Opinión

El pluralismo de Kast

DIEGO MARTIN/ATON CHILE

El verano político ha estado marcado por la intensa agenda del Presidente electo, José Antonio Kast. Es notorio el contraste con el Presidente Boric y su modo, un tanto cansino, de ejercer el poder. Pero tras esa vorágine también asoma una cuestión de fondo: la renovada aproximación de Kast al hecho del pluralismo.

Recapitulemos. Con independencia del ruido mediático que generó su última gira, lo cierto es que en este plano JAK ha sorprendido a moros y cristianos. Es sabido que el progresismo azuzó hasta la saciedad el fantasma de la “ultraderecha” durante la campaña de 2025, e intenta reflotarlo cada vez que puede hoy. No obstante, esa narrativa (de nula eficacia electoral) no logra describir ni al Presidente electo ni a su diseño de gobierno. Así lo confirmó el discurso de Kast la noche del triunfo, cuando exigió a sus adherentes respeto para la exministra Jara; y así lo volvió a ratifcar la integración de su gabinete. Guste o no, ahí incluyó a figuras del Partido Radical, Demócratas y Evopoli. Vaya ultraderecha; vaya falta de diversidad.

¿Pero acaso Kast no se reunió recientemente con Bukele y con Orbán? Sí, y sin duda pudo marcar más distancia con ese tipo de liderazgos que —a diferencia del virtuoso ejemplo de Meloni— cargan con la pesada mochila de la deriva autoritaria. Con todo, el Presidente electo se cuidó de no identificarse con ellos (“las medidas no se copian, se estudian y se adaptan a la realidad nacional”, afirmó luego de observar las cárceles de Bukele). Y más importante aún, JAK se ha reunido con mandatarios de todos los sectores. Quizá el encuentro más emblemático fue el que sostuvo con Lula, en medio del cual subrayó la necesidad de cultivar una “relación entre Estados, más allá de diferencias ideológicas”. Al menos por ahora, Kast conversa con todos.

Podría argüirse que eso es un mínimo y, sin embargo, ya representa un avance considerando la actitud del Presidente Boric ante otros jefes o autoridades de Estado (baste recordar sus continuos desaires a Trump, Milei o el anterior embajador de Israel). Pero hay más. En un amplio sentido, es inevitable la comparación entre esa lógica —dialogar con todos— y la manera en que vastos sectores de izquierda tienden a concebir el pluralismo. Se trata de una bandera que suelen invocar con la misma fruición con la que, en paralelo, excluyen de forma pública o soterrada a quien ose cuestionar el paradigma progresista dominante (como la nueva Ministra de la Mujer, inaceptable para la nueva ortodoxia).

El cuadro descrito plantea un ingrato desafío para el progresismo político e intelectual, círculos donde la cancelación y la intolerancia han crecido más de lo que quisieran sus mentes más lúcidas. Pero este panorama también desafía a las derechas. De una parte, la centroderecha tradicional debe preguntarse qué la diferencia realmente (si es que algo la diferencia) de una administración como la que perfila Kast. De otra, el entorno de JAK ha de dilucidar, si quiere ser fiel a su ideario fundacional, cómo encarnar su legítima impronta conservadora sin desdibujar los ejes del gobierno de emergencia. ¿Qué decisiones, qué programas, qué agendas de largo plazo remitirán a dicha impronta? ¿O esta se recordará sólo en discursos en el extranjero?

Estas interrogantes no son retóricas. El diálogo, la sana convivencia con los adversarios y definir prioridades a la hora de conducir la nave del Estado son sensatos e indispensables; pero ninguno de esos atributos es sinónimo de neutralidad.

Por Claudio Alvarado R., director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

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