Opinión

Kast: las fisuras del diseño político presidencialista

Foto: Mario Téllez MARIO TELLEZ

Existe hoy un consenso respecto de que el diseño del actual gobierno presenta grises y fisuras profundas.

Dicha crítica suele ser parcial y se limita a observar síntomas aislados: el vaciamiento de los ministerios por el Segundo Piso, las fricciones con el Senado o la escasa militancia orgánica en las carteras. El diagnóstico concluye, habitualmente, en la simplificación mecánica de exigir un “cambio de gabinete” o la designación de un “primus inter pares” en Interior que ordene el despliegue político.

Sin embargo, enfrentamos una crisis estructural más que una de nombres. El fenómeno no es circunstancial, sino que responde a factores anclados en la naturaleza profunda de nuestra cultura presidencialista.

Primero, en la tesis del arquetipo presidencial y el Estado como biografía, el Ejecutivo chileno no opera como una estructura burocrática neutra, sino como una extensión de la personalidad y trayectoria del mandatario.

Este “autorretrato del poder” se plasma en figuras definidas: Ricardo Lagos, el “monarca republicano”, cuyo peso histórico decantó en un diseño jerárquico de liturgia decimonónica; y Sebastián Piñera, el “CEO”, quien trasladó la lógica del management de alto rendimiento a La Moneda, convirtiendo el gabinete en un tablero de control gerencial.

En sus primeros 50 días, Kast delinea el arquetipo del “guardian de la sacristía”: un diseño que externaliza la operación en el Segundo Piso y vacía de facultades a los ministerios, salvo Hacienda. Esta estructura reserva la figura presidencial a la custodia formal de un relato sagrado de confrontación permanente.

Segundo, nos encontramos frente a un eclipse de los partidos y la ilusión de su prescindencia, lo que revela una tendencia persistente desde el primer mandato de Michelle Bachelet: el intento de los presidentes por emanciparse de los cuadros tradicionales de la política. No obstante, la realidad institucional termina forzando un acople tardío y traumático, como ocurrió en Bachelet II con la llegada de Jorge Burgos y su “realismo sin renuncia”.

Recordemos que Bachelet fue visionaria al diagnosticar el desgaste de la élite dirigencial cuando advirtió a los barones socialistas: “si ustedes pudieran verse en el espejo, se darían cuenta de cuán lejos están de las opiniones de los ciudadanos”, como recuerda Carlos Ominami.

Esta pulsión por la separación se ha reiterado, con matices propios, desde el primer gabinete de Sebastián Piñera, compuesto por cuadros técnicos que replicaban la estructura de una oficina de inversiones más que una sede política, prescindiendo de la influencia orgánica de RN y la UDI, hasta la Presidencia de Gabriel Boric, quien optó por un gabinete de “círculos concéntricos”, alejando a la vieja guardia de la Concertación.

Esta búsqueda de la prescindencia de los partidos se estrella con una realidad insoslayable: gobernar no es solo gestionar la química de un equipo íntimo, sino también tender puentes con un Congreso fragmentado y una ciudadanía que sigue impaciente después del estallido.

Sin embargo, la tendencia subyace y cada mandatario intenta “reinventar la rueda” de gobernar exclusivamente desde su impronta personal, para terminar, siempre acudiendo a la vulcanización antigua, malagestada y sucia de la política tradicional.

El riesgo de este ciclo es que la política deje de ser un vehículo de cambio programático para convertirse en una maniobra de supervivencia del statu quo. Cualquier ajuste en el gabinete o el Segundo Piso debe tener un objetivo técnico mínimo: garantizar el cumplimiento del programa y evitar que el diseño político de Kast repita el estancamiento de sus predecesores.

Por Cristóbal Osorio, profesor de derecho Constitucional, Universidad de Chile.

Más sobre:GobiernoKastPresidenteSegundo piso

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE