Por Benjamín SalasDiplomacia olímpica

¡Partieron las olimpiadas! Mientras disfrutamos la belleza del deporte blanco, se asoma una imagen menos inspiradora: la baja o inexistente representación de muchos países. Es cierto que los Juegos de Invierno tienen una limitación evidente. No todos los países tienen nieve, hielo o tradición invernal. Pero esa explicación no basta. Chile, por ejemplo, cuenta con deportistas de alto nivel en disciplinas de invierno que, sin embargo, no clasificaron. ¿Por qué? Decidí investigarlo.
Lo primero que descubrí es que cada deporte tiene sus propias reglas de clasificación. En algunas disciplinas, como el esquí alpino, existe un cupo base por país, siempre que el atleta cumpla requisitos mínimos. En otras, como el patinaje artístico, no. En simple: si eres el mejor esquiador alpino de Chile, tienes un camino probable a los Juegos; si eres el mejor patinador, quizás nunca tengas esa opción. ¿Justo? No.
Entonces, me pregunté: ¿Cómo solucionar esto? Si la meta fuera priorizar la universalidad de los Juegos, la opción más obvia sería establecer cupos base por país en todas las disciplinas, siempre con estándares mínimos que garanticen competitividad. El problema es que en deportes con límite máximo de participantes, esa medida podría afectar el nivel de la competencia. No es una buena solución.
Aquí surge la necesidad de pensar en fórmulas intermedias: ¿Cómo ampliar la representación sin debilitar la calidad del hito deportivo?
Una alternativa razonable son los cupos regionales. No es una idea exótica; así funciona buena parte del sistema internacional. En Naciones Unidas, el mundo está organizado en cinco grupos -América Latina y el Caribe, África, Europa Oriental, Europa Occidental y otros Estados, y Asia Pacífico- para equilibrar la representación. ¿Por qué no adaptar algo similar al deporte olímpico?
Imaginemos que cada disciplina reserve dos cupos base por región, siempre sujetos a marcas mínimas exigentes. Cada zona del planeta estaría presente, el número total de participantes apenas crecería y la competencia seguiría siendo de primer nivel. No se trata de bajar la vara, sino de abrir una puerta.
¿Quién tiene la llave? Las federaciones internacionales. Son ellas las que definen las reglas de clasificación y deciden quién llega y quién se queda fuera.
El cambio requiere presión en dos direcciones. Desde abajo, las federaciones nacionales -especialmente las de países con menor representación- deben coordinarse, construir alianzas y presentar propuestas comunes. Desde arriba, el Comité Olímpico Internacional puede apoyar ese empuje y usar su influencia sobre el programa olímpico para incentivar reglas más inclusivas. No es una batalla ideológica; es una negociación institucional. Diplomacia olímpica.
Si esto prospera, los Juegos Olímpicos no solo seguirán siendo el escenario de los mejores atletas del mundo. Serán también un espacio más abierto, diverso y fiel a su promesa original; una verdadera celebración mundial. Y, de paso, miles de deportistas verán algo que hoy muchas veces falta: una posibilidad real de clasificar.
Por Benjamín Salas, abogado, colaborador asociado de Horizontal
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