Opinión

Discapacidad intelectual en mayores: una lucha silenciosa

19 Julio 2023 Vistas de las dependencias del Hogar El Pequeño Cottolengo de la comuna de Cerrillos, lugar que recibe y reabilita a personas con discapacidad intelectual severa y profunda, mayoritariamente abandonadas. Foto: Andres Perez Andres Perez

En Chile, muchas personas mayores con discapacidad intelectual hacen esfuerzos diarios por mantenerse conectadas a sus comunidades, aun cuando el entorno insiste en poner barreras donde deberían existir apoyos. No están aisladas por falta de ganas, sino porque el país no ha construido las condiciones para participar sin riesgos de humillación.

Cada semana intentan ir a un taller, visitar a un vecino o caminar hasta la feria. Esos gestos mínimos significan recuperar vida, pertenecer, no desaparecer. Y esta realidad no es aislada. En un estudio del Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado (MICARE), realizado en distintas regiones del país, las experiencias se repitieron de manera casi idéntica: el deseo de participar siempre está, pero el entorno termina decidiendo quién puede y quién queda fuera. Las barreras cambian de forma según el territorio, pero no desaparecen.

Moverse puede ser una odisea. En zonas rurales el transporte no pasa y las distancias son largas; en ciudades, los buses arrancan antes de que puedan sentarse, y los edificios siguen llenos de escaleras y puertas estrechas. A esto se suman las barreras invisibles: instrucciones rápidas, formularios intimidantes, conversaciones que avanzan demasiado. No es desinterés, es falta de accesibilidad y empatía.

Aun así, resisten. Ponen recordatorios, piden apoyo a familiares, buscan espacios donde se sienten capaces y agradecen a quienes repiten instrucciones sin incomodarse. Para ellas, participar no es un privilegio, sino una lucha constante contra sistemas que nunca fueron diseñados para incluirlas.

Y sin embargo encajan: cuando apoyan en una actividad comunitaria, reparten libros, cocinan, conversan o ríen. Encajan cuando alguien las reconoce como parte de la comunidad.

El problema no está en ellas, sino en cómo organizamos barrios, servicios y políticas que separan vejez y discapacidad como si fueran mundos distintos. La solución no requiere grandes inversiones: comunicación accesible, servicios coordinados, espacios inclusivos y la disposición a preguntar qué necesitan.

Un país se mide por cómo acompaña a quienes envejecen en mayor desventaja. Las personas mayores con discapacidad intelectual ya hacen su parte. Ahora nos toca a nosotros.

Por Izaskun Álvarez-Aguado, académica UDLA e investigadora MICARE, y Vanessa Vega, académica PUCV e investigadora MICARE.

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