Opinión

Fuera de juego

La izquierda y la centroizquierda todavía no encuentran su lugar en este mundo. La magnitud de la derrota electoral sufrida en segunda vuelta sólo vino a coronar los fracasos vividos durante el gobierno de Gabriel Boric, fracasos que enterraron buena parte de los sueños sembrados desde 2010: la nueva Constitución y el fin de las AFP, el término de las Isapres y la liquidación de SQM, etc. Esta debacle es lo que hoy tiene a las fuerzas autodefinidas como progresistas sin capacidad de proponer algo que no haya sido ya desechado, vegetando en el penoso consuelo de impedir que el actual gobierno pueda llevar adelante su propia agenda, una agenda respaldada por el 58% de votos válidos con un padrón obligatorio.

Con todo, esta nueva situación de irrelevancia de las izquierdas no se debe sólo a la carencia de propuestas. También a la irrupción de nuevos actores políticos que, al parecer, ahora están disponibles a jugar el rol de una oposición abierta a la negociación y a los acuerdos con el actual oficialismo. El PDG y el PNL han dado esta semana pasos decisivos para viabilizar el primer gran paquete de reformas impulsado por La Moneda: el proyecto de reconstrucción nacional, que incluye importantes cambios en materia tributaria. Así, este escenario inédito amenaza con dejar al progresismo fuera de juego, mirando desde la galería cómo un nuevo ordenamiento político empieza a desplazarlos hasta el borde de la irrelevancia.

¿Qué podrían hacer la izquierda y la centroizquierda si La Moneda logra proyectar en el tiempo un modelo de negociación eficaz con el PDG y el PNL? ¿Poco salvo expresar su bronca desde la galería? Nada de eso; las fuerzas que van desde la DC al PC harán lo que saben hacer muy bien y ya lo hicieron de manera exitosa en los dos gobiernos de Sebastián Piñera: cultivar la frustración y el resentimiento, intentar convencer a la gente de que este también es un gobierno de los ricos trabajando para los ricos (no podía no ser esta la etiqueta para los cambios tributarios propuestos). Y esa caricatura será machacada día y noche, ante cada nueva propuesta, con la esperanza de que, al final, la rabia termine por reactivar las movilizaciones y estas puedan, otra vez, llegar a un punto de ebullición que permita desestabilizar al gobierno. Obviamente, de nuevo todo lo que ocurra será culpa de la derecha, de su indolencia intrínseca, de su “desconexión” y de su descarada voluntad de favorecer siempre a los privilegiados, es decir, a ellos mismos.

¿Podrá esta vez una mayoría social y política impedir que este horizonte vuelva a consumarse? ¿Logrará una emergente voluntad de acuerdos neutralizar lo aparentemente inevitable? Ese es el trasfondo vital de lo observado esta semana. Planteado de otra forma: ¿esta voluntad de llegar a acuerdos es una expresión de madurez, de responsabilidad y de aprendizaje, o sólo una nueva versión de la frivolidad y el oportunismo de siempre? El tiempo dirá; el tiempo siempre termina por decir.

Por Max Colodro, filósofo y analista político

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