El confuso manejo de las relaciones internacionales

A poco más de seis meses de asumir, el gobierno suma una serie de incidentes diplomáticos, hechos que son de su entera responsabilidad producto de prácticas que dañan el diseño de la política exterior.



El impasse diplomático con el Rey de España, producido a horas de iniciarse el actual gobierno y generado por el comentario del Presidente de la República en un programa de televisión -donde atribuyó equivocadamente al monarca español el retraso en el inicio de la ceremonia de asunción del mando-, terminó marcando la tónica que ha caracterizado al manejo de la diplomacia durante la actual administración. Un tema que esta semana volvió a estar en el centro de la atención por la revelación de una fotografía del embajador en España junto a su pareja en el vehículo oficial, que motivó un llamado de atención por parte de La Moneda.

Más allá de lo anecdótico de ambos episodios, estos dan cuenta de un actuar precipitado y una falta de prolijidad en política exterior que se ha vuelto recurrente entre las actuales autoridades, lo cual ha llamado profundamente la atención porque esta fue un área donde Chile tradicionalmente ha mostrado mucha solvencia.

Nuestro modelo se basa en que la conducción de la política exterior recae en el Presidente de la República, apoyándose naturalmente en las capacidades técnicas de la Cancillería, y buscando mantener aquellas políticas de Estado que vienen sosteniéndose en las distintas administraciones. Dicho esquema ha probado ser exitoso, pero ningún modelo resiste cuando el propio jefe de Estado actúa con criterios personalistas, y a su vez el ente técnico tampoco es capaz de contener decisiones del Mandatario que perjudican la imagen o los intereses del país.

Un ejemplo nítido de esto se vio en el reciente incordio con Israel, cuando el Mandatario se negó a recibir las cartas credenciales del embajador en Chile, quien incluso ya se encontraba en La Moneda para participar en la ceremonia. La decisión, motivada según se reveló después por la muerte de un joven palestino a manos de fuerzas israelíes en el norte de Cisjordania, abrió un frente de tensión con las autoridades israelíes y tuvo amplias repercusiones internacionales.

Si bien la Cancillería ofreció luego disculpas al embajador israelí -quien presentó finalmente ayer sus cartas credenciales- y el Presidente dio por superado el incidente, en los hechos el tema generó un inevitable daño a la imagen de Chile y al manejo de nuestras relaciones internacionales, por actuaciones impulsivas del jefe de Estado. Se confundieron aquí gravemente legítimas convicciones que le pueden asistir al Presidente con lo que debe ser una política de Estado.

Desde luego también ha sido particularmente perjudicial que el gobierno no haya cumplido con la promesa de terminar con el “amiguismo” y evitar que los cargos públicos sean vistos como recompensas o pago de favores políticos, algo que la actual coalición enrostró permanentemente a la administración anterior. Esto ha sido muy evidente en la designación de algunos embajadores con nula o escasa experiencia diplomática, como ha sido el caso de España, donde la designación del actual representante pareció descansar exclusivamente en los vínculos de amistad con el Presidente. A esto se suma la demora en el nombramiento de embajadores en países clave como China, México y Brasil, en este último caso por la insistencia de mantener una designación no aceptada por el gobierno de ese país, en contra de la tradicional praxis diplomática, que recomendaría el retiro de su nombre. Mantener el nombramiento del embajador en Brasil solo se explica por la esperanza de que éste será aceptado si en las próximas elecciones gana el expresidente Lula da Silva. Ello no solo deja a Chile sin embajador en un país clave por casi un año, sino privilegia relaciones entre gobiernos afines y no entre Estados, como debe ser la lógica que impulse la política exterior.

Detrás de lo anterior se esconde una peligrosa concepción ideológica de nuestras relaciones internacionales -algo particularmente evidente en el errático manejo del TPP11, o en la inexplicable decisión de no impulsar la candidatura del jurista chileno Claudio Grossman para un cupo en la Corte de Justicia de La Haya-, lo que puede traer más costos que beneficios. Para velar adecuadamente por los intereses de Chile se debe actuar por sobre las cercanías ideológicas con los demás países o las motivaciones personales de las autoridades de turno.

El cuidado de los intereses nacionales, principio que guía la política exterior, no puede ni debe estar sujeto a improvisaciones ni a visiones ideologizadas, como se ha visto en estos seis meses de gobierno, sino que requiere un manejo prudente, consultado y adecuadamente ponderado. Solo así es posible evitar errores que pueden terminar teniendo repercusiones de largo plazo y afectar la imagen internacional de Chile. Ello exige no solo que la Cancillería asesore adecuadamente al Mandatario, sino que éste esté dispuesto a acoger las recomendaciones de un cuerpo profesional y con experiencia.

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