Por Carlos Ominami¿En la mesa o en el menú?

En Davos, el Primer Ministro de Canadá Mark Carney resumió magistralmente el principal dilema de política internacional que enfrentamos: “o estás en la mesa o eres parte del menú”.
Tienen naturalmente asiento en la mesa las dos grandes superpotencias, China y Estados Unidos. Se agregan, según los temas y las circunstancias, potencias intermedias como Rusia por su capacidad militar, India por su peso demográfico y también económico. Luchan por no quedar fuera Francia y Reino Unido, que mantienen sus asientos en el Consejo de Seguridad. Israel e Irán se hacen invitar por la relevancia estratégica del primero en el Medio Oriente y el esfuerzo del segundo por alcanzar el estatus de potencia nuclear. Por su importancia económica, también cuentan Alemania y Japón.
Latinoamérica está completamente excluida, incluido Brasil que es el séptimo país más grande de acuerdo a su población y noveno según su PIB nominal. Es por tanto evidente que ningún país de la región podrá por sí solo conseguir invitarse a la mesa.
Hay quienes consideran que esta es una realidad inconmovible frente a la cual no cabe sino resignarse y arrimarse a una u otra de las superpotencias. La historia de los alineamientos en América Latina muestra un balance ampliamente negativo. La dependencia histórica de los EE.UU. fue más bien un obstáculo al desarrollo para no hablar de la seguidilla de intervenciones en los asuntos internos de los países. En el caso de Cuba, su alineación con la desaparecida Unión Soviética la tiene hoy día en la dramática condición de sobreviviente de un mundo que dejó de existir.
Con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, la administración Trump notificó a América Latina que es parte de “su hemisferio” y lo que corresponde es alinearse con sus intereses estratégicos. Chile lo está experimentando con la radical oposición norteamericana al proyecto de cable submarino Hong Kong - Concón.
Para Chile es importante tener una relación fluida con los EE.UU., nuestro segundo socio comercial que representa el 15% de las exportaciones. Sin embargo, China es largamente el primero con más del 40%. Una estrategia anti China equivale a dispararse un tiro en los pies.
En consecuencia, es fundamental resistir las presiones y afirmar nuestra independencia. No es fácil. Se requiere para ello una política exterior sustentada en tres pilares. A nivel nacional, en un consenso amplio en torno a una política de Estado que reivindique el derecho a no alinearnos. A nivel regional, insistiendo en la necesidad de una concertación política en torno a mínimos comunes que contemplen la defensa de nuestra soberanía. Una relación estrecha con nuestros vecinos y con los países más grandes de la región -Brasil, Colombia y México- es en este plano esencial.
Por último, a nivel global propiciando la convergencia con una gran mayoría de naciones interesadas en impulsar un nuevo multilateralismo, sea que se sitúen en el Sur Global, pero también en Europa o en América del Norte como Canadá y México. No hay otra vía para estar en la mesa y no ser simplemente parte del menú.
Por Carlos Ominami, presidente de la Fundación Chile21
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