Opinión

La batalla cultural

Créditos a CinemaChile

El revuelo causado por los aportes estatales al festival de cine porno puede parecer otra escaramuza veraniega más, de esas que encienden polémicas intensas que se desvanecen apenas llega marzo.

Sin embargo, el tema es mucho más profundo si se le mira con detención, ya que permite constatar un par de cosas.

La primera es la feroz hipocresía de la izquierda frenteamplista, que llegó al gobierno enarbolando las banderas del feminismo radical y, en un epílogo que raya en el patetismo, ni siquiera fue capaz de observar que financiar con fondos públicos la muestra -además de ser un insulto a los contribuyentes- debe ser el summum de la cosificación femenina (¿habrá acaso algo más neoliberal que el porno?).

El pornogate es, a fin de cuentas, la enésima constatación del derrumbe moral del proyecto frenteamplista. El feminismo -al igual que su autopretendida escala de valores- terminó siendo apenas un eslogan vacío, carente de contenido práctico y desastroso en resultados simbólicos (¿será necesario recordar el caso Monsalve?).

Ahora bien, lo anterior no es lo más grave de este asunto. Después de todo, este gobierno ya termina. Lo verdaderamente importante que este episodio revela es el profundo deterioro de la cultura en nuestro país, algo que en justicia se extiende harto más allá de los últimos cuatro años.

El solo hecho de que no hayan saltado las alarmas ante un desaguisado de esta naturaleza -los fondos concursables se supone cuentan con criterios y jurados calificados- da cuenta de cuánto hemos retrocedido en este plano. Y las pueriles explicaciones dadas por la ministra de Cultura solo agravan la falta.

Porque, salvo algunos heroicos esfuerzos públicos y privados como el Teatro Municipal, el Teatro del Lago o las Orquestas Juveniles, la Cultura -con mayúscula- languidece lenta e inexorablemente.

A nuestros héroes de la cultura no los reconocemos ni tratamos como tales (el Museo Violeta Parra, tres veces arrasado por el delirio octubrista, ni siquiera ha iniciado su reconstrucción), o en el mejor de los casos, reposan en museos esforzados pero precarios (¿cuándo daremos a Claudio Arrau el espacio que merece?). Nuestro patrimonio sufre de abandono crónico (Valparaíso, a estas alturas, parece una fatalidad bíblica) y los músicos profesionales deben procurarse múltiples oficios para poder sobrevivir.

A tanto llega el desvarío que nuestro poeta mayor, Pablo Neruda, se encuentra cancelado por la feligresía woke.

Ni hablar del respeto o cuidado por las figuras de nuestra historia. Hoy en los colegios prácticamente no se habla de Bernardo O’Higgins, Ignacio Carrera Pinto o Andrés Bello. Las guerras que forjaron nuestra identidad parecen un tabú. Un buen ejercicio para comprender la magnitud del retroceso es revisar las últimas versiones de la PAES. Si no me cree, pregúntele a cualquier estudiante por los nombres de las regiones o por sus respectivas capitales.

Esto no es culpa de las nuevas generaciones. Es simplemente que de tanto abrirnos a los particularismos -las identidades- descuidamos lo esencial, aquello que se había venido constituyendo como nuestra ritualidad común: historia, música, relatos y leyendas.

Por lo mismo, más que andarnos a los gritos e insultos en canales virtuales de escasa trascendencia, la verdadera batalla cultural que debemos librar como país es tomarnos en serio la cultura, porque es ella la que forma nuestra identidad (en singular) y sienta las raíces que nos dan sentido como individuos y como nación.

Como lo recuerda Mario Vargas Llosa en su novela de despedida, es nuestra cultura compartida -la música criolla que tanto obsesiona a Toño Azpilicueta en Le dedico mi silencio- la única que puede salvarnos del fenómeno disolvente que significa la modernidad.

Por Gonzalo Blumel, Horizontal.

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