El trabajo y la ciudad



Por Isabel Serra, académica de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño UDP

Bienvenidos los consensos en materia de redistribución de oportunidades en unos de los territorios más desiguales y segregados del mundo. Las ideas políticas sobre ciudad están puestas sobre la mesa. Desde derecha a izquierda se habla de ciudades sustentables, ciudades caminables de los 15 minutos, ciudades integradas, la posibilidad de tener una mejor ciudad y, por ende, una mejor calidad de vida para todos y todas.

Estas ideas están alineadas con las propuestas de muchos organismos nacionales e internacionales que abogan por la reestructuración de los barrios para poder acceder, de manera sustentable, a los servicios que permiten una vida digna: salud, ocio, cultura, estudios, trabajo, servicios y abastecimiento; actividades esenciales a las cuales todos y todas deberíamos poder acceder sin mayor dificultad, para poder cumplir nuestros proyectos vitales, individuales y colectivos.

Lamentablemente, el trabajo y su expresión espacial es poco considerada por la política urbana, y siendo una variable estructural que consume la mayoría de nuestros viajes y nuestro uso del tiempo, los organismos pertinentes públicos y privados, no le dan la relevancia necesaria. Solo por algunos pocos estudios, a partir de datos del SII y de encuestas origen-destino, sabemos que las principales fuentes de trabajo se localizan en el eje Alameda, Providencia, Apoquindo y, en menor medida, en otros núcleos.

Pero la pandemia ha cambiado todo. No solo ha revelado las principales problemáticas del ámbito espacial del trabajo, sino que además ha acelerado y profundizado sus dificultades.

Primero, la concentración de oportunidades de empleo de calidad en un territorio acotado. Trasladar diariamente a la mayoría de la clase trabajadora hacia la zona oriente, es ineficaz, ineficiente y genera mayor congestión y contaminación. Obliga a las personas a utilizar más de una hora y media al día, en promedio, en ir y volver de sus lugares de trabajo, no solo en pésimas condiciones de viaje, sino que también impidiendo que otros territorios se beneficien del dinamismo económico de la actividad laboral.

Segundo, es un hecho que la precarización del trabajo aumentará. Básicamente, muchos de los antes llamados empleados y ahora “socios”, que tenían un empleo formal con contrato en una oficina, han sido obligados a trasladar su actividad laboral ahora “independiente” al espacio público y vial, tras quedar cesantes y recurrir a opciones para generar ingresos proporcionadas por aplicaciones de delivery o de traslado de personas. A esto se suma el crecimiento del comercio informal de sobrevivencia, que se localiza en las veredas de mayor flujo, que presiona y pone a prueba la convivencia de los barrios, aumentando los conflictos y el deterioro del escaso espacio público.

Tercero y sumado a todas estas dificultades, el empleo femenino ha sido castigado por la pandemia, retrocediendo 10 años en materia de participación laboral. Esto se traduce en un número importante de mujeres que han perdido sus trabajos, su autonomía, su movilidad, su presencia en el espacio público y han debido asumir a tiempo completo las tareas del hogar y del cuidado de las familias.

Es por esto, y muchas otras razones más, que los y las candidatas al hablar de ciudades y calidad de vida, debieran considerar en sus propuestas la variable espacial del trabajo. La pregunta es: ¿cómo llevamos los beneficios que genera la concentración de empleos de calidad en las cinco comunas más ricas del país a las otras 340? ¿Se puede pensar en la redistribución y descentralización de las oportunidades laborales en los territorios? (y no solo en Santiago, sino que en todo el país).

Tenemos una oportunidad. La pandemia y la política de confinamientos producirá profundas transformaciones en el mercado laboral. Las lógicas espaciales tendrán que adecuarse a los nuevos tiempos: torres de oficinas quedarán vacías, otras se transformarán, y las empresas que sobrevivan evaluarán sus condiciones de trabajo (presenciales, híbridas o teletrabajo), lo que producirá una transformación importante en el mercado de oficinas y sus espacios satélites.

Es una propuesta difícil, pero podría ser, a mediano plazo, un motor de innovación que se complementaría perfectamente con los desafíos de vivienda, movilidad y barrio que ya tenemos. Entre algunas ideas, sería interesante ver la manera de proponer incentivos (tal vez tributarios) a la localización homogénea de empresas y oficinas en el territorio, incluyendo sus casas matrices y los pagos de impuestos territoriales; asegurar un equilibrio entre la producción y reproducción, mediante la provisión de infraestructura de cuidado cercano a puestos de trabajos descentralizados; asumir que la precarización del empleo que se desarrolla en el espacio público es un fenómeno en crecimiento y hay que hacerse cargo de él mediante su visibilización, para poder mitigar sus externalidades negativas y potenciar las positivas.

Aquí, los ministerios del Trabajo y Economía, los nuevos gobiernos regionales y locales, tienen mucho por hacer. Es necesario que dejen de ser espectadores y trabajen en políticas urbanas con perspectiva de género, así como también en instrumentos y herramientas que le den dignidad a la cultura laboral, mediante la redistribución espacial de todos los beneficios y oportunidades que un trabajo de calidad le confiere a las personas, a sus comunidades y a su territorio.

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