Hora de despertar



Por Nicolás Birrell, director ejecutivo de Desafío Levantemos Chile

La vida es un plano inclinado, un cambio constante en donde la justicia y la equidad no son el pan de cada día. Como especie humana debemos necesariamente evolucionar, adaptarnos y cambiar en orden a sobrevivir. Es este cambio, es esta necesaria adaptabilidad la que nos ha permitido sobrevivir por miles de años; nos ha permitido avanzar, crear y progresar: nos ha permitido existir. Pero los cambios se deben basar en la experiencia, en la construcción previa de ideas, obras, culturas y naciones; de lo contrario, esa sed de cambio -esa necesidad- nos puede llevar en direcciones confusas y en vez de avanzar terminamos retrocediendo.

Este es el gran problema que enfrenta nuestro país hoy: por querer cambiarlo todo podemos terminar destruyendo lo mucho que hemos recorrido y condenarnos a décadas de estancamiento, pobreza, violencia y corrupción. La Convención Constitucional se ha empecinado en refundar nuestro país, sacándolo de su eje en cuestiones fundamentales que han funcionado durante muchos años. De muestra un botón: ¿realmente queremos excluir a nuestras Fuerzas Armadas en la ayuda de terremotos, tsunamis, aluviones, incendios y otras calamidades que nos azotan periódicamente? ¿Acaso pretendemos seguir dividiendo aún más a nuestra ya fragmentada sociedad estableciendo sistemas distintos de justicia? ¿Debiese ser el fruto del trabajo de toda nuestra vida sujeto de una completa incertidumbre? ¿Por qué nos imponen el cómo educarnos y en qué sistema de salud atendernos? ¿No se suponía que clamábamos por libertad, y terminamos esclavos de eslóganes añejos? Creímos descubrir caminos de justicia y reconciliación y terminamos condenando a nuestros emprendedores, a sus familias y a comunidades enteras al arbitrio de la droga, el tráfico y la delincuencia.

Porque no nos engañemos, las cosas sí han funcionado en este país y han funcionado bien. De que hay cosas que mejorar: por supuesto y muchas. Pero no nos olvidemos de los impresionantes avances que hemos tenido en diversas materias sociales. Las cifras son conocidas por todos y aplaudidas en el mundo entero. De este modo, resulta del todo irresponsable que un grupo de gente que fue electa precisamente para hacer los necesarios cambios que toda nuestra sociedad y sus ciudadanos requieren, ahora sí, por temas profundamente ideológicos quieran beneficiar y permitan participar a solo una fracción de la sociedad so pretexto de pasar cuentas pendientes e igualar la cancha, funando a quienes piensan diferente, denostando instituciones, eliminando libertades, experimentando modelos sin armonía alguna, creando de manera inexplicable burocracia e ineficiencia en los territorios y, lo que es peor, vendiendo un cuento que no es tal.

De nuevo, es muy peligroso generar falsas expectativas, sobre todo en personas que han esperado tanto tiempo por mejores y mayores oportunidades, porque cuando los voladeros de luces terminen, y solo quede humo y confusión, se abrirá la puerta al caos y la anarquía, y ya no será un estallido social lo que deberemos enfrentar, sino una polarización tal que nos quebrará a niveles de violencia insospechados. Y será ese caldo de cultivo en donde podrán cocinar dictadores, terroristas y narcotraficantes; el caldo del odio, el caos y el resentimiento; condimentado con falsas promesas, atajos truculentos y populismos garantizados. La alarma lleva sonando un buen rato y ya es hora de que como sociedad despertemos, porque después del 4 de septiembre será demasiado tarde.

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