cumplieron el pasado 25 de agosto. Aunque se le tilda de haber iniciado la world music —casi un rótulo de disquería noventera—, Graceland parece más un ejercicio de sincretismo musical. La base es claramente africana, con un puñado de músicos formidables (en especial, el extraordinario bajista Bakithi Kumalo) que obligaron a Paul Simon a cambiar su forma de abordar la composición. Primero fue la música —a través de largas sesiones de improvisación— y luego la letra. A pesar de las acusaciones de apropiación cultural o de robo descarado, el neoyorkino logró incrustar sus melodías en esos alardes rítmicos. Al mismo tiempo, nos dejó viñetas entrañables en versos como “The Mississippi Delta was shining like a National guitar” o “These are the days of miracle and wonder”. La promoción de Graceland fue igual de fascinante que la gestación del álbum: Simon se paseó por el mundo con artistas de la talla de Miriam Makeba y Hugh Masekela, exiliados que llevaban décadas denunciando al régimen. Hubo protestas, avisos de bomba y hasta amenazas de muerte que no lograron sofocar la energía de ese verdadero carnaval ambulante. Y el tiempo le daría la razón a Paul: tras salir de prisión, Nelson Mandela invitó al músico a dar una serie de conciertos en Johannesburgo. La vida es un círculo: el disco que violó el boicot terminó ayudando a la música negra sudafricana más que buena parte de las sanciones. Es Paul Simon en estado de gracia.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE
















