Opinión

El vacío no está en Hacienda

El problema del gobierno no está en Hacienda. Tampoco parece ser, estrictamente, un problema de comunicación. Después de semanas de ajustes, vocerías, explicaciones y cadenas nacionales, el punto más delicado empieza a ser otro: La Moneda perdió claridad sobre cuál es la prioridad política que debe ordenar al gobierno.

Y cuando un gobierno pierde prioridad, empieza inevitablemente a perder conducción.

La administración llegó al poder con un mandato bastante específico. No ganó prometiendo sofisticación tributaria ni pedagogía fiscal. Ganó ofreciendo orden. Orden frente a la delincuencia, frente a la inmigración descontrolada, frente a la sensación de deterioro institucional y agotamiento político que se instaló en amplios sectores medios.

Ese era el eje. Todo lo demás orbitaba alrededor de esa idea.

Pero en pocas semanas el gobierno comenzó a hablar otro idioma. El debate dejó de girar en torno a seguridad y autoridad y pasó a concentrarse en impuestos, déficit, ajustes, recortes y litros de bencina. La política chilena tiene algo cruel: cuando un gobierno explica demasiado la planilla Excel, normalmente significa que dejó de conducir el relato.

La secuencia ayudó poco. El “Estado en quiebra”, el bencinazo, las polémicas de austeridad y el almuerzo en La Moneda terminaron instalando una imagen de desconexión bastante difícil de administrar para un gobierno que prometía justamente lo contrario: sentido común y control político.

Lo más complejo es que el desgaste comenzó a contaminar incluso sus temas más identitarios. Seguridad y delincuencia ya tampoco aparecen especialmente bien evaluadas. Y eso ocurre no necesariamente por ausencia de medidas, sino porque un gobierno disperso transmite inseguridad política incluso cuando intenta hablar de seguridad pública.

El riesgo ahora es mayor. La discusión del paquete económico y de la megareforma amenaza con profundizar exactamente el mismo problema: demasiados frentes abiertos, múltiples prioridades simultáneas y un oficialismo obligado a defender reformas técnicas mientras la ciudadanía sigue preguntándose quién está efectivamente a cargo del país.

Además, el contexto internacional no ayuda precisamente a los experimentos de desorden interno. Volatilidad energética, incertidumbre económica y tensiones geopolíticas suelen elevar el valor político de atributos bastante simples: foco, estabilidad y conducción. No es casualidad que, en escenarios así, los gobiernos sobrevivan más por claridad política que por brillantez técnica.

Por eso el desafío de La Moneda no parece resolverse cambiando un par de voceros o moderando el tono de Hacienda. El problema es más estructural: necesita reconstruir una arquitectura política de prioridades.

Y ahí la conclusión parece bastante evidente. La única agenda capaz de conectar simultáneamente con la urgencia ciudadana, reunificar al oficialismo y dividir a la oposición sigue siendo la seguridad.

La economía fragmenta. La discusión tributaria desgasta. Las megarreformas suelen entusiasmar mucho más a los seminarios que a las mayorías. La seguridad, en cambio, sigue siendo el único terreno donde el gobierno conserva una ventaja comparativa reconocible.

Eso no significa abandonar la agenda económica. Significa volver a ordenarla políticamente. Porque la ciudadanía difícilmente recordará la ingeniería legislativa de una reforma tributaria, pero sí recuerda rápido cuándo siente que un gobierno perdió foco.

Y ese es probablemente el riesgo más serio para La Moneda hoy: no que una reforma salga mal, sino que el gobierno termine pareciendo una administración que discute todo al mismo tiempo y no lidera nada en particular.

En política, la dispersión rara vez se interpreta como pluralismo. Casi siempre se interpreta como vacío.

Por Juan Cristóbal Portales, socio de Swaylatam.com.

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