Por Nicole GardellaEstructuralmente solas
La caída de la natalidad suele explicarse como un cambio cultural por más individualismo, mayor valoración del trabajo y menor interés en la familia. Pero esa lectura es incompleta. Datos recientes sugieren que no estamos solo frente a preferencias personales, sino frente a decisiones tomadas con cautela en un entorno institucional donde no hay respaldo garantizado.
La Encuesta Bicentenario 2025 es clara en este punto. Ante la pregunta “¿Cree usted que vive en una sociedad que va a proteger sus derechos y atender a sus necesidades cuando sea necesario?”, las respuestas de las mujeres evidencian su incertidumbre. La mayoría se agrupa en posiciones intermedias, mostrando sus dudas. Entre quienes están en edad fértil (18–45 años) y las mayores (45–90) aparece una diferencia significativa en la alternativa “ni de acuerdo ni en desacuerdo”: las jóvenes son las que más dudan. A esto se suma un dato difícil de ignorar: cerca de un 30% está derechamente en desacuerdo con la afirmación, sienten que la sociedad no las protegerá en un momento crítico.
Esta es una señal sobre cómo las mujeres habitan la sociedad. En la experiencia cotidiana, el riesgo se asume individualmente. Enfermarse, interrumpir trayectorias laborales, cuidar o criar, implica un riesgo alto. A ello se suma un entorno de soledad estructural. Tenemos menos amigos, participamos en pocas actividades asociativas y a veces ni conocemos el nombre de nuestros vecinos. Las redes inmediatas de la cotidianeidad van desapareciendo.
Otro hecho importante es que tenemos menos matrimonios y parejas cohabitando, una curva que es coincidente con la baja de natalidad. Antes las personas se mantenían en relaciones que no querían y hoy ni siquiera entran en ellas. Por eso, frente la afirmación “Cuando hay niños de por medio, los padres deben permanecer juntos, aun cuando no se lleven bien”, la mayoría se manifiesta en desacuerdo, y las mujeres lo hacen con mayor fuerza. En ellas surge además una brecha generacional clara: las mujeres en edad fértil casi duplican a las no fértiles en la respuesta “muy en desacuerdo”. Esto no expresa falta de compromiso con la familia, sino un rechazo explícito a sostener arreglos que impliquen permanecer en el malestar por la amenaza de peores escenarios de bienestar. Por ello, el trabajo se vuelve central en la vida de las personas.
Así, el diagnóstico de Ayala et al. sobre la encuesta CEP 94 (2025) muestra que, ante su propia seguridad y control del proyecto de vida, las personas tienen menos hijos de los que quisieran. Tenerlos, es decidir con especial prudencia ante un entorno se percibe como poco disponible para acompañar.
Leídos en conjunto, los datos apuntan en la misma dirección. No se trata de una renuncia a la maternidad, sino de renunciar a tener hijos estructuralmente solas.
Por Nicole Gardella, Directora de Incidencia Pública y Cátedras, Escuela de Gobierno UAI.
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